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Making a lighter dryer June 10th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

Fundación Valles, an NGO in Bolivia that does agricultural research and development, has developed a peanut dryer that uses sunlight to help prevent groundnuts from developing the molds that produce deadly aflatoxins. The prototype model had an A-shaped metal frame, raised off the ground, and was covered in a special type of light yellow plastic sheeting known as agrofilm, able to withstand long exposure to sunshine. The dryer kept out water, and with air flowing in from the ends of the dryer, the peanuts could dry even on rainy days.

Two years ago, in Chuquisaca Fundación Valles worked with farmers to develop cheaper versions of the dryer, making the A-shaped frames from wooden poles, instead of metal, and began distributing large sheets of agrofilm, 2 by 12-meters, for which farmers paid $14, half the original cost. Fundación Valles encouraged the farmers to continue adapting the original design of the dryer. In May 2018 I visited some of these farmers together with agronomists Walter Fuentes and Rolando Rejas of Fundación Valles, to find out what had happened.

When Augusto Cuba, in Achiras, received the agrofilm from Fundación Valles in 2016, he did not put it to immediate use. The weather was dry during several harvests, but during the rainy days during the peanut harvest in May, 2018, don Augusto put the agrofilm to the test. He took a plastic tarp to his field and laid it on the ground. He covered it with freshly harvested groundnuts, cut the agrofilm in half, and then placed the six meter length on top.

Don Augusto ignored the basic design of the dryer. He didn’t want to go to all of the trouble of cutting poles and building the raised platform of wooden poles. His design was much simpler and portable: as he worked in the field he could remove the agrofilm when the sun came out, and put it back when it started to drizzle again. The main disadvantage, however, was that the air did not flow over the covered nuts; humidity could build up, allowing mold to develop.

The original tent-like dryer has several limitations. It is expensive, and as don Augusto pointed out to us, it is a lot of work to make one from wood. At harvest, peanuts are heavy with moisture. The pods lose about half their weight when dried. So farmers dry their peanuts in the field, and sleep there for several nights to protect the harvest from hungry animals. A solar dryer must be carried to the field, yet these may be up to an hours’ walk from home and involve climbing up and down steep slopes. Farmers who are using the original solar dryer, as designed by Fundación Valles, are those who have their fields close to home. Yet even taking a simple tarp to the harvesting site would be an improvement over drying the pods on the bare ground.

Later I had a chance to discuss don Augusto’s method for drying peanuts with Miguel Florido, an agronomist with Fundación Valles, and with Mario Arázola, the leader of APROMANI (a peanut farmers’ association). They were concerned that don Augusto´s design would trap in too much moisture, especially if it was misty all day and the farmer never had a chance to remove the agrofilm. We agreed that a dryer had to have a few simple agronomic criteria; it had to keep out the rain, keep the groundnuts off the ground, and let air flow through.

After discussing don Augusto’s case, we agreed that a dryer also has to meet some of the farmers’ criteria: it has to be cheap, portable and able to handle large volumes of peanuts, while keeping them out of the rain.

Aflatoxin contamination is a serious problem worldwide, and while it can be addressed, inventing a simple technology is hard work. Researchers start with a problem and some ideas to solve it, like air flow and keeping peanuts dry. But it is only after offering farmers a prototype that researchers can see the farmers’ demands. For example, designing a stationary dryer helps researchers to see that farmers need a portable one. Making and using a small dryer in the field highlights the need for a larger one. These types of demands only emerge over time, as in having a long, slow conversation, but one that is worth having.

HACER UN SECADOR MÁS LIGERO

Por Jeff Bentley, 10 de junio del 2018

Fundación Valles, una ONG en Bolivia dedicada a la investigación y el desarrollo agrícola, ha desarrollado un secador de maní que usa la luz solar para ayudar a evitar que los maníes (cacahuates) desarrollen los mohos que producen aflatoxinas mortales. El modelo prototipo tenía un armazón de metal en forma de A, levantado del suelo, y estaba cubierto con un tipo especial de lámina de plástico amarillo claro conocida como agrofilm, capaz de soportar la exposición prolongada al sol. El secador no dejaba pasar el agua, y con el aire que entraba desde los extremos del secador, los maníes podrían secarse hasta en días lluviosos.

Hace dos años, en Chuquisaca, la Fundación Valles trabajó con los agricultores para desarrollar versiones más baratas del secador, haciendo los marcos en forma de A de postes de madera, en lugar de metal, y comenzó a distribuir grandes láminas de agrofilm, de 2 por 12 metros, para lo cual los agricultores pagaban $14, la mitad del costo original. La Fundación Valles alentó a los agricultores a seguir adaptando el diseño original del secador. En mayo de 2018 visité a algunos de estos agricultores junto con los agrónomos Walter Fuentes y Rolando Rejas de la Fundación Valles, para averiguar qué había pasado.

Cuando Augusto Cuba, en Achiras, recibió el agrofilm de la Fundación Valles en 2016, no lo puso en uso de una vez. No hacía falta porque hacía sol durante varias cosechas, pero cuando los días lluviosos durante la cosecha de maní en mayo del 2018, don Augusto puso a prueba el agrofilm. Él llevó una lona de plástico a su parcela y la puso en el suelo. Lo cubrió con maní recién cosechado, cortó el agrofilm por la mitad y lo colocó sobre su cosecha.

Don Augusto no copió el diseño básico del secador. No quería tomarse la molestia de cortar postes y construir la plataforma elevada de postes de madera. Su diseño era mucho más simple y portátil: mientras trabajaba en el campo, podía quitar el agrofilm cuando salía el sol y volver a colocarlo cuando comenzaba a lloviznar nuevamente. La principal desventaja, sin embargo, era que el aire no fluía sobre el maní cubierto; la humedad podría acumularse, posiblemente permitiendo que se forme el moho.

El secador original en forma de carpa tiene varias limitaciones. Es caro, y como nos señaló don Augusto, es mucho trabajo hacer uno con madera. En la cosecha, los maníes son pesados con la humedad. Las vainas pierden más o menos la mitad de su peso en el secado. Entonces los agricultores secan su maní en el campo y duermen allí varias noches para proteger la cosecha de los animales hambrientos. Un secador solar debe llevarse al campo, aunque puede tardar hasta una hora a pie desde su casa e implica subir y bajar pendientes fuertes. Los agricultores que sí usan el secador solar original, tal como lo diseñó Fundación Valles, son aquellos que tienen sus campos cerca de la casa. Sin embargo, incluso llevar una lona simple al sitio de cosecha sería mejor que secar las vainas sobre el puro suelo.

Más tarde tuve la oportunidad de discutir el secador de don Augusto con Miguel Florido, un agrónomo de la Fundación Valles, y con Mario Arázola, el líder de APROMANI (una asociación de agricultores de maní). Les preocupaba que el diseño de don Augusto atrapara demasiada humedad, especialmente si estaba nublado todo el día y el agricultor no podía quitar el agrofilm. Acordamos que un secador debía tener unos pocos criterios agronómicos simples; debía proteger el producto de la lluvia, evitar contacto entre el suelo y los maníes y dejar que el aire fluyera.

Después de discutir el caso de don Augusto, acordamos que un secador también debe cumplir con algunos de los criterios de los agricultores: tiene que ser barato, portátil y capaz de manejar grandes cantidades de maní, mientras los mantiene fuera de la lluvia.

La contaminación por aflatoxinas es un problema serio en todo el mundo, y aunque se puede solucionar, inventar una tecnología simple es un trabajo duro. Los investigadores comienzan con un problema y algunas ideas para resolverlo, como el flujo de aire y el maní seco. Pero es solo después de ofrecer a los agricultores un prototipo que los investigadores pueden ver las demandas de los agricultores. Por ejemplo, diseñar un secador estacionario ayuda a los investigadores a ver que los agricultores necesitan uno portátil. Hacer y usar un pequeño secador en el campo resalta la necesidad de un más grande. Este tipo de demandas solo surgen con el tiempo, como en una conversación larga y lenta, pero que vale la pena tener.

Inspiration from Bangladesh to Bolivia May 13th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

For years I have thought of farmer experiments as fundamentally different from scientific trials. Smallholders live from their harvest and after trying an innovation for a while can decide qualitatively if it is useful or not. For the scientists it’s the other way around; the data are the precious material they need to write their papers, while the harvested crop is irrelevant. The scientists need replicable results to show that an innovation will work in different places. But the farmers are less concerned if their results are replicable over a large area; they only want to know if an innovation is helpful in their own fields.

That’s what I thought, anyway, but this past week in La Paz, Bolivia I saw how farmers who work together may become more concerned about doing experiments with replicable results. I was with Prosuco, a small NGO that promotes farmer research. Agronomist Sonia Laura, their research coordinator, introduced me to eight farmer-experimenters from all over the northern Bolivian Altiplano. They had travelled for three or four hours from different points across this cold, arid landscape to meet us in El Alto, the sprawling new city growing on the high plains just above La Paz.

These farmer experimenters call themselves “yapuchiris”, an Aymara word that means master farmer. A network of 70 yapuchiris meets irregularly, exchanging information, conducting experiments and teaching their neighbors new ideas (such as making organic fertilizers, natural pesticides and soil conservation).

The day we met in El Alto we discussed future experiments the yapuchiris could do. The president of the group, Miguel Ortega, suggested working on earthworms. He had raised earthworms and used their humus for years to fertilize his greenhouse vegetables. The other yapuchiris were mildly interested, especially because some of them already raised earthworms. They talked about carrying out an experiment on earthworm humus, but were a little vague on what this would be.

Then Sonia played an Aymara-language version of a video on earthworms, filmed in Bangladesh. A year earlier, Sonia had given the yapuchiris a DVD with this and six other videos in Aymara, Spanish, and Quechua. Some yapuchiris had watched the videos and some had not. At home, don Miguel had watched the one on earthworms four times.

After watching the video together the group came alive, defining more clearly what they would do in their earthworm experiment. With don Miguel taking the lead, they first agreed to standardize the types and amounts of food they would give their earthworms, so that the results would be replicable. In the video, Bangladeshi women had measured their materials in small baskets. On the Altiplano, most people have a 12-liter bucket, which Miguel suggested that they use instead of the basket.

Miguel said that the objective of the experiment was to get humus in one month. In his own, previous experience, it could take four months to get humus, and he wanted to speed up the process.

The video suggested mixing cow dung with chopped up banana stems, which are unavailable on the frigid Altiplano. The group kind of got stuck there. Sometimes a little outside facilitation can be useful. I helped them make a quick list of the plant materials they did have, including potato tops—stems and leaves normally discarded after harvest—and various kinds of straw.

That was enough to set the group thinking about how to adapt Bangladeshi techniques to Bolivian conditions. Don Miguel seized the lead again and asked each member of the group if they had potato tops. Only two others did, so he then asked how many had green barley straw. They all did, so they decided that each yapuchiri would make his or her earthworm trial at home with two layers of dung and two layers of barley straw.

The video shows making a home for worms in a cement ring, with a floor of sand, broken brick and earth. Even though the yapuchiris had just seen the video, they couldn’t quite recall all of the materials, their order and thickness of each layer. So we watched parts of the video again.

Again, the yapuchiris adapted. They didn’t have broken brick, so they decided to use small stones instead, to make an earthworm habitat of sand, with a layer of rock on top, followed by earth, straw, manure, a second layer of straw and a final top layer of manure. One advantage of a video is that farmer-experimenters can review it to recall specific details.

One yapuchiri, don Constantino, offered to bring a starter supply of earthworms to their next meeting, so they could all set up their experiments.

These yapuchiris have had a lot of contact with researchers. They were essentially organizing themselves so that each one of them would conduct a replica of a standardized experiment. They all live far from each other and they understand that each yapuchiri lives in a different environment, so they decided to take that into account. They agreed to measure the pH of the water (they have pH paper to do that) and the temperature, which will help later in understanding any differences that could be due to these independent experimental variables.

The yapuchiris need replicable results if they are going to share innovations with others. By collaborating with researches, the yapuchiris are learning the advantages of the scientific method.

The Bangladeshi earthworm video was filmed at sea level, about as far away as one can get from the Bolivian Altiplano (at about 4000 meters). Yet these yapuchiris found inspiration in what they saw and they said that the worm techniques in the video were simpler and more practical than others that they had been taught. This is a direct benefit of sharing knowledge and experience from farmer-to-farmer. Farmers who use an innovation for a few years will simplify it, validate it, and make it practical for other farmers to try, even if those farmers live on other continents.

Further viewing

You can watch the earthworm video in Aymara, English and several other languages at www.accessagriculture.org.

Acknowledgements

Our work in Bolivia is funded by the McKnight Foundation’s CCRP (Collaborative Crop Research Program). Thanks to Sonia Laura, of Prosuco, for sharing various insights with me.

INSPIRACIÓN DE BANGLADESH A BOLIVIA

Por Jeff Bentley, 13 de mayo del 2018

Por años he pensado que los experimentos de los agricultores eran fundamentalmente diferentes de los ensayos científicos. Los campesinos viven de su cosecha y al probar una innovación por un tiempo pueden decidir cualitativamente si sirve o no. Para los científicos es al revés; los datos son el material precioso que necesitan para escribir sus publicaciones, mientras que el cultivo cosechado es irrelevante. Los científicos necesitan resultados replicables para mostrar que una innovación funcionará en diferentes lugares. Pero a los campesinos les importa menos si sus resultados son replicables en un área grande; solo quieren saber si una innovación es útil en sus propias parcelas.

Por lo menos así pensaba yo, pero esta semana pasada en La Paz, Bolivia, vi cómo los agricultores que trabajan juntos pueden interesarse más por hacer experimentos con resultados replicables. Estuve con Prosuco, una pequeña ONG que promueve la investigación de agricultores. La Ing. Sonia Laura, su coordinadora de investigación, me presentó a ocho agricultores experimentadores de todo el Altiplano boliviano. Habían viajado durante tres o cuatro horas desde distintos puntos a través de este frío y árido paisaje para encontrarse con nosotros en El Alto, la nueva ciudad dinámica que crece en las llanuras arriba de La Paz.

Estos agricultores experimentadores se llaman “yapuchiris”, una palabra aymara que significa agricultor experto. Una red de 70 yapuchiris se reúne irregularmente, intercambiando información, realizando experimentos y enseñando a sus vecinos nuevas ideas (como hacer fertilizantes orgánicos, plaguicidas naturales y la conservación del suelo).

El día que nos encontramos en El Alto discutimos algunos experimentos futuros que los yapuchiris podrían hacer. El presidente del grupo, Miguel Ortega, sugirió trabajar con las lombrices de tierra. Él había criado lombrices de tierra, usando su humus durante años para fertilizar sus hortalizas de carpa solar (invernadero). Los otros yapuchiris estaban algo interesados, especialmente porque algunos de ellos ya habían criado lombrices. Hablaron de llevar a cabo un experimento sobre eñ lombrihumus, sin especificar mucho cómo hacerlo.

Luego Sonia tocó una versión en idioma aymara de un video sobre lombrices de tierra, filmado en Bangladesh. El año anterior, Sonia les había dado a los yapuchiris un DVD con este y otros seis videos en aymara, español y quechua. Algunos yapuchiris habían visto los videos y otros no. En casa, don Miguel había visto el de las lombrices cuatro veces.

Después de ver el video juntos, el grupo cobró vida, definiendo más claramente lo que harían en su experimento con las lombrices. Con don Miguel tomando la iniciativa, primero acordaron estandarizar los tipos y cantidades de alimentos que darían a sus lombrices, para que los resultados fueran replicables. En el video, las mujeres bangladesíes habían medido sus materiales en pequeñas canastas. En el Altiplano, la gente tiene un balde de 12 litros, que Miguel sugirió usar en lugar de la canasta.

Don Miguel dijo que el objetivo del experimento era obtener humus en un mes. En su propia experiencia previa, podría tomar cuatro meses obtener humus, y quería acelerar el proceso.

El video sugirió mezclar bosta (estiércol) de vaca con tallos de banana picados, que no están disponibles en el frígido Altiplano. El grupo se estancó allí. A veces, un poquito de facilitación externa puede ser útil. Los ayudé a hacer una lista rápida de los materiales vegetales que tenían, incluidas las hojas y tallos de las papas, y varios tipos de paja.

Eso fue suficiente para que el grupo pensara en cómo adaptar las técnicas de Bangladesh a las condiciones bolivianas. Don Miguel volvió a tomar la iniciativa y preguntó a cada miembro del grupo si tenían hojas de papa. Solo otros dos las tenían, entonces él preguntó cuántos tenían paja verde de cebada. Todos la tenían, por lo que decidieron que cada yapuchiri haría su prueba de lombriz en casa con dos capas de estiércol y dos capas de paja de cebada.

El video muestra cómo hacer un hogar para las lombrices en una argolla de cemento, con un piso de arena, ladrillo quebrado y tierra. Aunque los yapuchiris acababan de ver el video, no podían recordar todos los materiales, el orden y el grosor de cada capa. Así que vimos partes del video nuevamente.

De nuevo, los yapuchiris se adaptaron. No tenían ladrillos quebrados, entonces decidieron usar piedras pequeñas para crear un hábitat de arena, con una capa de piedritas, seguida de tierra, paja, estiércol, una segunda capa de paja y una capa superior de estiércol. Una ventaja de un video es que los agricultores-experimentadores pueden revisarlo para acordarse de detalles específicos.

Uno de los yapuchiris, don Constantino, se ofreció a traer algunas lombrices para la próxima reunión, para que todos pudieran empezar sus experimentos.

Estos yapuchiris han tenido mucho contacto con los investigadores. Se organizaban esencialmente para que cada uno de ellos llevara a cabo una réplica de un experimento estandarizado. Todos viven lejos el uno del otro y entienden que cada yapuchiri vive en un ambiente diferente, por lo que decidieron tomar eso en cuenta. Acordaron medir el pH del agua (tienen papel de pH para hacer eso) y la temperatura, lo que ayudará luego a comprender las diferencias que son como variables experimentales independientes.

Los yapuchiris necesitan resultados replicables si van a compartir innovaciones con otros. Al colaborar con las investigaciones, los yapuchiris están aprendiendo las ventajas del método científico.

El video de la lombriz de tierra de Bangladesh fue filmado a nivel del mar, lo más lejos que se puede llegar desde el Altiplano boliviano (a unos 4000 metros sobre el nivel de mar). Sin embargo, estos yapuchiris encontraron inspiración en lo que vieron y dijeron que las técnicas de lombricultura en el video eran más simples y más prácticas que otras que les habían enseñado. Este es un beneficio directo de compartir conocimiento y experiencia de agricultor a agricultor. Los campesinos que usan una innovación durante algunos años lo simplifican, lo validan y lo vuelven práctico para que otros agricultores lo prueben, incluso si esos agricultores viven en otros continentes.

Para ver más

Se puede ver los videos sobre la lombriz de tierra en aymara, español y varios otros idiomas en www.accessagriculture.org.

Agradecimientos

Nuestro trabajo en Bolivia es auspiciado por el CCRP (Programa Colaborativo para la Investigación de los Cultivos) de la Fundación McKnight. Gracias a Sonia Laura por compartir varias percepciones conmigo.

Potato marmalade April 29th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

The American anthropologist Mary Weismantel notes that for peasant farmers in the Ecuadorian Andes, cooking is the very last step (before eating) in the long process of growing crops.

During my career I’ve met many agricultural scientists working on better ways to grow more food on small farms, to harvest it more efficiently and lose less in storage. Until recently, I had met few who studied better ways of cooking.

At UMSS, a public university in Bolivia, food technologist, Prof. Jenny Espinoza, and her students are designing new products from potato. They hope that these products will increase the demand for potatoes and raise prices that Bolivian smallholders receive. One student has discovered that unique colors of natural dye can be derived from the various native varieties of Andean potatoes. Another has made pasta from potato flour.

Last week I had a chance to see thesis students Marizel Rojas and Dubeiza Flores making potato marmalade in the food laboratory. Strictly speaking, marmalade is made from oranges, but in South America most jams are called “mermelada.” As with all inventions, such as the lightbulb or metal plow, creating a new food product involves trial and error, with the inventor slowly working towards the target concept.

Marizel and Dubeiza got some suggestions for marmalade from the internet. These weren’t much help, but they were a start. The potato is a good source of pectin, the glue that holds the jam together, but the original recipes produced a lumpy, tasteless paste. Eventually the researchers figured out how much sugar to add, and they learned that fruit had to be added to add more flavor than a plain potato could offer. They also realized that the potato had to be puréed in an electronic blender.

The student researchers learned that the total amount of sugar had to equal 80% of the combined volume of potatoes and fruit, after boiling off most of the water. Then these amounts had to be converted into simple measures that cooks could use without doing any arithmetic.

After watching the thesis students make the jam, we sat down with some of the other faculty and students and ate a whole jar of it on crackers (biscuits). It was delicious, especially when warm, with no taste of potato.

Agricultural inventions often go through several stages. The researcher develops a prototype which farmers validate, and modify, which can then be shared with other communities. They then continue to creatively adapt the idea.

The potato marmalade is still at the prototype stage, but it has come a long way. The students have started to make their products with a farm community in Piusilla, Morochata, near Cochabamba. Only time will tell if potato marmalade becomes popular with consumers, but the research has shown a bit more of the potential hidden in the versatile potato. The trials have been a training ground for two young food engineers. If you can make marmalade from potatoes no doubt many more things can be made from the humble tuber.

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Try it at home

If you want to experiment with potato marmalade at home you will need the following:

Ingredients

3 small to medium-sized potatoes (100 grams raw, after peeling and cutting)

1 cup of water

1 small pineapple. Or about 2 cups (or 100 grams)

3 cups of sugar (160 grams)

The juice of 2 small lemons or 2 tablespoons of lemon juice

Makes enough marmalade to fill about 3 jars.

Steps

Peel the potatoes, wash them and cut them into cubes. They should make about 2 cups when cubed, or 100 grams.

Boil the potatoes until they are cooked.

Purée the mashed potatoes in an electric blender with a cup of water, which makes the potatoes easier to blend.

Peel the pineapple, cut it into cubes. Purée it in the blender. It should be about 2 cups or 100 grams of fruit.

Add the pineapple purée to the potato.

Add just 1 cup of sugar. (Don’t add all 3 cups now, or the marmalade will turn brown).

Return the mix to the stovetop and boil for about 15 minutes, stirring constantly. Boil until the mixture is thick. As you boil off the water, the mix should lose about half of its volume.

Add the other 2 cups of sugar and cook for about 5 minutes until the mixture is thick.

Stir in the lemon juice.

Remove from the fire and pour the hot marmalade into sterile glass jars.

Put the lid on the jars and turn the jars upside down to cool. Turning the jars upside down sterilizes the inner side of the lid with the boiling hot marmalade.

MERMELADA DE PAPA

Por Jeff Bentley, 29 de abril del 2018

La antropóloga estadounidense Mary Weismantel señala que para los campesinos de los Andes ecuatorianos, cocinar es el último paso (antes de comer) en un largo proceso que empieza con la siembra.

A través de los años, he conocido a muchos científicos agrícolas que tratan de mejorar el cultivo de alimentos en fincas campesinas, cosechar de manera más eficiente y perder menos en pos-cosecha. Pero hasta hace poco, conocía a pocos que estudiaban mejores formas de cocinar.

En la UMSS, una universidad pública en Bolivia, la tecnóloga de alimentos, la Prof. Jenny Espinoza, y sus estudiantes están diseñando nuevos productos de papa. Esperan que estos productos aumenten la demanda de la papa y que suban los precios que reciben los campesinos bolivianos. Una tesista ha descubierto que se pueden derivar colores únicos de las diversas variedades nativas de papas andinas. Otra ha hecho pasta de harina de papa.

La semana pasada tuve la oportunidad de ver a las tesistas Marizel Rojas y Dubeiza Flores mientras hacían mermelada de papa en el laboratorio de alimentos. Como con todos los inventos, como el foco de luz o el arado de metal, la inventora de un nuevo producto alimenticio usa el método de la prueba y error, trabajando lenta pero sistemáticamente hacia el concepto objetivo

Marizel y Dubeiza recibieron algunas sugerencias de mermelada de Internet. Estos no fueron de mucha ayuda, pero fueron un comienzo. La papa es una buena fuente de pectina, el pegamento que aglutina la mermelada, pero las recetas originales produjeron una pasta grumosa e insípida. Finalmente, las investigadoras calcularon que cantidad de azúcar agregar, y aprendieron que había que agregar fruta para dar más sabor del que podría ofrecer una papa común. También se dieron cuenta de que la papa tenía que ser hacerse puré en una licuadora.

Las tesistas aprendieron que la cantidad total de azúcar tenía que ser igual al 80% del volumen combinado de la papa y la fruta, después de perder la mayor parte del agua durante la cocción. Luego estas cantidades tuvieron que convertirse en medidas simples que las cocineras podrían usar sin hacer cálculos matemáticos.

Después de hacer la mermelada, nos sentamos con algunos de los otros profesores y estudiantes y comimos un frasco completo con galletas. Fue deliciosa, especialmente por ser caliente. No tenía ningún sabor a papa.

Los inventos agrícolas a menudo pasan por varias etapas. La investigadora desarrolla un prototipo que las agricultoras validan y modifican, que luego se puede compartir con otras comunidades. Luego continúan adaptando creativamente la idea.

La mermelada de papa todavía está en la etapa de prototipo, pero ha recorrido un largo camino. Las tesistas han comenzado a hacer sus productos con la comunidad agrícola de Piusilla, Morochata, cerca de Cochabamba. Solo el tiempo dirá si la mermelada de papa se vuelve popular entre los consumidores, pero la investigación ha mostrado un poco más del potencial escondido en la versátil papa. Las pruebas han sido un campo de entrenamiento para dos jóvenes ingenieras de alimentos. Si se puede hacer mermelada de la papa, sin duda, se pueden hacer muchas más cosas a partir del humilde tubérculo.

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Pruébalo en casa

Si desea experimentar con mermelada de papa en su hogar, necesitará lo siguiente:

Ingredientes

3 papas pequeñas a medianas (100 gramos crudos, después de pelar y cortar)

1 taza de agua

1 piña pequeña o unas 2 tazas (o 100 gramos)

3 tazas de azúcar (160 gramos)

El jugo de 2 limones pequeños o 2 cucharadas de jugo de limón

Hace suficiente mermelada para llenar alrededor de 3 frascos.

Pasos

Pele las papas, lávelas y córtelas en cubos. Debe ser unas 2 tazas cuando están en cubos, o 100 gramos.

Hervir las papas hasta que estén cocidas.

Haga el puré de papas en una licuadora eléctrica con una taza de agua, para que las papas sean más fáciles de mezclar.

Pele la piña, córtela en cubos, haciendo un puré en la licuadora. Es aproximadamente 2 tazas o 100 gramos de fruta.

Agregue el puré de piña a la papa.

Agregue solo 1 taza de azúcar. (No agregue las 3 tazas ahora, o la mermelada se pondrá marrón).

Regrese la mezcla a la estufa y hierva durante más o menos 15 minutos, revolviendo constantemente. Hierva hasta que la mezcla esté espesa. Al hervirse, la mezcla debería perder aproximadamente la mitad de su volumen.

Agregue las otras 2 tazas de azúcar y cocine por unos 5 minutos hasta que la mezcla esté espesa.

Agregue el jugo de limón.

Retire del fuego y vierta la mermelada caliente en frascos de vidrio estériles.

Pon la tapa sobre los frascos y ponga los frascos boca abajo mientras se enfríen. Así se esteriliza la parte interior de la tapa con la mermelada hirviendo.

Spontaneous generation January 28th, 2018 by

A few days ago, I sat at my desk in Cochabamba, Bolivia, giving a talk over the Internet to graduate students who were taking a class in IPM (integrated pest management) at the University of Kentucky and the University of Arkansas. One professor, Rob Wiedenmann, was listening in from New Zealand, where he was on sabbatical, but still in touch.

I reviewed some ideas for the students about studying local knowledge of insects and plant diseases, and recent efforts to share ideas on pest control with smallholders via videos. I said that anthropologists have great respect for local knowledge, but those anthropologists had been looking at local knowledge of relatively large plants and animals, not pest control, insect ecology or plant disease. When I was in Central America in the late 1980s and early 1990s I was surprised to realize that Honduran smallholders didn’t understand how insects reproduced. The farmers didn’t know that male and female insects mated to produce fertile eggs which hatched into larvae. This gap in knowledge led to the farmers’ misperception that caterpillars that were eating the maize field had come out of nowhere, the result of spontaneous generation.

That caught Prof. Wiedenmann’s attention. “What can you say about US farmers?” he asked. He wondered what entomologists could do to help North American farmers monitor their insect pests. US farmers often don’t realize that pests are causing damage until it is too late to do anything about them. North American farmers don’t believe in spontaneous generation, but they might as well.

I thought I knew what Prof. Wiedenmann was talking about. I’d been reading Ted Genoways’ book This Blessed Earth, an intimate account of a year in the life of a Nebraska farm family, the Hammonds. These thoughtful, professional farmers were using state of the art technology, including harvesters that gathered in a dozen rows of soybeans at once while measuring the moisture content of the beans and following the furrows by using a GPS. But at harvest time the farmers were shocked to find out that stem borers had caused losses worth thousands of dollars.

I could see that sitting high up in the combine harvester could leave farmers with fewer opportunities to observe their plants. I wasn’t sure what to suggest as a remedy, but I said it is always good to spend more time with the farmers, whether in Arkansas or in Kenya, before jumping to conclusions about what they knew and understood, particularly when it came to pests and diseases..

“Yes, agricultural researchers are often leapfrogging over the lack of information,” Wiedemann quipped. Researchers rush to make recommendations for farmers, but without really understanding their perception or their production constraints.

Different styles of farming influence the ways one sees the world. US farmers have taken biology classes at school and understand that insects don’t come out of nowhere, but lack day-to-day contact with their crops. Tropical smallholders are often out in their fields, and are more likely to spot a pest before the crop is ready to harvest. Even so, most farmers the world over are busy and don’t have enough time to observe their crop regularly and systematically. This can lead to devastating crop losses. Whether farming on a large or a small scale, helping farmers to observe their crops better requires solid interaction with growers to develop and test possible solutions that work in the local context.

Acknowledgement

Thanks to Prof. John Obrycki for inviting me to give this virtual seminar.

Further reading

Bentley, Jeffery W. & Gonzalo Rodríguez 2001 “Honduran Folk Entomology.” Current Anthropology 42(2):285-301. http://www.jefferybentley.com/Honduran%20Folk%20Entomology.pdf

Wyckhuys, Kris, Jeffery Bentley, Rico Lie, Marjon Fredrix and Le Phuong Nghiem 2017 “Maximizing Farm-Level Uptake and Diffusion of Biological Control Innovations in Today’s Digital Era.” BioControl.

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Access Agriculture has over 30 videos on IPM, which you can watch here.

No land, no water, no problem December 17th, 2017 by

Vea la versión en español a continuación.

A hot, parched gravel patch on the edge of the city of Cochabamba, Bolivia may seem like a poor place to grow high value vegetables, but a group of agricultural students and a local entrepreneur are making it happen.

The entrepreneur, René Cabezas, is an agronomist who gives training courses in hydroponics, where vegetables are produced in tubes of water. Mr. Cabezas also produces hydroponic vegetables himself, and he recently bought in three metal frame houses—each about the size of a modest suburban home, about 7 by 15 meters—at a cost of 45,000 Bolivianos ($6400) each. Aldo Chipana and Arturo Siles, two thesis students, were showing Ana and I how the vegetables are grown. The metal frames were covered in a fine, plastic mesh, a fabric which keeps out insects, such as aphids and whiteflies. The structures were a big investment, and making them pay off will depend on using them carefully for a long time. Several agronomy students are working in the vegetable houses, writing their theses on the experience, and keeping some of the profits from the produce.

One house was full of tomatoes watered with drip irrigation three times a day, carefully regulated by an electronic timer and a humidity-measuring device. Mineral fertilizer had been dissolved in the water, feeding the plants with every drop. The tomatoes had no obvious health problems: which is astounding for the tropics, where the plants grow year round, and so do the pests and diseases. I thought of some of the commercial farms I had seen in Bolivia and elsewhere, where the tomatoes were under constant attack by pests and diseases and dripping with pesticides.

These tomatoes are planted in small pots of soil with lots of organic matter. The dry climate of the Southern Andes helps to avoid disease, but Aldo and his colleagues also prune off any unhealthy leaves. The fine mesh covering will limit the fungal spores that blow in, though in this sprawling neighborhood, houses are more common than fields, so there are few other vegetables in the vicinity to act as sources of infections. Ana and I were lucky to visit; Aldo and colleagues allow few visitors, who might carry pathogens on their shoes or clothing.

Like much of peri-urban Cochabamba, this south-side lot has no city water. People have to buy expensive water from tank trucks, from 7 Bs. to 15 Bs. ($1 – $2) for a 200 liter barrel. It seems like madness to irrigate vegetables with water at this price, but these tomatoes only use about 200 liters of water a day, for some 800 plants, thanks to the carefully controlled drip irrigation, which makes the most of every drop.

In another metal frame house, Aldo showed us the lettuce growing in plastic (PVC) tubes filled with water, laced with mineral fertilizer. Unlike the tomatoes, which are growing in pots, the lettuce was growing only in water, with no soil. Like the tomato plants, the lettuce was free of disease and of pesticides, producing the kind of vegetables that demanding consumers really want.

There was one unforeseen problem: the sun. There was simply too much light for the lettuce. Even with the roots sitting in water, the little plants were wilting. Aldo and his colleagues had found that a thick, black net provided the best shade while still allowing the lettuce to thrive.

I had seen hydroponics before, but usually at universities, research centers (and once even at an amusement park), so until seeing these vegetables I doubted that plants could be grown for a profit in tubes of water. Now I was starting to change my mind, seeing these young people invest their time and energy to make it work, raising a commercial crop on a stony lot that was unfit for conventional gardening. They were saving so much water that they could afford to irrigate even when water is expensive.

My dad was a hydrologist and used to be fond of saying that agriculture could never compete with a city for water. City dwellers could always outbid farmers for water. But dad was thinking of old-fashioned ditch irrigation. As irrigation technology improves and becomes more efficient in using water, agriculture can afford to buy water at high prices.

As climate change continues to make for a warmer, thirstier planet it is good to see creative solutions providing healthy produce, and doing so without pesticides.

Watch some related training videos

Drip irrigation for tomato

Hydroponic fodder

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To drip or not to drip

SIN TIERRA, SIN AGUA, NO HAY PROBLEMA

Por Jeff Bentley

Una parcela pedregosa, caliente y reseca en las afueras de la ciudad de Cochabamba, Bolivia, puede parecer un lugar equivocado para cultivar verduras de alto valor, pero un grupo de estudiantes de agronomía y un empresario local lo están logrando.

El empresario, René Cabezas, es un agrónomo que imparte cursos de formación en hidroponía, donde las verduras se producen en tubos de agua. El Sr. Cabezas también es productor de verduras hidropónicas, y hace poco compró tres casas de marcos de metal, cada una del tamaño de una modesta casa suburbana, de aproximadamente 7 por 15 metros, a un costo de 45,000 bolivianos ($ 6400) cada una. Aldo Chipana y Arturo Siles, dos tesistas, nos estaban mostrando a Ana y a mí cómo se cultivan las hortalizas. Los marcos metálicos estaban cubiertos por una fina malla de plástico, una tela que impide la entrada de insectos, como los áfidos y las moscas blancas. Las estructuras fueron una gran inversión y para rescatarlo hay que hacer un uso cuidadoso durante mucho tiempo. Varios estudiantes de agronomía están trabajando en las casas de malla, escribiendo sus tesis sobre la experiencia y manteniendo algunas de las ganancias del producto.

Una casa estaba llena de tomates regados con riego por goteo tres veces al día, cuidadosamente regulados por un control electrónico y un medidor de la humedad. Se había disuelto fertilizante mineral en el agua, alimentando a las plantas con cada gota. Por lo visto, los tomates no tenían ningún problema de salud: lo cual es asombroso en los trópicos, donde las plantas crecen durante todo el año, igual que las plagas y enfermedades. Me acordé de algunas parcelas comerciales que había visto en Bolivia y en otros lugares, donde los tomates estaban bajo constante ataque de plagas y enfermedades y la fruta chorreaba plaguicidas.

Estos tomates se habían plantado en macetitas con suelo rico en materia orgánica. El clima seco de los Andes sureños ayuda a prevenir las enfermedades, pero Aldo y sus colegas también podan las hojas enfermas. Lo cobertura de malla fina limitará la entrada de las esporas de hongos por aire, aunque en este vecindario en expansión, las casas son más comunes que los campos, por lo que hay pocas otras verduras en la zona que serían fuentes de infección. Ana y yo tuvimos la suerte de visitar; Aldo y sus colegas permiten pocos visitantes, que pueden llevar patógenos en sus zapatos o en su ropa.

Al igual que gran parte de la parte peri-urbana de Cochabamba, este lote de la zona sur no tiene agua potable. La gente tiene que comprar agua cara de camiones cisternas, desde 7 Bs. a 15 Bs. ($ 1 – $ 2) por un barril de 200 litros. Parece una locura regar las verduras con agua a este precio, pero estos tomates solo usan unos 200 litros de agua al día, para unas 800 plantas, gracias al riego por goteo cuidadosamente controlada, que aprovecha al máximo cada gota.

En otra casa metálica, Aldo nos mostró la lechuga creciendo en tubos de plástico (PVC) llenos de agua mezclada con fertilizante mineral. A diferencia de los tomates, que crecen en macetas, la lechuga crece solo en agua, sin tierra. Al igual que los tomates, la lechuga estaba libre de enfermedades y de plaguicidas, produciendo el tipo de verduras que los consumidores exigentes realmente quieren.

Hubo un problema inesperado: el sol. Simplemente había demasiada luz para la lechuga. Incluso con las raíces en el agua, las pequeñas plantas se marchitaban. Aldo y sus colegas descubrieron que una gruesa red negra proporcionaba la mejor sombra y permitía que la lechuga prosperara.

Yo había visto hidroponía antes, pero generalmente en universidades, centros de investigación (y una vez incluso en un parque de diversiones), así que hasta ver estas verduras, yo dudaba que las plantas en tubos de agua fueran rentables. Ahora estaba empezando a cambiarme de opinión, viendo a estos jóvenes invertir su tiempo y energía para hacerlo funcionar, sacando un producto comercial en un terreno pedregoso que no era apto para la horticultura convencional. Estaban ahorrando tanta agua que podían regar incluso cuando el agua es cara.

Mi papá era hidrólogo y solía decir que la agricultura nunca podría competir con una ciudad por el agua. Los citadinos siempre podrían pagar más que los agricultores por el agua. Pero mi papá estaba pensando en las zanjas de tierra, al estilo viejo. A medida que la tecnología de riego mejora y se vuelve más eficiente en el uso del agua, la agricultura sí puede comprar agua a precios altos.

A medida que el cambio climático continúa generando un planeta más cálido y sediento, es bueno ver soluciones creativas que proporcionen productos saludables y sin plaguicidas.

Aprender más de los videos

Riego de goteo para tomate

Hydroponic fodder

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