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Cultivating pride in the Andes November 4th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

“When we first started working with these innovative farmers, they were embarrassed to list ‘farmer’ as their occupation on their national ID card.” María Quispe, head of a Bolivian NGO called Prosuco, reminded a large crowd of villagers and visitors in the village of Cutusuma, La Paz.

Last week yapuchiris from many communities along with the famers in Cutusuma were celebrating the launch of a new book about themselves, published by Prosuco, with Swiss support.

Swiss diplomats, local people and government officials took turns at the microphone to express their pride in the changes over the years. A national TV station, Channel 7, was recording the event while a professional broadcaster from Radio San Gabriel in El Alto moderated the event in Aymara, a native language of the High Andes.

Food was served as an aphtapi, an old buffet style that is making a comeback in Bolivia. Boiled native potatoes, chuño, broad beans and oca are wrapped in wool blankets, then spread out on the earth or on a table. Diners serve themselves. Most put the food in little plastic bags saved from their last trip to the shop. It’s an Andean lunch with attitude, and it saves on plastic plates.

There was also dancing to Andean flute music; the local High School marching band belted out the national anthem with confidence and enthusiasm.

The striking feature of the book launch was that no one seemed ashamed to be a farmer anymore. It had been a long trip. The book, printed on high quality paper and illustrated with professional photography, explained that in 2004, Prosuco had set out to train innovative farmers as extension agents. One of the first steps was to give these innovative farmers a name. They settled on “yapuchiri,” an Aymara word for “farmer.” Calling the new expert farmers “yapuchiris” was a way of saying that farming was an important job. During the next 14 years, yapuchiris were trained all over the Altiplano as well as the valleys of Chuquisaca. Seventy of them were certified as “Yapuchiri Community Facilitators” by the Vice-Ministry of Alternative Education (such an original and creative name for a branch of government).

The book explains how the yapuchiris and Prosuco tried new ideas on farms, adapting several organic fertilizers, such as bokashi and biol, to local conditions, along with mineral mixes and natural repellents. Non-chemical controls of Andean potato weevil were also adapted to local conditions.

The book has numerical data to show that the yapuchiris’ yields are higher than those of other farmers and higher than those achieved by farmers who received conventional agricultural training. This is important, as organic agriculture is often dismissed (famously by The Economist in 2016) as low yielding and incapable of feeding the World’s growing population.

Over the years, the yapuchiris developed the Pachagrama, a large chart for listing the yapuchiris’ weather forecast, while planning and documenting the year’s weather as it unfolds, day by day. We have discussed the Pachagrama in earlier blogs To see the future, and  Predicting the weather. The yapuchiris started the Pachagrama as a table with some drawings, then refined it over the years.

At first, some of the yapuchiris’ neighbors scoffed at the idea of farmers as extensionists, saying that they wanted a real agronomist to train them. But eventually the yapuchiris convinced the others and were able to work with up to 50% of the farmers in their own villages. As Mark Twain put it, “an expert is someone with a brief case who is 50 miles from home.”

In fact, it can be an advantage to offer advisory services “50 miles (70 km) from home”. Projects began hiring yapuchiris to teach other communities. The yapuchiris crisscrossed the Altiplano, promoting productive, organic agriculture to appreciative audiences.

It is foolish of anyone to denigrate the people who feed us and care for the land. Building pride in a profession takes time and creating a more productive, sustainable agriculture is only part of it. Twelve years of support and training were important to develop a cadre of self-confident yapuchiris. Events with music, speeches and a splendid lunch also help to display that confidence while books in an attractive format also help to show how the work evolved over the years.

The book

Quispe, María, Eleodoro Baldiviezo and Sonia Laura 2018 Yapuchiris: Un Legado para Afrontar los Impactos del Cambio Climático. La Paz: Prosuco, Cosude & Helvetas Swiss Intercooperation.

Blog stories about yapuchiris

Inspiration from Bangladesh to Bolivia

Farmers produce electronic content

Forty farmer innovations

Acknowledgement  

Thanks to María Quispe, Eleodoro Baldiviezo, Sonia Laura, Eric Boa and Paul Van Mele for their comments on an earlier version.

CULTIVANDO ORGULLO EN LOS ANDES

por Jeff Bentley, 4 de noviembre del 2018

“Cuando empezamos a trabajar con estos agricultores innovadores, les daba vergüenza poner ‘agricultor’ como su oficio en su carnet.” María Quispe, directora de una ONG boliviana llamada Prosuco, recordó a una gran multitud de campesinos y visitantes en la comunidad de Cutusuma, La Paz.

La semana pasada, Yapuchiris de diferentes comunidades junto con los agricultores de Cutusuma celebraron el lanzamiento de un nuevo libro sobre sí mismos, publicado por Prosuco, con el apoyo suizo. Los diplomáticos suizos, la población local y los funcionarios del gobierno se turnaron al micrófono para expresar su orgullo por los cambios a lo largo de los años. Una televisión nacional, Canal 7, grababa el evento mientras que una locutora profesional de Radio San Gabriel de El Alto moderaba el evento en aymara, un idioma nativo de los Andes Altos.

La comida fue servida como un aphtapi, un antiguo estilo de buffet que de nuevo se está poniendo de moda en Bolivia. Las papas nativas cocidas, el chuño, las habas y la oca son colocadas en aguayos de lana y se extienden sobre la tierra o sobre una mesa. Los comensales se sirven solos. La mayoría pone la comida en pequeñas bolsas de plástico guardadas de su última visita a la tienda. Es un almuerzo andino con actitud, y ahorra en platos de plástico.

También hubo baile con música de flauta andina; la banda del colegio local entonó el himno nacional con confianza y entusiasmo.

Al presentar el libro ya era claro que a nadie le apenaba ser agricultor. Había sido un largo viaje. El libro, impreso en papel de alta calidad e ilustrado con fotografías profesionales, explica que en 2004, Prosuco se había propuesto formar a agricultores innovadores como agentes de extensión agrícola. Uno de los primeros pasos fue poner un nombre a estos agricultores innovadores Ellos mismos eligieron “yapuchiri”, que es simplemente una palabra aymara que significa “agricultor”. Llamar a los nuevos expertos agricultores “yapuchiris” era una forma de decir que la agricultura era un oficio importante. Durante los siguientes 14 años, se formaron nuevos yapuchiris desde todo el Altiplano y hasta los valles de Chuquisaca. Setenta de ellos recibieron un certificado como “Yapuchiris Facilitadores Comunitarios” del Viceministerio de Educación Alternativa (un nombre tan original y creativo por una instancia gubernamental).

El libro explica cómo los yapuchiris y Prosuco probaron nuevas ideas en finca, adaptando los fertilizantes orgánicos, como el bokashi, los bioles, a las condiciones locales, junto con caldos minerales, y repelentes naturales. Los controles no químicos del gorgojo andino de la papa también se adaptaron a las condiciones locales.

El libro tiene datos numéricos para mostrar que los rendimientos de los yapuchiris son más altos que los de otros agricultores y más altos que los logrados por los agricultores que recibieron capacitación agrícola convencional. Esto es importante, ya que la agricultura orgánica es a menudo descartada (por ejemplo en un caso famoso por The Economist en 2016) como de bajo rendimiento e incapaz de alimentar a la creciente población mundial.

A lo largo de los años, los yapuchiris desarrollaron el Pachagrama, una ficha para sistematizar el pronóstico del tiempo de los yapuchiris, mientras planifican y documentan el tiempo del año a medida que se desarrolla, día a día. Hemos discutido el Pachagrama en blogs anteriores Conocer el futuro, y Prediciendo el clima. Los yapuchiris iniciaron el Pachagrama como un cuadro con algunos dibujos, luego lo refinaron con el paso de los años.

Al principio, algunos de los vecinos de los yapuchiris se burlaron de la idea de los agricultores como extensionistas, diciendo que querían que un ingeniero agrónomo los capacitara. Pero finalmente los yapuchiris convencieron a los demás y pudieron trabajar con hasta el 50% de los agricultores de sus propias comunidades. Como dijo Mark Twain, “un experto es alguien con un maletín que está a 50 millas de casa”.

De hecho, puede ser una ventaja ofrecer servicios de asesoramiento a “50 millas (70 km) de casa”. Los proyectos comenzaron a contratar yapuchiris para enseñar a otras comunidades. Los yapuchiris cruzaron el Altiplano, promoviendo la agricultura orgánica y productiva a audiencias apreciativas.

Es una tontería denigrar a la gente que nos alimenta y cuida de la tierra. Crear orgullo en una profesión lleva tiempo y crear una agricultura más productiva y sostenible es sólo una parte de la tarea. Doce años de apoyo y capacitación fueron importantes para desarrollar un grupo de yapuchiris seguros de sí mismos. Los eventos con música, discursos y un espléndido almuerzo también ayudan a mostrar esa confianza, mientras que los libros en un formato atractivo también ayudan a mostrar cómo ha evolucionado el trabajo a lo largo de los años.

El libro

Quispe, María, Eleodoro Baldiviezo y Sonia Laura 2018 Yapuchiris: Un Legado para Afrontar los Impactos del Cambio Climático. La Paz: Prosuco, Cosude & Helvetas Swiss Intercooperation.

Historias del blog sobre los yapuchiris

Inspiración Bangladesh a Bolivia

Agricultores producen contenido electrónico

Forty farmer innovations

Agradecimiento

Gracias a María Quispe, Eleodoro Baldiviezo, Sonia Laura, Eric Boa y Paul Van Mele por sus comentarios sobre una versión anterior.

To see the future October 7th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

When Francisco Condori stopped working as a bricklayer in La Paz, Bolivia, he returned as a 23-year old to his home village of Cutusuma, near Lake Titicaca. He felt that because of his years in the big city he was missing some agricultural knowhow. So he consulted with the older people of Cutusuma.

More than anything, the elders taught Francisco what are now called “the indicators” that is, the signs of nature that tell when to plant and if it will be a good year. This is indispensable information in a place like the Altiplano, generally good land for farming, but sometimes hostile.  Frost, hail and drought can destroy crops at any time. That is why forecasting the weather is a specialty on the Altiplano.

For example a bird, the quiri quiri, makes nests like little ovens in the totora reeds of Titicaca and the small lake of Cutusuma. The bird seems to know how high the water will rise. In dry years it builds its nest low, and in rainy years it makes a nest high on the totora plant. Francisco learned to take a raft into the lake and seek out the nests. The height of the nest in the dry season indicates the level that the water will reach in the rainy season.

Don Francisco also learned to look for the sank’ayu cactus. If it bears fruit early, one should plant potatoes early, in October. If it fruits late, one should plant in November.

Besides looking for his own indicators, Francisco also listened to the weather forecast on the radio and on the TV, but it wasn’t always reliable. He and his friend Antonio remember that once the radio announced that there was going to be a frost and the farmers should “take care of their potato crop.” Francisco and Antonio just laughed, because it was June—winter and the dry season—and nobody had potatoes in the field.

In 1998 Francisco met Edwin Yucra, an agronomist with an interest in climate and in local knowledge. Edwin worked in Prosuko, a project that was supporting the development of sukukollus (planting beds inspired by the agriculture of the ancient civilization of Tiwanaku).

Edwin collaborated for years with Francisco and Antonio and their neighbors. In recent years, Edwin taught them that there was a free app on the Internet that farmers could download to predict the weather with the help of satellites and weather stations. Many farmers have smart phones nowadays which give them access to apps like this one, called Weather Underground.

By 2017 Edwin, now a professor at the Public University of San Andrés, worked in seven communities, including Cutusuma. They managed to build a small weather station in Cutusuma to register the weather, including temperature, wind and rain.

Francisco and Antonio go over the data from the station constantly. They log onto Weather Underground every day on their cell phones. They still listen to the forecast on the radio and on TV and they still make their own forecast based on the indicators, which their write on their Pachagrama (see blog story Predicting the weather), so they can track the weather over the year.

Don Francisco and don Antonio are conducting a deep study of the weather. They combine local knowledge with modern science. Thanks to this, Francisco has become a sort of expert and celebrity. His neighbors frequently ask him what the weather will be like. When don Francisco goes to market in the town of Batallas, the people there recognize him and ask him about the weather. In recent years Francisco has appeared on several TV channels explaining the weather, the indicators and describing climate change.

It is an example of how one can respect local, even ancestral knowledge, while still appreciating modern science.

CONOCER EL FUTURO

Por Jeff Bentley, 7 de octubre del 2018

Cuando don Francisco Condori dejó de trabajar como albañil en La Paz, Bolivia, volvió a sus 23 años a su aldea natal de Cutusuma, cerca del Lago Titicaca. Sintió que debido a sus años en la gran ciudad le hacía falta saber de la agricultura. Así que se fue consultando con la gente mayor de Cutusuma.

Los ancianos más que nada le enseñaron a Francisco lo que se llaman los “indicadores” o sea los señales de la naturaleza que dicen cuándo sembrar y si va a ser un año bueno. Esa información es indispensable en un lugar como el Altiplano, tierra productiva para el agro, pero a veces también hostil.  Heladas, granizadas y sequías pueden destruir los cultivos en cualquier momento. Por eso el pronóstico del tiempo es una especializad en el Altiplano.

Por ejemplo, una pájaro, el quiri quiri, hace sus pequeños nidos como hornito en las totoras de Titicaca y de la pequeña Laguna de Cutusuma. El pájaro parece que sabe dónde llegará el agua. En años secos hace su nido bajo, y en años lluviosos hace su nido en la parte alta de la planta de totora. Francisco aprendió a entrar en balsa a la laguna y buscar los nidos. La altura del nido en la época seca indica el nivel que el agua llegará en la época lluviosa.

Don Francisco también aprendió a revisar el cactus sank’ayu. Si daba fruto temprano habría que sembrar la papa temprano, en octubre. Si daba su fruto tarde, habría que sembrar en noviembre.

Además de buscar sus propios indicadores, Francisco también miraba el pronóstico de tiempo en la radio, y en la tele, pero no era siempre confiable. El y su amigo Antonio recuerdan que una vez la radio anunció que iba a haber helada y que los agricultores deberían “cuidar su papa.” Francisco y Antonio solo se reían, porque era junio—invierno y época seca—y nadie tenía papa sembrada.

In 1998 Francisco conoció a Edwin Yucra, ingeniero agrónomo con interés en el clima y el conocimiento local. Edwin trabajaba en Prosuko, un proyecto que apoyaba en desarrollar a los sukukollus (camellones agrícolas, inspiradas por el agro del antiguo imperio de Tiwanaku).

Edwin colaboró durante años con Francisco y Antonio y sus vecinos. Edwin, en los últimos años, les enseñó que había una aplicación gratis en el Internet que los agricultores podrían bajar y pronosticar el tiempo en base a satélites y estaciones meteorológicas. Muchos agricultores tienen smart phones hoy en día que les da acceso a estas aplicaciones como este, llamado el Weather Underground.

Para el año 2017 Edwin, ahora catedrático en la Universidad Mayor de San Andrés, trabajaba con siete comunidades, incluso Cutusuma. Lograron poner una pequeña estación meteorológica en Cutusuma para medir el tiempo, como la temperatura, viento y lluvia.

Francisco y Antonio revisan los datos de la estación constantemente. Chequean el Weather Underground cada día en sus celulares. Siguen escuchando el pronóstico en la radio y la tele y todavía hacen su propio pronóstico en base a los indicadores, lo cual apuntan en su Pachagrama (vea blog sobre Prediciendo el tiempo), para seguirlo durante el año.

Don Francisco y don Antonio están haciendo un estudio profundo del clima. Combinan el conocimiento local con la ciencia moderna. Gracias a eso Francisco se ha convertido en una especie de experto y celebridad. Sus vecinos frecuentemente le preguntan cómo va a ser el tiempo. Cuando don Francisco va al pueblo de Batallas para hacer mercado le reconocen los del pueblo y le preguntan sobre el tiempo. En los últimos años Francisco ha salido en la tele y en varios de los canales explicando el tiempo, los indicadores y que el clima está cambiando.

Es un ejemplo de que se puede respetar el conocimiento local y hasta ancestral, con amor a la ciencia moderna.

Battling the armyworm September 23rd, 2018 by

In the 1500s, when men on sailing ships were casually spreading crop plants from one continent to the next, maize came to Africa. Fortunately many of the maize pests stayed behind, in the Americas. But slowly, trade and travel are re-uniting maize with its pests. A caterpillar called the fall armyworm is the latest American pest to reach Africa, and in two years it has spread across the continent, threatening one of Africa’s staple food crops.

Just as maize originally came to Africa without its American pests, the fall armyworm arrived without its natural enemies, including a couple of dozen species of tiny parasitic wasps. This has helped the armyworm to spread faster.

Governments panicked over the arrival of the fall armyworm. Some tried massive campaigns to eradicate it manually, as in Rwanda, where large teams of people destroyed the caterpillars by hand. Others began widespread campaigns to spray farmers’ fields with insecticide. Fortunately, there are alternatives to insecticides, as explained in two new videos, directed by Paul Van Mele and beautifully filmed by Marcella Vrolijks, both of AgroInsight.

The videos explain that fall armyworm damage often looks worse than it really is. The caterpillars eat gaping holes in the maize leaves and defecate what looks like wet sawdust all over the plants. But the plants usually recover and produce a full ear, in spite of early damage to the young plant.

Conveniently for farmers, the fall armyworm is also a cannibal. Each one lives alone in the maize whorl and eats any smaller armyworm that comes in. So a maize plant rarely has to suffer more than one armyworm at a time.

Although the armyworm left its specialized natural enemies behind, once it arrived in Africa it met with generalist, native predators like ants, earwigs, ladybird beetles and other beneficial insects that soon began to attack and eat the caterpillars.

The FAO (the UN’s Food and Agricultural Organization) organized farmer field schools to teach farmers armyworm ecology and control. Farmers who took these schools were soon using techniques from Latin America, such as applying soil to the maize whorls. But farmers in Kenya also created innovations of their own, such as rubbing cooking grease onto the maize plant to attract ants to kill armyworms, and sprinkling fine sand mixed with tobacco snuff into the maize whorls.

Farmer field schools are an excellent way to teach insect ecology, but field schools only reach a small percentage of the farmers who need the new information. Fortunately, the farmers who have not been able to take field schools will be able to learn from those who have, by watching the fall armyworm videos, which are available for free in English, French, Amharic, Kiswahili and Ki-Embu, with Arabic, Portuguese and Spanish versions coming soon. More translations will help to spread the word about non-chemical control of fall armyworm.

Watch or download the fall armyworm videos

Scouting for fall armyworms

Killing fall armyworms naturally

Related blogs

Armies against armies

Innovating with local knowledge

Further reading

Poisot, Anne-Sophie, Allan Hruska, Marjon Fredrix, and Koko Nzeza 2018 Integrated management of the Fall Armyworm on maize: A guide for Farmer Field Schools in Africa. FAO.

Our current knowledge of fall armyworm ecology owes a lot to earlier research in Latin America, including:

Andrews, Keith L. and José Rutilio Quezada 1989 Manejo Integrado de Plagas Insectiles en la Agricultura: Estado Actual y Futuro. El Zamorano, Honduras: Departamento de Protección Vegetal, Escuela Agrícola Panamericana.

Acknowledgement

The videos on fall armyworm are developed in collaboration with the Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO) with funding from the McKnight Foundation’s Collaborative Crop Research Program (CCRP).

Photos by Eric Boa.

The scientific name of the fall armyworm is Spodoptera frugiperda (Lepidoptera: Noctuidae).

Videos for added inspiration May 27th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

Juan Almanza is an agronomist who works with seventy mothers, some single and some married, in three rural communities around Colomi, Cochabamba. Juan teaches them new ways to grow nutritious food, especially two legume crops: broad beans (introduced from Europe centuries ago) and the native lupin. The program is in its third year.

Last year Juan helped each of the three groups of women to plant a demonstration or learning plot. Juan had two new ideas to showcase: two new varieties of sweet lupins that did not have to be soaked and washed to leach out their toxins, and second, planting the whole plot (a small field) with lupins. Previously farmers planted them in a single row along the borders around a potato field.

The learning plot is an idea that Juan adopted from his earlier work with farmer field schools. The women have enjoyed the meetings and appreciated that the sweet lupins can be used in recipes that would be impossible with bitter varieties. The women have made hamburgers, soups and have boiled the lupine beans fresh, to eat like peas. The women have collected 18 recipes which Juan has written up.

Some husbands have resented the time that the women spend at the meetings, because it distracts them from farm work. Some wives quit attending. Juan realized that to keep the women in the group it was important that they receive tangible benefits which they could show to the rest of the family. So this past planting season Juan gave each woman an arroba and a half (about 18 kilos) of broad bean seed, of a new variety from La Paz, and two or three kilos of lupin seed.

Juan showed each group a video on lupins, filmed partly in Colomi, but mostly in Anzaldo, in another province of Cochabamba, where farmers already grow lupins in small fields, not just around the edge. Juan is a skilled agronomist and perfectly capable of teaching about lupins, but trying new varieties and planting them in a new way requires some extra inspiration. Seeing real farmers on the video, successfully growing lupins, gave the women the encouragement they needed. They all planted the lupins Juan gave them.

Juan and I caught up with some of the lupin farmers at the fair, held twice a week in Colomi, where farmers come to sell their produce and to buy food and clothes. Many of the busy mothers from Juan’s groups are retailers two days a week, and farmers on the other days.

As she tends a stall of grains and other dried foods, Marina explains that before they met Juan, some farmers did grow the lupins in whole fields, but they would plant them in furrows a meter apart. The new varieties are much shorter and have to be planted closer together. The video showed how to do this.

Reina Merino was unpacking her bundles of clothing in her small shop. She said that now the women plant lupins “like potatoes,” that is, in furrows, close together, and the farmers now take the trouble to weed the crop. Weeding was also an innovation. Previously lupins would just be planted and left alone until harvest time.

Unfortunately, the women’s hard work did not pay off. This past year the rains were delayed, and then it rained far too much. Some people harvested half of the lupins they were expecting; others reaped almost nothing. Given the disappointing results, I asked Reina if she would plant lupins again. “Of course we will!!” she said.

Juan is convinced that the videos were important.  He says “The best way to see a new thing is with a video. It opens the heart of the rural researcher.”

He plans to show the lupin video again to all of his groups. Juan Almanza is a dedicated, respected extension agent who uses video as one of several tools, along with talks, experimental plots and visits to farmers’ fields. He realizes that showing the video a second time will reinforce what these farmers have already learned. Hopefully the weather this year will repay their efforts.

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United women of Morochata

Acknowledgements

Our work in Bolivia is funded by the McKnight Foundation’s CCRP (Collaborative Crop Research Program). Juan Almanza works for the Proinpa Foundation.

VIDEOS PARA UN POCO MÁS DE INSPIRACIÓN

Por Jeff Bentley, 27 de mayo del 2018

Juan Almanza es un agrónomo que trabaja con setenta madres, algunas solteras y otras casadas, en tres comunidades rurales alrededor de Colomi, Cochabamba. El Ing. Juan les enseña nuevas formas de cultivar alimentos nutritivos, especialmente dos leguminosas: habas (introducidas desde Europa hace siglos) y el tarwi (lupino, chocho o altramuz) nativo. El programa está en su tercer año.

El año pasado, el Ing. Juan ayudó a cada uno de los tres grupos de mujeres a sembrar una parcela de aprendizaje. Juan tenía dos nuevas ideas para mostrar: dos nuevas variedades de tarwi dulces que no tenían que ser remojados y lavados para quitar sus toxinas, y segundo, sembrar toda la parcela con tarwi. Anteriormente, las agricultores los sembraban en una sola fila alrededor del borde de la parcela de papas.

La parcela de aprendizaje es una idea que el ingeniero adoptó de su trabajo anterior con las escuelas de campo para agricultores. Las mujeres han disfrutado de las reuniones y han apreciado que el tarwi dulce se puede usar en recetas que serían imposibles con las variedades amargas. Las mujeres han hecho hamburguesas, sopas y han hervido los tarwis frescos para comer como arvejas. Las mujeres han recogido 18 recetas que Juan ha redactado.

Algunos maridos no están de acuerdo con el tiempo que las mujeres pasan en las reuniones, porque les distrae del trabajo agrícola. Algunas esposas han dejado de asistir. El Ing. Juan se dio cuenta de que para mantener a las mujeres en el grupo era importante que recibieran beneficios tangibles que pudieran mostrar al resto de la familia. Así que en esta última campaña, Juan les dio a cada mujer una arroba y media (unos 18 kilos) de semilla de haba, una nueva variedad de La Paz y dos o tres kilos de semilla de tarwi.

Juan mostró a cada grupo un video sobre altramuces, filmado en parte en Colomi, pero principalmente en Anzaldo, en otra provincia de Cochabamba, donde los agricultores ya cultivan tarwi en pequeñas parcelas, no solo alrededor del borde. Juan es un agrónomo hábil y perfectamente capaz de enseñar sobre el tarwi, pero probar nuevas variedades y plantarlas de una nueva manera requiere algo de inspiración adicional. Ver a agricultores reales en el video, cultivando tarwi exitosamente, les dio a las mujeres el aliento que necesitaban. Todas sembraron el tarwi que Juan les dio.

El Ing. Juan y yo conversamos con algunos de los productores de tarwi en la feria, que se realiza dos veces a la semana en Colomi, donde los agricultores vienen a vender sus productos y comprar comida y ropa. Muchas de las madres de los grupos son minoristas dos días a la semana, y agricultoras en los otros días.

Mientras ella cuida un puesto de granos y otras comidas secas, Marina explica que antes de conocer a Juan, algunos agricultores cultivaban el tarwi en parcelas enteras, pero lo sembraban en surcos a un metro de distancia. Las nuevas variedades son mucho más cortas y deben plantarse más cerca. El video mostró cómo hacer esto.

Reina Merino estaba desempacando sus paquetes de ropa en su pequeña tienda. Ella dijo que ahora las mujeres plantan tarwi “como papas”, es decir, en surcos, más cerca, y que ahora se toman la molestia de carpir (desmalezar) la cosecha. La carpida también fue una innovación. Previamente, el tarwi se sembraba y se dejaba hasta el momento de la cosecha.

Infelizmente, el trabajo duro de las mujeres no dio resultado. El año pasado, las lluvias se retrasaron y luego llovió demasiado. Algunas personas cosecharon la mitad del tarwi que estaban esperando; otras no cosechaban casi nada. Dado los decepcionantes resultados, le pregunté a Reina si plantaría tarwi de nuevo. “¡ Obvio que este año lo vamos a hacer otra vez!” dijo.

El Ing. Juan está convencido de que los videos fueron importantes. Él dice: “La mejor manera de ver una cosa nueva es el video. Abre el corazón del investigador rural.”

Él planifica mostrar el video del lupino nuevamente a todos sus grupos. Juan Almanza es un extensionista dedicado y respetado que usa el video como una de varias herramientas, junto con charlas, parcelas de aprendizaje y visitas a campos de agricultores. Se da cuenta de que mostrar el video por segunda vez reforzará lo que estas agricultoras ya han aprendido. Esperemos que el clima de este año acompañe sus esfuerzos.

Historias previas

Innovando en la cuna del tarwi

Mujeres unidas de Morochata

Agradecimiento

Nuestro trabajo en Bolivia es auspiciado por el CCRP (Programa Colaborativo para la Investigación de los Cultivos) de la Fundación McKnight. Juan Almanza trabaja para la Fundación Proinpa.

Inspiration from Bangladesh to Bolivia May 13th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

For years I have thought of farmer experiments as fundamentally different from scientific trials. Smallholders live from their harvest and after trying an innovation for a while can decide qualitatively if it is useful or not. For the scientists it’s the other way around; the data are the precious material they need to write their papers, while the harvested crop is irrelevant. The scientists need replicable results to show that an innovation will work in different places. But the farmers are less concerned if their results are replicable over a large area; they only want to know if an innovation is helpful in their own fields.

That’s what I thought, anyway, but this past week in La Paz, Bolivia I saw how farmers who work together may become more concerned about doing experiments with replicable results. I was with Prosuco, a small NGO that promotes farmer research. Agronomist Sonia Laura, their research coordinator, introduced me to eight farmer-experimenters from all over the northern Bolivian Altiplano. They had travelled for three or four hours from different points across this cold, arid landscape to meet us in El Alto, the sprawling new city growing on the high plains just above La Paz.

These farmer experimenters call themselves “yapuchiris”, an Aymara word that means master farmer. A network of 70 yapuchiris meets irregularly, exchanging information, conducting experiments and teaching their neighbors new ideas (such as making organic fertilizers, natural pesticides and soil conservation).

The day we met in El Alto we discussed future experiments the yapuchiris could do. The president of the group, Miguel Ortega, suggested working on earthworms. He had raised earthworms and used their humus for years to fertilize his greenhouse vegetables. The other yapuchiris were mildly interested, especially because some of them already raised earthworms. They talked about carrying out an experiment on earthworm humus, but were a little vague on what this would be.

Then Sonia played an Aymara-language version of a video on earthworms, filmed in Bangladesh. A year earlier, Sonia had given the yapuchiris a DVD with this and six other videos in Aymara, Spanish, and Quechua. Some yapuchiris had watched the videos and some had not. At home, don Miguel had watched the one on earthworms four times.

After watching the video together the group came alive, defining more clearly what they would do in their earthworm experiment. With don Miguel taking the lead, they first agreed to standardize the types and amounts of food they would give their earthworms, so that the results would be replicable. In the video, Bangladeshi women had measured their materials in small baskets. On the Altiplano, most people have a 12-liter bucket, which Miguel suggested that they use instead of the basket.

Miguel said that the objective of the experiment was to get humus in one month. In his own, previous experience, it could take four months to get humus, and he wanted to speed up the process.

The video suggested mixing cow dung with chopped up banana stems, which are unavailable on the frigid Altiplano. The group kind of got stuck there. Sometimes a little outside facilitation can be useful. I helped them make a quick list of the plant materials they did have, including potato tops—stems and leaves normally discarded after harvest—and various kinds of straw.

That was enough to set the group thinking about how to adapt Bangladeshi techniques to Bolivian conditions. Don Miguel seized the lead again and asked each member of the group if they had potato tops. Only two others did, so he then asked how many had green barley straw. They all did, so they decided that each yapuchiri would make his or her earthworm trial at home with two layers of dung and two layers of barley straw.

The video shows making a home for worms in a cement ring, with a floor of sand, broken brick and earth. Even though the yapuchiris had just seen the video, they couldn’t quite recall all of the materials, their order and thickness of each layer. So we watched parts of the video again.

Again, the yapuchiris adapted. They didn’t have broken brick, so they decided to use small stones instead, to make an earthworm habitat of sand, with a layer of rock on top, followed by earth, straw, manure, a second layer of straw and a final top layer of manure. One advantage of a video is that farmer-experimenters can review it to recall specific details.

One yapuchiri, don Constantino, offered to bring a starter supply of earthworms to their next meeting, so they could all set up their experiments.

These yapuchiris have had a lot of contact with researchers. They were essentially organizing themselves so that each one of them would conduct a replica of a standardized experiment. They all live far from each other and they understand that each yapuchiri lives in a different environment, so they decided to take that into account. They agreed to measure the pH of the water (they have pH paper to do that) and the temperature, which will help later in understanding any differences that could be due to these independent experimental variables.

The yapuchiris need replicable results if they are going to share innovations with others. By collaborating with researches, the yapuchiris are learning the advantages of the scientific method.

The Bangladeshi earthworm video was filmed at sea level, about as far away as one can get from the Bolivian Altiplano (at about 4000 meters). Yet these yapuchiris found inspiration in what they saw and they said that the worm techniques in the video were simpler and more practical than others that they had been taught. This is a direct benefit of sharing knowledge and experience from farmer-to-farmer. Farmers who use an innovation for a few years will simplify it, validate it, and make it practical for other farmers to try, even if those farmers live on other continents.

Further viewing

You can watch the earthworm video in Aymara, English and several other languages at www.accessagriculture.org.

Acknowledgements

Our work in Bolivia is funded by the McKnight Foundation’s CCRP (Collaborative Crop Research Program). Thanks to Sonia Laura, of Prosuco, for sharing various insights with me.

INSPIRACIÓN DE BANGLADESH A BOLIVIA

Por Jeff Bentley, 13 de mayo del 2018

Por años he pensado que los experimentos de los agricultores eran fundamentalmente diferentes de los ensayos científicos. Los campesinos viven de su cosecha y al probar una innovación por un tiempo pueden decidir cualitativamente si sirve o no. Para los científicos es al revés; los datos son el material precioso que necesitan para escribir sus publicaciones, mientras que el cultivo cosechado es irrelevante. Los científicos necesitan resultados replicables para mostrar que una innovación funcionará en diferentes lugares. Pero a los campesinos les importa menos si sus resultados son replicables en un área grande; solo quieren saber si una innovación es útil en sus propias parcelas.

Por lo menos así pensaba yo, pero esta semana pasada en La Paz, Bolivia, vi cómo los agricultores que trabajan juntos pueden interesarse más por hacer experimentos con resultados replicables. Estuve con Prosuco, una pequeña ONG que promueve la investigación de agricultores. La Ing. Sonia Laura, su coordinadora de investigación, me presentó a ocho agricultores experimentadores de todo el Altiplano boliviano. Habían viajado durante tres o cuatro horas desde distintos puntos a través de este frío y árido paisaje para encontrarse con nosotros en El Alto, la nueva ciudad dinámica que crece en las llanuras arriba de La Paz.

Estos agricultores experimentadores se llaman “yapuchiris”, una palabra aymara que significa agricultor experto. Una red de 70 yapuchiris se reúne irregularmente, intercambiando información, realizando experimentos y enseñando a sus vecinos nuevas ideas (como hacer fertilizantes orgánicos, plaguicidas naturales y la conservación del suelo).

El día que nos encontramos en El Alto discutimos algunos experimentos futuros que los yapuchiris podrían hacer. El presidente del grupo, Miguel Ortega, sugirió trabajar con las lombrices de tierra. Él había criado lombrices de tierra, usando su humus durante años para fertilizar sus hortalizas de carpa solar (invernadero). Los otros yapuchiris estaban algo interesados, especialmente porque algunos de ellos ya habían criado lombrices. Hablaron de llevar a cabo un experimento sobre eñ lombrihumus, sin especificar mucho cómo hacerlo.

Luego Sonia tocó una versión en idioma aymara de un video sobre lombrices de tierra, filmado en Bangladesh. El año anterior, Sonia les había dado a los yapuchiris un DVD con este y otros seis videos en aymara, español y quechua. Algunos yapuchiris habían visto los videos y otros no. En casa, don Miguel había visto el de las lombrices cuatro veces.

Después de ver el video juntos, el grupo cobró vida, definiendo más claramente lo que harían en su experimento con las lombrices. Con don Miguel tomando la iniciativa, primero acordaron estandarizar los tipos y cantidades de alimentos que darían a sus lombrices, para que los resultados fueran replicables. En el video, las mujeres bangladesíes habían medido sus materiales en pequeñas canastas. En el Altiplano, la gente tiene un balde de 12 litros, que Miguel sugirió usar en lugar de la canasta.

Don Miguel dijo que el objetivo del experimento era obtener humus en un mes. En su propia experiencia previa, podría tomar cuatro meses obtener humus, y quería acelerar el proceso.

El video sugirió mezclar bosta (estiércol) de vaca con tallos de banana picados, que no están disponibles en el frígido Altiplano. El grupo se estancó allí. A veces, un poquito de facilitación externa puede ser útil. Los ayudé a hacer una lista rápida de los materiales vegetales que tenían, incluidas las hojas y tallos de las papas, y varios tipos de paja.

Eso fue suficiente para que el grupo pensara en cómo adaptar las técnicas de Bangladesh a las condiciones bolivianas. Don Miguel volvió a tomar la iniciativa y preguntó a cada miembro del grupo si tenían hojas de papa. Solo otros dos las tenían, entonces él preguntó cuántos tenían paja verde de cebada. Todos la tenían, por lo que decidieron que cada yapuchiri haría su prueba de lombriz en casa con dos capas de estiércol y dos capas de paja de cebada.

El video muestra cómo hacer un hogar para las lombrices en una argolla de cemento, con un piso de arena, ladrillo quebrado y tierra. Aunque los yapuchiris acababan de ver el video, no podían recordar todos los materiales, el orden y el grosor de cada capa. Así que vimos partes del video nuevamente.

De nuevo, los yapuchiris se adaptaron. No tenían ladrillos quebrados, entonces decidieron usar piedras pequeñas para crear un hábitat de arena, con una capa de piedritas, seguida de tierra, paja, estiércol, una segunda capa de paja y una capa superior de estiércol. Una ventaja de un video es que los agricultores-experimentadores pueden revisarlo para acordarse de detalles específicos.

Uno de los yapuchiris, don Constantino, se ofreció a traer algunas lombrices para la próxima reunión, para que todos pudieran empezar sus experimentos.

Estos yapuchiris han tenido mucho contacto con los investigadores. Se organizaban esencialmente para que cada uno de ellos llevara a cabo una réplica de un experimento estandarizado. Todos viven lejos el uno del otro y entienden que cada yapuchiri vive en un ambiente diferente, por lo que decidieron tomar eso en cuenta. Acordaron medir el pH del agua (tienen papel de pH para hacer eso) y la temperatura, lo que ayudará luego a comprender las diferencias que son como variables experimentales independientes.

Los yapuchiris necesitan resultados replicables si van a compartir innovaciones con otros. Al colaborar con las investigaciones, los yapuchiris están aprendiendo las ventajas del método científico.

El video de la lombriz de tierra de Bangladesh fue filmado a nivel del mar, lo más lejos que se puede llegar desde el Altiplano boliviano (a unos 4000 metros sobre el nivel de mar). Sin embargo, estos yapuchiris encontraron inspiración en lo que vieron y dijeron que las técnicas de lombricultura en el video eran más simples y más prácticas que otras que les habían enseñado. Este es un beneficio directo de compartir conocimiento y experiencia de agricultor a agricultor. Los campesinos que usan una innovación durante algunos años lo simplifican, lo validan y lo vuelven práctico para que otros agricultores lo prueben, incluso si esos agricultores viven en otros continentes.

Para ver más

Se puede ver los videos sobre la lombriz de tierra en aymara, español y varios otros idiomas en www.accessagriculture.org.

Agradecimientos

Nuestro trabajo en Bolivia es auspiciado por el CCRP (Programa Colaborativo para la Investigación de los Cultivos) de la Fundación McKnight. Gracias a Sonia Laura por compartir varias percepciones conmigo.

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