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Making a lighter dryer June 10th, 2018 by

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Fundación Valles, an NGO in Bolivia that does agricultural research and development, has developed a peanut dryer that uses sunlight to help prevent groundnuts from developing the molds that produce deadly aflatoxins. The prototype model had an A-shaped metal frame, raised off the ground, and was covered in a special type of light yellow plastic sheeting known as agrofilm, able to withstand long exposure to sunshine. The dryer kept out water, and with air flowing in from the ends of the dryer, the peanuts could dry even on rainy days.

Two years ago, in Chuquisaca Fundación Valles worked with farmers to develop cheaper versions of the dryer, making the A-shaped frames from wooden poles, instead of metal, and began distributing large sheets of agrofilm, 2 by 12-meters, for which farmers paid $14, half the original cost. Fundación Valles encouraged the farmers to continue adapting the original design of the dryer. In May 2018 I visited some of these farmers together with agronomists Walter Fuentes and Rolando Rejas of Fundación Valles, to find out what had happened.

When Augusto Cuba, in Achiras, received the agrofilm from Fundación Valles in 2016, he did not put it to immediate use. The weather was dry during several harvests, but during the rainy days during the peanut harvest in May, 2018, don Augusto put the agrofilm to the test. He took a plastic tarp to his field and laid it on the ground. He covered it with freshly harvested groundnuts, cut the agrofilm in half, and then placed the six meter length on top.

Don Augusto ignored the basic design of the dryer. He didn’t want to go to all of the trouble of cutting poles and building the raised platform of wooden poles. His design was much simpler and portable: as he worked in the field he could remove the agrofilm when the sun came out, and put it back when it started to drizzle again. The main disadvantage, however, was that the air did not flow over the covered nuts; humidity could build up, allowing mold to develop.

The original tent-like dryer has several limitations. It is expensive, and as don Augusto pointed out to us, it is a lot of work to make one from wood. At harvest, peanuts are heavy with moisture. The pods lose about half their weight when dried. So farmers dry their peanuts in the field, and sleep there for several nights to protect the harvest from hungry animals. A solar dryer must be carried to the field, yet these may be up to an hours’ walk from home and involve climbing up and down steep slopes. Farmers who are using the original solar dryer, as designed by Fundación Valles, are those who have their fields close to home. Yet even taking a simple tarp to the harvesting site would be an improvement over drying the pods on the bare ground.

Later I had a chance to discuss don Augusto’s method for drying peanuts with Miguel Florido, an agronomist with Fundación Valles, and with Mario Arázola, the leader of APROMANI (a peanut farmers’ association). They were concerned that don Augusto´s design would trap in too much moisture, especially if it was misty all day and the farmer never had a chance to remove the agrofilm. We agreed that a dryer had to have a few simple agronomic criteria; it had to keep out the rain, keep the groundnuts off the ground, and let air flow through.

After discussing don Augusto’s case, we agreed that a dryer also has to meet some of the farmers’ criteria: it has to be cheap, portable and able to handle large volumes of peanuts, while keeping them out of the rain.

Aflatoxin contamination is a serious problem worldwide, and while it can be addressed, inventing a simple technology is hard work. Researchers start with a problem and some ideas to solve it, like air flow and keeping peanuts dry. But it is only after offering farmers a prototype that researchers can see the farmers’ demands. For example, designing a stationary dryer helps researchers to see that farmers need a portable one. Making and using a small dryer in the field highlights the need for a larger one. These types of demands only emerge over time, as in having a long, slow conversation, but one that is worth having.

HACER UN SECADOR MÁS LIGERO

Por Jeff Bentley, 10 de junio del 2018

Fundación Valles, una ONG en Bolivia dedicada a la investigación y el desarrollo agrícola, ha desarrollado un secador de maní que usa la luz solar para ayudar a evitar que los maníes (cacahuates) desarrollen los mohos que producen aflatoxinas mortales. El modelo prototipo tenía un armazón de metal en forma de A, levantado del suelo, y estaba cubierto con un tipo especial de lámina de plástico amarillo claro conocida como agrofilm, capaz de soportar la exposición prolongada al sol. El secador no dejaba pasar el agua, y con el aire que entraba desde los extremos del secador, los maníes podrían secarse hasta en días lluviosos.

Hace dos años, en Chuquisaca, la Fundación Valles trabajó con los agricultores para desarrollar versiones más baratas del secador, haciendo los marcos en forma de A de postes de madera, en lugar de metal, y comenzó a distribuir grandes láminas de agrofilm, de 2 por 12 metros, para lo cual los agricultores pagaban $14, la mitad del costo original. La Fundación Valles alentó a los agricultores a seguir adaptando el diseño original del secador. En mayo de 2018 visité a algunos de estos agricultores junto con los agrónomos Walter Fuentes y Rolando Rejas de la Fundación Valles, para averiguar qué había pasado.

Cuando Augusto Cuba, en Achiras, recibió el agrofilm de la Fundación Valles en 2016, no lo puso en uso de una vez. No hacía falta porque hacía sol durante varias cosechas, pero cuando los días lluviosos durante la cosecha de maní en mayo del 2018, don Augusto puso a prueba el agrofilm. Él llevó una lona de plástico a su parcela y la puso en el suelo. Lo cubrió con maní recién cosechado, cortó el agrofilm por la mitad y lo colocó sobre su cosecha.

Don Augusto no copió el diseño básico del secador. No quería tomarse la molestia de cortar postes y construir la plataforma elevada de postes de madera. Su diseño era mucho más simple y portátil: mientras trabajaba en el campo, podía quitar el agrofilm cuando salía el sol y volver a colocarlo cuando comenzaba a lloviznar nuevamente. La principal desventaja, sin embargo, era que el aire no fluía sobre el maní cubierto; la humedad podría acumularse, posiblemente permitiendo que se forme el moho.

El secador original en forma de carpa tiene varias limitaciones. Es caro, y como nos señaló don Augusto, es mucho trabajo hacer uno con madera. En la cosecha, los maníes son pesados con la humedad. Las vainas pierden más o menos la mitad de su peso en el secado. Entonces los agricultores secan su maní en el campo y duermen allí varias noches para proteger la cosecha de los animales hambrientos. Un secador solar debe llevarse al campo, aunque puede tardar hasta una hora a pie desde su casa e implica subir y bajar pendientes fuertes. Los agricultores que sí usan el secador solar original, tal como lo diseñó Fundación Valles, son aquellos que tienen sus campos cerca de la casa. Sin embargo, incluso llevar una lona simple al sitio de cosecha sería mejor que secar las vainas sobre el puro suelo.

Más tarde tuve la oportunidad de discutir el secador de don Augusto con Miguel Florido, un agrónomo de la Fundación Valles, y con Mario Arázola, el líder de APROMANI (una asociación de agricultores de maní). Les preocupaba que el diseño de don Augusto atrapara demasiada humedad, especialmente si estaba nublado todo el día y el agricultor no podía quitar el agrofilm. Acordamos que un secador debía tener unos pocos criterios agronómicos simples; debía proteger el producto de la lluvia, evitar contacto entre el suelo y los maníes y dejar que el aire fluyera.

Después de discutir el caso de don Augusto, acordamos que un secador también debe cumplir con algunos de los criterios de los agricultores: tiene que ser barato, portátil y capaz de manejar grandes cantidades de maní, mientras los mantiene fuera de la lluvia.

La contaminación por aflatoxinas es un problema serio en todo el mundo, y aunque se puede solucionar, inventar una tecnología simple es un trabajo duro. Los investigadores comienzan con un problema y algunas ideas para resolverlo, como el flujo de aire y el maní seco. Pero es solo después de ofrecer a los agricultores un prototipo que los investigadores pueden ver las demandas de los agricultores. Por ejemplo, diseñar un secador estacionario ayuda a los investigadores a ver que los agricultores necesitan uno portátil. Hacer y usar un pequeño secador en el campo resalta la necesidad de un más grande. Este tipo de demandas solo surgen con el tiempo, como en una conversación larga y lenta, pero que vale la pena tener.

Inspiration from Bangladesh to Bolivia May 13th, 2018 by

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For years I have thought of farmer experiments as fundamentally different from scientific trials. Smallholders live from their harvest and after trying an innovation for a while can decide qualitatively if it is useful or not. For the scientists it’s the other way around; the data are the precious material they need to write their papers, while the harvested crop is irrelevant. The scientists need replicable results to show that an innovation will work in different places. But the farmers are less concerned if their results are replicable over a large area; they only want to know if an innovation is helpful in their own fields.

That’s what I thought, anyway, but this past week in La Paz, Bolivia I saw how farmers who work together may become more concerned about doing experiments with replicable results. I was with Prosuco, a small NGO that promotes farmer research. Agronomist Sonia Laura, their research coordinator, introduced me to eight farmer-experimenters from all over the northern Bolivian Altiplano. They had travelled for three or four hours from different points across this cold, arid landscape to meet us in El Alto, the sprawling new city growing on the high plains just above La Paz.

These farmer experimenters call themselves “yapuchiris”, an Aymara word that means master farmer. A network of 70 yapuchiris meets irregularly, exchanging information, conducting experiments and teaching their neighbors new ideas (such as making organic fertilizers, natural pesticides and soil conservation).

The day we met in El Alto we discussed future experiments the yapuchiris could do. The president of the group, Miguel Ortega, suggested working on earthworms. He had raised earthworms and used their humus for years to fertilize his greenhouse vegetables. The other yapuchiris were mildly interested, especially because some of them already raised earthworms. They talked about carrying out an experiment on earthworm humus, but were a little vague on what this would be.

Then Sonia played an Aymara-language version of a video on earthworms, filmed in Bangladesh. A year earlier, Sonia had given the yapuchiris a DVD with this and six other videos in Aymara, Spanish, and Quechua. Some yapuchiris had watched the videos and some had not. At home, don Miguel had watched the one on earthworms four times.

After watching the video together the group came alive, defining more clearly what they would do in their earthworm experiment. With don Miguel taking the lead, they first agreed to standardize the types and amounts of food they would give their earthworms, so that the results would be replicable. In the video, Bangladeshi women had measured their materials in small baskets. On the Altiplano, most people have a 12-liter bucket, which Miguel suggested that they use instead of the basket.

Miguel said that the objective of the experiment was to get humus in one month. In his own, previous experience, it could take four months to get humus, and he wanted to speed up the process.

The video suggested mixing cow dung with chopped up banana stems, which are unavailable on the frigid Altiplano. The group kind of got stuck there. Sometimes a little outside facilitation can be useful. I helped them make a quick list of the plant materials they did have, including potato tops—stems and leaves normally discarded after harvest—and various kinds of straw.

That was enough to set the group thinking about how to adapt Bangladeshi techniques to Bolivian conditions. Don Miguel seized the lead again and asked each member of the group if they had potato tops. Only two others did, so he then asked how many had green barley straw. They all did, so they decided that each yapuchiri would make his or her earthworm trial at home with two layers of dung and two layers of barley straw.

The video shows making a home for worms in a cement ring, with a floor of sand, broken brick and earth. Even though the yapuchiris had just seen the video, they couldn’t quite recall all of the materials, their order and thickness of each layer. So we watched parts of the video again.

Again, the yapuchiris adapted. They didn’t have broken brick, so they decided to use small stones instead, to make an earthworm habitat of sand, with a layer of rock on top, followed by earth, straw, manure, a second layer of straw and a final top layer of manure. One advantage of a video is that farmer-experimenters can review it to recall specific details.

One yapuchiri, don Constantino, offered to bring a starter supply of earthworms to their next meeting, so they could all set up their experiments.

These yapuchiris have had a lot of contact with researchers. They were essentially organizing themselves so that each one of them would conduct a replica of a standardized experiment. They all live far from each other and they understand that each yapuchiri lives in a different environment, so they decided to take that into account. They agreed to measure the pH of the water (they have pH paper to do that) and the temperature, which will help later in understanding any differences that could be due to these independent experimental variables.

The yapuchiris need replicable results if they are going to share innovations with others. By collaborating with researches, the yapuchiris are learning the advantages of the scientific method.

The Bangladeshi earthworm video was filmed at sea level, about as far away as one can get from the Bolivian Altiplano (at about 4000 meters). Yet these yapuchiris found inspiration in what they saw and they said that the worm techniques in the video were simpler and more practical than others that they had been taught. This is a direct benefit of sharing knowledge and experience from farmer-to-farmer. Farmers who use an innovation for a few years will simplify it, validate it, and make it practical for other farmers to try, even if those farmers live on other continents.

Further viewing

You can watch the earthworm video in Aymara, English and several other languages at www.accessagriculture.org.

Acknowledgements

Our work in Bolivia is funded by the McKnight Foundation’s CCRP (Collaborative Crop Research Program). Thanks to Sonia Laura, of Prosuco, for sharing various insights with me.

INSPIRACIÓN DE BANGLADESH A BOLIVIA

Por Jeff Bentley, 13 de mayo del 2018

Por años he pensado que los experimentos de los agricultores eran fundamentalmente diferentes de los ensayos científicos. Los campesinos viven de su cosecha y al probar una innovación por un tiempo pueden decidir cualitativamente si sirve o no. Para los científicos es al revés; los datos son el material precioso que necesitan para escribir sus publicaciones, mientras que el cultivo cosechado es irrelevante. Los científicos necesitan resultados replicables para mostrar que una innovación funcionará en diferentes lugares. Pero a los campesinos les importa menos si sus resultados son replicables en un área grande; solo quieren saber si una innovación es útil en sus propias parcelas.

Por lo menos así pensaba yo, pero esta semana pasada en La Paz, Bolivia, vi cómo los agricultores que trabajan juntos pueden interesarse más por hacer experimentos con resultados replicables. Estuve con Prosuco, una pequeña ONG que promueve la investigación de agricultores. La Ing. Sonia Laura, su coordinadora de investigación, me presentó a ocho agricultores experimentadores de todo el Altiplano boliviano. Habían viajado durante tres o cuatro horas desde distintos puntos a través de este frío y árido paisaje para encontrarse con nosotros en El Alto, la nueva ciudad dinámica que crece en las llanuras arriba de La Paz.

Estos agricultores experimentadores se llaman “yapuchiris”, una palabra aymara que significa agricultor experto. Una red de 70 yapuchiris se reúne irregularmente, intercambiando información, realizando experimentos y enseñando a sus vecinos nuevas ideas (como hacer fertilizantes orgánicos, plaguicidas naturales y la conservación del suelo).

El día que nos encontramos en El Alto discutimos algunos experimentos futuros que los yapuchiris podrían hacer. El presidente del grupo, Miguel Ortega, sugirió trabajar con las lombrices de tierra. Él había criado lombrices de tierra, usando su humus durante años para fertilizar sus hortalizas de carpa solar (invernadero). Los otros yapuchiris estaban algo interesados, especialmente porque algunos de ellos ya habían criado lombrices. Hablaron de llevar a cabo un experimento sobre eñ lombrihumus, sin especificar mucho cómo hacerlo.

Luego Sonia tocó una versión en idioma aymara de un video sobre lombrices de tierra, filmado en Bangladesh. El año anterior, Sonia les había dado a los yapuchiris un DVD con este y otros seis videos en aymara, español y quechua. Algunos yapuchiris habían visto los videos y otros no. En casa, don Miguel había visto el de las lombrices cuatro veces.

Después de ver el video juntos, el grupo cobró vida, definiendo más claramente lo que harían en su experimento con las lombrices. Con don Miguel tomando la iniciativa, primero acordaron estandarizar los tipos y cantidades de alimentos que darían a sus lombrices, para que los resultados fueran replicables. En el video, las mujeres bangladesíes habían medido sus materiales en pequeñas canastas. En el Altiplano, la gente tiene un balde de 12 litros, que Miguel sugirió usar en lugar de la canasta.

Don Miguel dijo que el objetivo del experimento era obtener humus en un mes. En su propia experiencia previa, podría tomar cuatro meses obtener humus, y quería acelerar el proceso.

El video sugirió mezclar bosta (estiércol) de vaca con tallos de banana picados, que no están disponibles en el frígido Altiplano. El grupo se estancó allí. A veces, un poquito de facilitación externa puede ser útil. Los ayudé a hacer una lista rápida de los materiales vegetales que tenían, incluidas las hojas y tallos de las papas, y varios tipos de paja.

Eso fue suficiente para que el grupo pensara en cómo adaptar las técnicas de Bangladesh a las condiciones bolivianas. Don Miguel volvió a tomar la iniciativa y preguntó a cada miembro del grupo si tenían hojas de papa. Solo otros dos las tenían, entonces él preguntó cuántos tenían paja verde de cebada. Todos la tenían, por lo que decidieron que cada yapuchiri haría su prueba de lombriz en casa con dos capas de estiércol y dos capas de paja de cebada.

El video muestra cómo hacer un hogar para las lombrices en una argolla de cemento, con un piso de arena, ladrillo quebrado y tierra. Aunque los yapuchiris acababan de ver el video, no podían recordar todos los materiales, el orden y el grosor de cada capa. Así que vimos partes del video nuevamente.

De nuevo, los yapuchiris se adaptaron. No tenían ladrillos quebrados, entonces decidieron usar piedras pequeñas para crear un hábitat de arena, con una capa de piedritas, seguida de tierra, paja, estiércol, una segunda capa de paja y una capa superior de estiércol. Una ventaja de un video es que los agricultores-experimentadores pueden revisarlo para acordarse de detalles específicos.

Uno de los yapuchiris, don Constantino, se ofreció a traer algunas lombrices para la próxima reunión, para que todos pudieran empezar sus experimentos.

Estos yapuchiris han tenido mucho contacto con los investigadores. Se organizaban esencialmente para que cada uno de ellos llevara a cabo una réplica de un experimento estandarizado. Todos viven lejos el uno del otro y entienden que cada yapuchiri vive en un ambiente diferente, por lo que decidieron tomar eso en cuenta. Acordaron medir el pH del agua (tienen papel de pH para hacer eso) y la temperatura, lo que ayudará luego a comprender las diferencias que son como variables experimentales independientes.

Los yapuchiris necesitan resultados replicables si van a compartir innovaciones con otros. Al colaborar con las investigaciones, los yapuchiris están aprendiendo las ventajas del método científico.

El video de la lombriz de tierra de Bangladesh fue filmado a nivel del mar, lo más lejos que se puede llegar desde el Altiplano boliviano (a unos 4000 metros sobre el nivel de mar). Sin embargo, estos yapuchiris encontraron inspiración en lo que vieron y dijeron que las técnicas de lombricultura en el video eran más simples y más prácticas que otras que les habían enseñado. Este es un beneficio directo de compartir conocimiento y experiencia de agricultor a agricultor. Los campesinos que usan una innovación durante algunos años lo simplifican, lo validan y lo vuelven práctico para que otros agricultores lo prueben, incluso si esos agricultores viven en otros continentes.

Para ver más

Se puede ver los videos sobre la lombriz de tierra en aymara, español y varios otros idiomas en www.accessagriculture.org.

Agradecimientos

Nuestro trabajo en Bolivia es auspiciado por el CCRP (Programa Colaborativo para la Investigación de los Cultivos) de la Fundación McKnight. Gracias a Sonia Laura por compartir varias percepciones conmigo.

United women of Morochata May 6th, 2018 by

Vea la versión en español a continuación

The success of a woman’s group depends in large part on the quality of leadership, as I saw this last week in Morochata, a highland municipality in the Bolivian Andes. My agronomist friend Rhimer Gonzales had organized women’s groups in two neighboring villages. One group was largely inactive, while the one in the village of Piusilla was going strong.

Rhimer phoned Juliana García, the president of the women’s group of Piusilla, to arrange a meeting. Rhimer had some group business to discuss, and he was going to help me ask some follow up questions about videos. The previous year, the women had received DVDs with seven videos on soil conservation and I wanted to learn what the women had done with the information. Doña Juliana was not at home, and the women in her group were busy, but she said that if we came back at 8:30 that evening she would have at least some of the women at her house.

By 8 o’clock in the evening it was dark and raining hard. At 3350 meters above sea level it gets cold when it rains, and it’s miserable to get wet. Rhimer and I were sure that no one would come to the meeting, but still we wanted to try.

We were surprised when we got to doña Juliana’s house to see about half of the women’s group there. Doña Juliana had taken the time (and spent money) to ring the women up, and had then built a warm fire to welcome them. They soon invited me to ask my questions. The videos included one that Agro-Insight made last year on lupins, edible Andean legumes that improve the soil.

The women said that they had seen two videos with Rhimer at one of their meetings. Afterwards, the women arranged to watch the videos again, by themselves, because they are looking for ways to improve their income, for example by growing lupins and broad beans. They also want to consolidate their position as a women’s group within the sindicato, the local organization that represents and leads the community, but which is made up mainly of men.

Besides the lupin video, they had watched one from Vietnam about making live barriers on steep hillsides to conserve the soil. They recalled, accurately, that the video showed how to measure rows to plant the grass, which had to be transplanted in small clumps or cuttings.

When we asked if they had tried any of the ideas from the video, doña Juliana said that she had learned how to select her seed. One of the key ideas from the lupin video is to remove the small and unhealthy grains, and only plant the best ones for a better harvest. Doña Juliana was impressed by the little hand screen she had seen in the video, to sort the grains by size, but she didn’t have a screen. Instead, she just sorted the seed by hand, a practice which is also shown in the video. It is important to give people different options.

She has planted the seed and now the crop is flowering. Doña Juliana is impressed that by selecting her lupin seed, the plants are bigger and healthier than in previous years.

Rhimer and I asked how many of the other women in the group had selected seed too. One of them decided it was time for some comic relief. She said “My husband just grabbed some of the lupine grains in the bag and scattered them, and they are doing just fine.”

All of the women laughed, including doña Juliana, but then she reminded them: “You have all seen how to select seed and you know how to do it. So you should all try it.”

Leadership matters. In time, these women will notice the difference in yield between selected and unselected seed. It usually takes a while for a whole community to adopt an innovation. A useful step is to have one of the leaders adopt and share her experience.

Many of the women are shy, but not doña Juliana. As we are leaving she gave me a firm handshake and said: “Next time come in the daytime, and we’ll all have boiled potatoes!” I have little doubt that when doña Juliana harvests her lupins she will share her experience with the group. Triggering innovation is like growing a crop: it requires someone to plant the seed. The videos do exactly that: give farmers ideas to try out new things. And by leaving DVDs in communities you give people the chance to learn at their convenience.

Watch videos

Growing lupin without disease is available in English, French, Spanish, Ayamara and Quechua.

Grass strips against soil erosion is available in 10 languages, including Spanish, Ayamara and Quechua

More training videos can be viewed and downloaded from www.accessagriculture.org

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Crop with an attitude

Acknowledgements

Our work in Bolivia is funded by the McKnight Foundation’s CCRP (Collaborative Crop Research Program). Rhimer Gonzales works for the Proinpa Foundation, where he helps to implement the Biocultura Project, which is funded by SDC (Swiss Cooperation).

LAS MUJERES UNIDAS DE MOROCHATA

Por Jeff Bentley, 6 de mayo del 2018

El éxito de un grupo de mujeres depende en gran medida de la calidad del liderazgo, como lo vi la semana pasada en Morochata, un municipio en los altos Andes bolivianos. Mi amigo, el ingeniero agrónomo Rhimer Gonzales, había organizado grupos de mujeres en dos comunidades vecinos. Un grupo estaba en gran parte inactivo, mientras que el de la comunidad de Piusilla estaba fuerte.

Rhimer llamó a Juliana García, la presidenta del grupo de mujeres de Piusilla, para concertar una reunión. Rhimer tenía algunos asuntos del grupo para discutir, y me iba a ayudar a hacer algunas preguntas de seguimiento sobre los videos. El año anterior, las mujeres habían recibido DVDs con siete videos sobre la conservación del suelo y yo quería saber cómo habían respondido ellas a la información. Doña Juliana no estaba en casa, y las mujeres de su grupo estaban ocupadas, pero dijo que si volvíamos a las 8:30 esa noche ella tendría al menos algunas de las mujeres en su casa.

A las 8 de la noche estaba oscuro y llovía fuerte. A los 3350 metros sobre el nivel del mar hace frío cuando llueve, y es miserable mojarse. Rhimer y yo estábamos seguros de que nadie vendría a la reunión, pero aun así queríamos intentarlo.

Nos sorprendimos cuando llegamos a la casa de doña Juliana para ver reunido la mitad del grupo de mujeres. Doña Juliana se había tomado el tiempo (y gastado dinero) para llamar a las mujeres, y luego había encendido un fuego caliente para darles la bienvenida. Pronto me invitaron a hacer mis preguntas. Los videos incluyen uno que Agro-Insight hizo el año pasado sobre el tarwi (lupino, chocho, o altramuz), una leguminosa andina comestible que mejora el suelo.

Las mujeres contaron que habían visto dos videos con Rhimer en una de sus reuniones. Luego, las mujeres se organizaron para ver los videos de nuevo, por su cuenta, porque ellas buscan opciones para mejorar sus ingresos, por ejemplo produciendo tarwi y habas. Además quieren consolidar su posición como grupo de mujeres dentro del sindicato, la organización popular que representa y lidera a la comunidad, que es conformado principalmente por hombres.

Además del video de lupinos, habían visto uno de Vietnam sobre el hacer barreras vivas en laderas para conservar el suelo. Recordaron, con precisión, que el video mostraba cómo medir las filas para plantar el pasto, que se tenía que trasplantar en matoncitos.

Cuando les preguntamos si habían probado algunas de las ideas del video, doña Juliana dijo que había aprendido a seleccionar su semilla. Una de las ideas clave del video de lupinos es eliminar los granos pequeños y enfermos, y solo sembrar los mejores para una mejor cosecha. Doña Juliana quedó impresionada por la pequeña zaranda de mano que había visto en el video, para separar los granos por tamaño, pero ella no tenía zaranda. En cambio, ella simplemente seleccionó la semilla a mano, una práctica que también se muestra en el video. Es importante dar varias opciones a la gente.

Ella ha plantado la semilla y ahora la cosecha está floreciendo. Doña Juliana está impresionada de que al seleccionar su semilla de lupino, las plantas son más grandes y más saludables que en años anteriores.

Rhimer y yo preguntamos cuántas de las otras mujeres en el grupo también habían seleccionado semillas. Una de ellas decidió que era hora para un poco de alivio cómico. Ella dijo: “Mi marido solamente agarró algunos granos de lupino del bulto y los lanzó, y están creciendo bien.”

Todas las mujeres se rieron, incluida doña Juliana, pero luego les recordó: “Todas han visto cómo seleccionar semillas y saben cómo hacerlo”. Entonces todos deberían intentarlo.”

El liderazgo sí importa. Con el tiempo, estas mujeres se fijarán en la diferencia en el rendimiento entre las semillas seleccionadas y las otras. Por lo general, toma tiempo para que toda una comunidad adopte una innovación. Un paso útil es lograr que una de las líderes adopte y comparta su experiencia.

Muchas de las mujeres son tímidas, pero no doña Juliana. Cuando partimos, me dio un firme apretón de manos y dijo: “¡La próxima vez venga de día, y todos comeremos papas cocidas!” me queda poca duda de que cuando doña Juliana coseche sus lupinos, compartirá su experiencia con el grupo. Desencadenar la innovación es como cultivar un cultivo: requiere que alguien siembre la semilla. Los videos hacen exactamente eso: dan ideas a las agricultoras para que pruben cosas nuevas. Y al dejar los DVD en las comunidades, la gente tiene la oportunidad de aprender a su conveniencia.

Ver los videos

Producir tarwi sin enfermedad está disponible en español, inglés, francés, ayamara y quechua.

Barreras vivas contra la erosión del suelo está disponible en 10 idiomas, incluso español, ayamara y quechua.

Se puede ver y bajar más videos informativos de www.accessagriculture.org

Una historia previa

Cultivo con carácter fuerte

Agradecimientos

Nuestro trabajo en Bolivia es auspiciado por el CCRP (Programa Colaborativo para la Investigación de los Cultivos) de la Fundación McKnight. Rhimer Gonzales trabaja para la Fundación Proinpa, donde él ayuda a implementar el Proyecto Biocultura, el cual es financiado por COSUDE (Cooperación Suiza).

Marketing something nice April 15th, 2018 by

vea la versión en español a continuación

I’ve always been impressed by the way Bolivians adapt creatively to new situations. The other day Ana and I went to a farmers’ fair in the small town of Colcapirhua, near Cochabamba. The fair was due to be held in the charming main square of the town. Paved in flagstones, closed to through traffic and with steps leading up to a small church it would have been a delightful venue. But local townspeople were already there, angrily but peacefully protesting about alleged corruption in their town council.

The protesters were there to stay, so the farmers moved their fair two blocks south, where they strung out their stands on an empty side lane along the main highway between Cochabamba and La Paz. It was less picturesque, but there were more potential customers passing by.

The farmers selling goods represented organized groups from all regions of Bolivia. The fair was actually part of the annual meeting of the National Soils Platform, which had chosen “fair trade” as its annual theme. As we moved up the line of stalls, the farmers were keen to sell us a wide range of goods that were not only high quality, but also unique, such as strawberries from the valleys of Santa Cruz, oven dried to sweet perfection.

Coffee growers from the Amazon (parts of which are cool enough for coffee) had brought little plastic bags of coffee seed. “Ready to plant!” they exclaimed, eager to encourage other farmers to start growing their own coffee. Cacao farmers from the Beni had bitter, white and milk chocolate. There was real pleasure in buying chocolate from the people who had made it from the cacao beans that they grew themselves.

There were tiny puffed grains of amaranth (ready to eat like cold cereal), fresh cherimoyas (a native fruit—but of a small, sweet variety that is now hard to find). Some farmers from Chuquisaca had a local variety of chilli that was so hot, it is called “la gran putita (the great little whore)”. We had to buy some.

There was traditional food, like an aged cow’s cheese from the warm valley of Comarapa. It tasted marvelous, but the smell of cow was not for beginners.

What struck me the most was how many of the products were new, and inventive. Things you wouldn’t find in the supermarket in Cochabamba, such as dried apples, preserved peaches still on the stone (moist and sweet but with no sugar added). Quinoa and wheat were packed in neat plastic bags, with labels, ready to make into soup.

We have said in a previous blog that smallholders with attractive products struggle to produce equally attractive labels, which by law often have to list ingredients. Here, the chocolate was wrapped in handsome paper with a printed label.

My favorite was the apple vinegar, in recycled Mexican beer bottles. The farmers had covered the beer label with a new paper one, proudly explaining that this vintage was made from just three ingredients: organic apples, raw cane sugar with no additives, and water. The bottles were neatly sealed with bright yellow bottle caps.

Most of these farmers’ associations have received support, often from their parish priest or from Church-sponsored NGOs, some with volunteers from Europe and elsewhere. Outside help in manufacturing and packaging had clearly contributed to the quality of the goods, but the farmers were self-motivated to sell their goods. Agriculture is in large measure about producing something to sell.

Although this was an event on fair trade, there was no mention of being certified as fair trade. One speaker the first day had mentioned some of the hurdles that keep smallholders from being able to qualify for fair trade certification, and this group had readily agreed with her.

This group of smallholders certainly understood one basic idea, marketing means you must have something nice to sell: attractive, high quality and well presented. Farmers across the globe deserve a fair price for their products, and smart marketing helps to achieve this.

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Food for outlaws (on labels for homemade products)

And some stories on chocolate:

Chocolate evolution

Congo cocoa

Out of the shade

Farewell coca, hello cocoa

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Coffee: group organization

 

ALGO BONITO PARA VENDER

por Jeff Bentley, 15 de abril del 2018

Los bolivianos siempre me han impresionado con su habilidad de adaptarse creativamente a las nuevas situaciones. El otro día fui con Ana a una feria agrícola en el pueblito de Colcapirhua, cerca de Cochabamba. La feria tenía que realizarse en la linda plaza del pueblo. Enlozada, cerrada al tráfico de autos y con una capilla sobre una colina, hubiera sido un lugar encantador. Pero algunos vecinos del pueblo ya estaban allí, protestando pacíficamente pero molestos contra la supuesta corrupción de sus concejales.

La protesta no se movía, así que los agricultores trasladaron su feria dos cuadras al sur, donde colocaron sus carpas en una fila en un camino vacío al lado de la carretera principal entre Cochabamba y La Paz. El lugar no era tan pintoresco, pero sí había más compradores que pasaban a pie.

Los agricultores representaban a grupos organizados de todas las regiones de Bolivia. En realidad, la feria era parte de la reunión anual de la Plataforma Nacional de Suelos, que había escogido a “comercio justo” como su tema anual. Al caminar por los puestos, los agricultores estaban con ganas de vender una amplia gama de productos que no solamente eran de buena calidad, pero también únicos, como las frutillas (fresas) de los valles de Santa Cruz, secadas a la perfección en horno.

Caficultores de la Amazonía (partes de la cual son tan frescas que se puede cultivar café) habían traído bolsitas de semilla de café. “¡Listo para el almácigo!” exclamaron, felices de animar a otros a producir su propio café. Productores del Beni tenían chocolate amargo, blanco y con leche. Dio gusto comprar chocolate de la gente que lo hizo, a partir de granos de los cacao que ellos mismos cosecharon.

Habían pipocas de amaranto. Habían chirimoyas (un fruto nativo—pero de una dulce variedad pequeña que cuesta encontrar). Algunos de Chuquisaca tenían una variedad local de ají tan picante que le llamaban “la gran putita”. Había que comprar un poco.

También había comida tradicional, como un queso añejo de leche de vaca del valle bajo de Comarapa. El sabor era maravilloso, pero el olor a vaca no era para principiantes.

Lo que más me impresionó era que muchos de los productos eran nuevos e innovadores. Cosas que no se encuentran en el supermercado de Cochabamba, como manzanas secas, duraznos preservados con la pepa (húmedos y dulces sin azúcar agregado). Quinua y trigo en bolsas impresas con etiquetas ya estaban listos para hacer sopa.

En un blog previo hemos dicho que los campesinos luchan para hacer etiquetas dignas de sus lindos productos. Por ley las etiquetas tienen que describir los ingredientes. Por ejemplo el chocolate estaba envuelto en un papel hermoso con una etiqueta impresa.

Mi favorito era el vinagre de manzana, en botellas recicladas de cerveza mexicana. Los agricultores habían tapado la etiqueta original con una de papel, orgullosamente explicando que esta vendimia se hacía únicamente a partir de tres ingredientes: manzanas orgánicas, chancaca pura, y agua. Las botellas llevaban una tapa metálica de amarillo brillante.

La mayoría de esas asociaciones rurales han recibido apoyo, a menudo de su parroquia o de ONGs vinculados a la Iglesia, algunos con voluntarios de Europa y otros lados. La ayuda de forasteros en la manufactura y el envase sí había contribuido a la calidad de los bienes, pero los agricultores estaban auto-motivados a vender sus productos. La agricultora en gran medida se trata de producir algo para vender.

A pesar de que el evento se trataba del comercio justo, no había mención de hacerse certificar como comercio justo. Una expositora el primer día mencionó varios de los obstáculos que previenen que los campesinos puedan certificarse, y este grupo había estado plenamente de acuerdo con ella.

Estos campesinos organizados tenían bien claro que el comercio consiste en tener algo bonito para vender: atractivo, de alta calidad y bien presentada. Las familias campesinas en todo el mundo merecen un precio justo por sus productos, y el mercadeo inteligente les ayuda a lograrlo.

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Comida contra la ley (sobre etiquetas para productos populares)

Y algunos relatos sobre el chocolate:

Chocolate evolution

Congo cocoa

Out of the shade

Farewell coca, hello cocoa

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El café: constitución de agrupaciones

Malawi calling January 21st, 2018 by

Written with Ronald Kondwani Udedi

I was at home in Bolivia when I got a surprise call from southern Africa. “I’m a chilli farmer in Malawi; you’ve been to my house,” said the confident voice on the other end, before the caller ran out of credit and the faint, crackling connection was suddenly cut off.

But the caller, Lester Mpinda, was not easily discouraged. In the time it takes to walk to the village shop and buy a scratch card, he was back on the phone. “I’ve made a lot of profit from chilli,” he said. Then the call was cut off again.

I remembered Mr. Mpinda well. Malawian media expert Ronald Udedi and I had visited Mr.Mpinda’s garden in September of 2016, in Mwanza, southern Malawi, where he showed us how he had started growing local chillies from seed he bought in the market after watching the videos on a DVD. I wanted to learn more, but the phone connection was too poor to chat. Instead, I contacted my friend Ronald on social media and asked him to find out more.

Ronald filled me in on the rest of Mr. Mpinda’s story. Shortly after our visit to his farm in 2016, Ronald and I made a short video on Mr. Mpinda. Access Agriculture then invited Mr. Mpinda to share his story at a meeting with partner organizations in Lilongwe, the capital city of Malawi. I couldn’t attend, but I was a little apprehensive about the outcome, thinking that the event might distract Mr. Mpinda from his everyday work on the farm. I couldn’t have been more wrong.

At the meeting, Mr. Mpinda met Mr. Dyborn Chibonga, then the head of Nasfam (National Smallholder Farmers’ Association). Mr. Chibonga put Mr. Mpinda in touch with the nearest Nasfam extension agent in Mulanje, who later visited the farm and gave Mr. Mpinda some seed of bird’s eye chilli, the variety used to make tabasco-style hot sauce. The slender red bottles of hot sauce are a common sight on Malawian tables and the dried chilli is exported to food-makers in Europe and elsewhere.

Chilli seed is really small, and a little bit goes a long way, so Mr. Mpinda decided to share his generous gift from Nasfam with his neighbors. Mr. Mpinda started a chilli club with 12 members, of whom eight were women. He showed the club members how to plant the chilli, gave them seed, and once or twice a week he invited the club to his home to show them the chilli videos in Chichewa, the local language. Each member learned more about growing and drying this crop, which was entirely new to them. The club members created a chilli demonstration garden, where they tried out what they saw in the videos.

When the club had a stock of dried chillies, they phoned the Nasfam extension agent, who came from Mulanje, where Nasfam has a factory for making hot sauce. The agent bought 160 kilos of chilli from the individual club members, paying 2,500 Kwacha ($3.50) per kilogram, twice the price of tobacco which is number one export crop. The Nasfam agent left more seed.

Other friends and neighbors who heard of this success asked to join the club. Mr. Mpinda graciously welcomed them and now there are 80 members growing chilli and learning about the crop from the videos.

As Ronald puts it, “the most important thing (that started this new enterprise) was the DVD with the chilli videos. Mr. Mpinda and his friends watched it to learn about everything, from taking care of the nursery beds to transplanting and harvesting.” The videos meant that farmer didn’t have to rely on visits from extension agents, whose time and travel budgets are limited.

For many years only one company, NALI, made hot sauce in Malawi, but now there are over 10. Malawi is now enjoying a kind of chilli boom.  Mr. Mpinda’s story shows that smallholders can independently identify and respond to market openings. Peasant farmers are always open to new opportunities and eager to try useful innovations. I have no idea how long the chilli boom in Malawi will last, but agriculture will never go out of style. As long as smallholders have buyers, seed and good information, they will be able to market quality produce.

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A hot plan

New crops for Mr. Mpinda

Winning the peace, with chilli and videos

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Hear Mr. Mpinda tell, in his own words, how he became a chilli farmer. Watch Ronald Udedi’s video

Videos on chilli

Watch the videos on how to grow and process chilli here

Videos in the languages of Malawi

All the videos hosted on www.accessagriculture.org are in English and at least one other language, including the following languages spoken in Malawi:

36 videos in Chichewa

7 videos in Tumbuka

13 videos in Yao

13 videos in Sena

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