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Earthworms from India to Bolivia March 29th, 2020 by

Vea la versión en español a continuación

A few weeks ago, I met a young Bolivian journalist, Edson Rodríguez, who works on an environmental program at the university (UMSS) television channel in Cochabamba called TVU. He helps to produce a show called Granizo Blanco (white hail), a dramatic name in this part of the Andes, where hail can devastate crops in a moment. The show covers all environmental issues, not just agriculture. For example, the program recently featured mud slides that have destroyed homes, and the impacts of a new metro train system in the valley.

I first met Edson in the field, where he was filming the tree seedling distribution that I wrote about earlier in this blog. Later, I told him about the agroecological videos on Access Agriculture.

Edson wondered if some of the videos on Access Agriculture might be suitable for the TV show. After watching some of the videos, he downloaded one on making compost with earthworms. The video was filmed in India, and it had recently been translated into Spanish, crucial for making videos more widely available. Without a Spanish version it wouldn’t be possible to consider showing a video from Maharashtra in Cochabamba. The two places are physically far apart, but they have much in common, such as a semi-arid climate, and small farms that produce crop residues and other organic waste that can be turned into compost.

Edson asked me to take part in an episode of Granizo Blanco that included a short interview followed by a screening of the compost and earthworm video. He was curious to know why Access Agriculture promotes videos of farmers in one country to show to smallholders elsewhere. I said that the farmers may differ in their skin color, clothing and hair styles, but they are working on similar problems. For example, farmers worldwide are struggling with crops contaminated with aflatoxins, poisons produced by fungi on improperly dried products like peanuts and maize.

I told Edson that farmer learning videos filmed in Bolivia are being used elsewhere. My colleagues and I made a video on managing aflatoxins in groundnuts, originally in Spanish, but since been translated into English, French and various African languages. The same aflatoxin occurs in Bolivia and in Burkina Faso, so African farmers can benefit from experience in South America. In this case the video shows simple ways to reduce aflatoxins in food, using improved drying and storage techniques developed by Bolivian scientists and farmers in Chuquisaca.

“What other kinds of things can Bolivian farmers learn from their peers in other countries?” Edson asked me, as he realized that good ideas can flow in both directions. I explained that soil fertility is a problem in parts of Bolivia and elsewhere; Access Agriculture has videos on cover crops, compost, conservation agriculture and may other ways to improve the soil, all freely available for programs such as Granizo Blanco to screen.

Many older people, especially those who work for governments, feel that videos have to be made in each country, and cannot be shared across borders. This closed vision makes little sense. The same civil servants happily organize and attend international conferences on agriculture and many other topics to share their own ideas across borders. If government functionaries can gain insights from foreign peers, farmers should be able to do so as well.

Fortunately, younger people like Edson are able to see the importance of media, such as learning videos that enable farmers to share knowledge and experience cross-culturally. Smallholders can swap ideas and stimulate innovations as long as the sound track is translated into a language they understand. It costs much less to translate a video than to make one.

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See also the links to soil conservation videos at the end of last week’s story: A revolution for our soil

Acknowledgment

The McKnight Foundation has generously funded many video translations, including the earthworm video, besides the filming of the aflatoxin video and its translation into several languages. For many years, SDC has offered crucial support that enabled Access Agriculture to become a global leader in South-South exchange through quality farmer-to-farmer training videos.

LOMBRICES DE TIERRA DE LA INDIA A BOLIVIA

Por Jeff Bentley 29 de marzo del 2020

Hace unas semanas conocí a un joven periodista boliviano, Edson Rodríguez, que trabaja en un programa de medio ambiente en el canal de televisión, TVU, de la Universidad (UMSS) en Cochabamba. Él ayuda a producir un programa llamado Granizo Blanco, un nombre dramático en esta parte de los Andes, donde el granizo puede arrasar los cultivos en un momento. El programa cubre todos los temas ambientales, no sólo la agricultura. Por ejemplo, el programa recientemente presentó los deslizamientos de mazamorra que han destruido varias casas, y los impactos de un nuevo sistema de tren metropolitano en el valle.

Conocí a Edson por primera vez en el campo, donde él estaba filmando la distribución de plantines de árboles, el tema de un blog previo. Más tarde, le hablé de los videos agroecológicos en Access Agriculture.

Edson se preguntaba si algunos de los videos de Access Agriculture podrían servir para el programa de televisión. Después de ver algunos de los videos, descargó uno sobre cómo hacer abono con lombrices de tierra. El vídeo se filmó en la India y recientemente se había traducido al español, lo que era imprescindible para hacer los vídeos más disponibles. Sin una versión en español sería imposible mostrar un video de Maharashtra en Cochabamba. Los dos lugares están físicamente alejados, pero tienen mucho en común, como un clima semiárido y pequeñas granjas que producen residuos de cultivos y otros desechos orgánicos que pueden convertirse en abono.

Edson me pidió que participara en un episodio de Granizo Blanco que incluía una breve entrevista seguida de una proyección del vídeo de lombricultura. Él quería saber por qué Access Agriculture promueve videos de los agricultores de un país para mostrarlos a los campesinos de otros países. Dije que los agricultores pueden diferir en el color de su piel, su ropa y peinado, pero están trabajando en problemas similares. Por ejemplo, hay agricultores de todo el mundo que luchan con la contaminación de aflatoxinas, venenos producidos por hongos en productos mal secados como el maní y el maíz.

Expliqué que los videos filmados con agricultores en Bolivia se están usando en otros países. Mis colegas y yo hicimos un video sobre el manejo de las aflatoxinas en el maní, originalmente en español, pero luego se ha traducido al inglés, al francés y a varios idiomas africanos. La misma aflatoxina se produce en Bolivia y en Burkina Faso, por lo que los agricultores africanos pueden beneficiarse de la experiencia en América del Sur. En este caso, el vídeo muestra formas sencillas de reducir las aflatoxinas en los alimentos secos, desarrolladas por científicos y agricultores bolivianos en Chuquisaca.

“¿Qué otro tipo de cosas pueden aprender los agricultores bolivianos de sus homólogos de otros países?” Edson me preguntó, al darse cuenta de que las buenas ideas pueden fluir en ambas direcciones. Le expliqué que la fertilidad del suelo es un problema en algunas partes de Bolivia y que afecta a muchos otros agricultores en otros lugares; Access Agriculture tiene videos sobre cultivos de cobertura, compost, agricultura de conservación y muchas otras técnicas para mejorar el suelo, todos disponibles gratuitamente para que programas como Granizo Blanco los proyecten.

Muchas personas mayores, especialmente las que trabajan para los gobiernos, consideran que los videos tienen que hacerse en cada país y no pueden compartirse a través de las fronteras. Esta visión cerrada tiene poco sentido. Los mismos funcionarios públicos organizan y asisten con gusto a conferencias internacionales sobre agricultura y diversos temas para compartir sus propias ideas a través de las fronteras. Si los funcionarios del gobierno pueden obtener ideas de sus colegas extranjeros, los agricultores también deberían poder hacerlo.

Afortunadamente, los jóvenes como Edson ven la importancia de los medios de comunicación, como los vídeos, que permiten a los agricultores compartir conocimientos y experiencias entre culturas. Los pequeños agricultores pueden intercambiar ideas y estimular innovaciones siempre que la banda sonora se traduzca a un idioma que entiendan. Cuesta mucho menos traducir un video que hacer uno.

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Vea también los enlaces a los videos de conservación del suelo al final de la historia de la semana pasada: Una revolución para nuestro suelo

Agradecimiento

La Fundación McKnight ha financiado generosamente muchas traducciones de video, incluyendo el video de la lombriz, además de la filmación del video de la aflatoxina y su traducción a varios idiomas. Durante muchos años, la Cosude ha ofrecido un apoyo crucial que ha permitido a Access Agriculture convertirse en un líder mundial en el intercambio Sur-a-Sur a través de vídeos agricultor a agricultor.

A revolution for our soil March 22nd, 2020 by

la versión en español a continuación

Degraded soil can be repaired, and replenished with nutrients, until it produces abundant harvests at lower costs, while removing carbon from the atmosphere, and putting it back into the ground. This is the optimistic message of David Montgomery’s book, Growing a Revolution.

In many parts of the world, soils have been degraded by frequent plowing. The benefits of releasing a burst of nutrients for the crops and killing weeds are overcome by exposure of the soil to erosion by wind and water (see Out of space on Montgomery’s earlier book Dirt: The Erosion of Civilizations). In the Midwestern USA perhaps half of the original prairie soil, and most of its organic matter, have been lost in little more than a century of conventional tillage. Chemical fertilizers provide the major nutrients of phosphorous, potassium and nitrogen in the short run, but they undermine the soil’s long-term health by suppressing mycorrhizal fungi.

These mycorrhizal fungi feed plants while making glomalin, a protein that binds soil particles together. Plowing destroys the soil structure created by beneficial fungi and their glomalin.

Montgomery, a professional geologist, explains that most soils don’t need chemical fertilizer. They have enough phosphorous, potassium and all the minor nutrients like iron and zinc that plants need, but these minerals are locked up in stone particles and other forms not accessible to the plants. The key to using these nutrients are beneficial microbes, like the mycorrhizal fungi that extract mineral nutrients from rock fragments and help to break down organic matter so plants can use it. Microbes trade phosphorous to plants for sugars. Predatory arthropods, nematodes and protozoa then feast on the microbes and release the nutrients back to the soil. A diverse soil life makes soil more fertile. Synthetic fertilizers interrupt these interactions, and the mycorrhizal fungi die, so the crop becomes chemical-dependent. Soil that is rich in organic matter (that is, in carbon) is healthier and supports a thriving community of beneficial microorganisms.

But with proper care, soil can be brought back to good health in just a few years. The right techniques can boost soil carbon from 1% (typical of degraded soils) to 4% (as in undisturbed forest) or even up to 6%. There are many such techniques and they go by various names, including “conservation agriculture,” “agroecology” or “regenerative agriculture,” and they are based on simple principles: 1) Use cover crops (or mulch) to keep the soil covered all the time; 2) Complex crop rotations of grasses, legumes and other crops; and 3) no-till, planting seeds directly into the unplowed earth.

Montgomery takes his readers to meet farmers from Kansas to Pennsylvania, from Ghana to Costa Rica, who are practicing and profiting from these three principles. Some are organic farmers; others apply small amounts of nitrogen fertilizer directly into the soil, near the seed, where the plant can efficiently take it up. We learn that some use earthworms, while others like Felicia Echeverría in Costa Rica make their own brews of beneficial microorganisms, to add life to dead soil. Gabe Brown in North Dakota rotates cattle in small paddocks, on large fields. As the cows graze, they fertilize the soil with manure.

Montgomery and soil scientist Rattan Lal estimate that conservation agriculture could offset a third to two thirds of current carbon emissions, by putting organic matter back into the soil, while tilling less and so lowering fuel expenses. Stumbling blocks to adoption of conservation agriculture include subsidies and crop insurance that keep farmers plowing and dependent on chemical fertilizer. Another is formal research, which continues to favor studies of products that companies can sell: chemical solutions to biological problems, as Montgomery puts it. Only 2% of US agricultural research goes to regenerative agriculture (and only 1% globally). Much of the innovation to revive the soil is driven not by funded research, but by the farmers themselves, who have shown that conservation agriculture, agroecology and permaculture can be more productive, with fewer pest problems. Conservation agriculture saves on expenses for inputs, so it is more profitable than conventional tillage agriculture. Properly conserved soil has little erosion; it soaks up the rain in wet years and holds the moisture for drought years.

Montgomery is concerned that when large-scale, industrialized farmers convert from tillage to conservation agriculture there must be a transition period when profits sag, before the soil improves enough to bring yield back up. He fears that this can discourage farmers from switching to conservation agriculture. Yet I am sure that the farmers themselves will work this out. As the natural experimenters that they are, farmers can try ecological farming practices with reduced tillage, first on one field, or on part of one, gradually creating the practices they need, one plot at a time. The good news is that conservation agriculture can be adopted on large farms or small ones, conventional or organic, mechanized or not. Farming can rebuild the soil, and does not need to destroy it.

Further reading

Montgomery, David R. 2017 Growing a Revolution: Bringing Our Soils Back to Life. New York: Norton. 316 pp.

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Till less to harvest more (no-till and minimum tillage)

And many other videos on www.accessagriculture.org

UNA REVOLUCIÓN PARA NUESTRO SUELO

Por Jeff Bentley, 22 de marzo del 2020

El suelo degradado puede ser reparado, devolviendo sus nutrientes, hasta que produzca cosechas abundantes a costos más bajos, mientras que se saca carbono de la atmósfera, para ponerlo en el suelo. Este es el mensaje optimista del libro de David Montgomery, Growing a Revolution.

En muchas partes del mundo, el arar frecuentemente ha degradado los suelos. El arado trae los beneficios de liberar nutrientes repentinamente para los cultivos y matar las malezas, pero el daño es mayor debido al exponer el suelo a la erosión del viento y del agua (ver Out of space sobre el libro anterior de Montgomery, Dirt: The Erosion of Civilizations). En el Medio Oeste de los Estados Unidos, quizás la mitad del suelo original de la pradera, y la mayor parte de su materia orgánica, se han perdido en poco más de un siglo de labranza convencional. Los fertilizantes químicos proporcionan los principales nutrientes de fósforo, potasio y nitrógeno a corto plazo, pero socavan la salud del suelo a largo plazo al suprimir los hongos micorriza.

Estos hongos micorriza alimentan a las plantas mientras fabrican glomalina, una proteína que une las partículas del suelo. El arado destruye la estructura del suelo creada por los hongos benéficos y su glomalina.

Montgomery, un geólogo profesional, explica que la mayoría de los suelos no necesitan fertilizantes químicos. Tienen suficiente fósforo, potasio y todos los nutrientes menores como el hierro y el zinc que las plantas necesitan, pero estos minerales están encerrados en partículas de piedra y están en otras formas no accesibles para las plantas. La clave para el uso de estos nutrientes son los microbios buenos, como las micorrizas que extraen nutrientes minerales de los fragmentos de roca y ayudan a descomponer la materia orgánica para que las plantas puedan usarla. Los microbios intercambian fósforo a las plantas por azúcares. Los artrópodos, nematodos y protozoos depredadores comen los microbios y liberan los nutrientes de vuelta al suelo. Una vida diversa en el suelo lo hace más fértil. Los fertilizantes sintéticos interrumpen estas interacciones y las micorrizas mueren, por lo que el cultivo se vuelve químicamente dependiente. El suelo rico en materia orgánica (es decir, en carbono) es más saludable y sostiene una próspera comunidad de microorganismos buenos.

Pero con el cuidado adecuado, el suelo puede volver a tener buena salud en pocos años. Las técnicas correctas pueden aumentar el carbono del suelo del 1% (típico de los suelos degradados) al 4% (como en los bosques vírgenes) o incluso hasta el 6%. Existen muchas de esas técnicas y tiene diversos nombres, como “agricultura de conservación”, “agroecología” o “agricultura regenerativa”, y se basan en principios sencillos: 1) Sembrar cultivos de cobertura (o mulch) para mantener el suelo cubierto todo el tiempo; 2) rotaciones complejas de cultivos de pastos y cereales, leguminosas y otros cultivos; y 3) la labranza cero, sembrando las semillas directamente en la tierra sin arar.

Montgomery lleva a sus lectores a conocer a agricultores de Kansas a Pensilvania, de Ghana a Costa Rica, que practican rentablemente estos tres principios. Algunos son agricultores orgánicos; otros aplican pequeñas cantidades de fertilizante de nitrógeno directamente en el suelo, cerca de la semilla, donde la planta puede absorberlo eficazmente. Aprendemos que algunos usan lombrices de tierra, mientras que otros, como Felicia Echeverría en Costa Rica, elaboran sus propias soluciones de microorganismos benéficos, para dar vida al suelo muerto. Gabe Brown, en Dakota del Norte, rota el ganado en pequeños potreros, en grandes campos. Cuando las vacas pastan, fertilizan el suelo con estiércol.

Montgomery y el científico del suelo Rattan Lal estiman que la agricultura de conservación podría compensar entre un tercio y dos tercios de las actuales emisiones de carbono, devolviendo la materia orgánica al suelo, a la vez que se labra menos y se reducen así los gastos de combustible. Entre los obstáculos para la adopción de la agricultura de conservación hay los subsidios y los seguros de los cultivos que mantienen a los agricultores arando y dependiendo de los fertilizantes químicos. Otro es la investigación formal, que sigue favoreciendo los estudios de productos que las empresas venden: soluciones químicas a problemas biológicos, como dice Montgomery. Sólo el 2% de la investigación agrícola estadounidense se destina a la agricultura regenerativa (y sólo el 1% a nivel mundial). Gran parte de la innovación para revivir el suelo no está impulsada por la investigación académica, sino por los propios agricultores, que han demostrado que la agricultura de conservación, la agroecología y la permacultura pueden ser más productivas, con menos problemas de plagas. La agricultura de conservación ahorra gastos en insumos, por lo que es más rentable que la agricultura de labranza convencional. El suelo conservado adecuadamente tiene poca erosión; absorbe la lluvia en los años húmedos y retiene la humedad en los años secos.

A Montgomery le preocupa que cuando los grandes agricultores industrializados pasen de la agricultura de labranza a la de conservación, debe haber un período de transición no rentable, antes de que el suelo mejore lo suficiente como para que vuelva a rendir bien. El teme que esto pueda desalentar a los agricultores a cambiar a la agricultura de conservación. Sin embargo, estoy seguro de que los propios agricultores lo solucionarán. Como experimentadores naturales que son, los agricultores pueden probar prácticas de agricultura ecológica con labranza reducida, primero en una parcela, o en un rincón, creando gradualmente las prácticas que necesitan, una parcela a la vez. La buena noticia es que la agricultura de conservación puede adoptarse en fincas grandes o pequeñas, convencionales u orgánicas, mecanizadas o no. La agricultura puede reconstruir el suelo, en vez de destruirlo.

Leer más

Montgomery, David R. 2017 Growing a Revolution: Bringing Our Soils Back to Life. New York: Norton. 316 pp.

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Arar menos para cosechar más (cero labranza y labranza mínima)

Además de muchos otros videos en https://www.accessagriculture.org/es

Strawberry fields once again March 15th, 2020 by

Vea la versión en español a continuación

Like many Bolivians, Diego Ramírez never thought about remaining in the village where he was born, and starting a business on his family’s small farm. As a kid, he loved picking fruit on his grandparents’ small strawberry patch in the village of Ucuchi, and swimming with his friends in a pond fed with spring water, but he had to leave home at a young age to attend high school in the small city of Sacaba, and then he went on to study computer science at the university (UMSS) in the big city of Cochabamba, where he found work after graduation.

Years later, Diego’s dad called his seven children together to tell them that he was selling their grandparents’ farm. It made sense. The grandparents had died, and the land had been idle for about 15 years. Yet, it struck Diego as a tragedy, so he said “I’ll farm it.” Some people thought he was joking. In Ucuchi, people were leaving agriculture, not getting into it. Many had migrated to Bolivia’s eastern lowlands or to foreign countries, so many of the fields in Ucuchi were abandoned. It was not the sort of place that people like Diego normally return to.

When Diego decided to revive his family farm two years ago, he turned to the Internet for inspiration. Although strawberries have been grown for many years in Ucuchi, and they are a profitable crop around Cochabamba, Diego learned of a commercial strawberry farm in Santo Domingo, Santiago, in neighboring Chile, that gave advice and sold plants. Santo Domingo is 2450 km from Cochabamba, but Diego was so serious about strawberries that he went there over a weekend and brought back 500 strawberry plants. Crucially, he also learned about new technologies like drip irrigation, and planting in raised beds covered with plastic sheeting. Encouraged by his new knowledge, he found dealers in Cochabamba who sold drip irrigation equipment and he installed it, along with plastic mulch, a common method in modern strawberry production.

Diego was inclined towards producing strawberries agroecologically, so he contacted the Agrecol Andes Foundation which was then organizing an association of ecological farmers in Sacaba, the small city where Diego lives (half way between the farm and the big city of Cochabamba). In that way Diego became a certified ecological farmer under the SPG PAS (Participatory Guaranty System, Agroecological Farmers of Sacaba).  Diego learned to make his own biol (a fermented solution of cow dung that fertilizes the soil and adds beneficial microbes to it). Now he mixes biol into the drip irrigation tank, fertilizing the strawberries one drop at a time.

Diego also makes his own organic sprays, like sulfur-lime brew and Bordeaux mix. He applies these solutions every two weeks to control powdery mildew, a common fungal disease, thrips (a small insect pest), red mites, and damping off. I was impressed. A lot of people talk about organic sprays, but few make their own. “It’s not that hard,” Diego shrugged, when I asked him where he found the time.

Diego finds the time to do a lot of admirable things. He has a natural flair for marketing and has designed his own packing boxes of thin cardboard, which he had printed in La Paz. His customers receive their fruit in a handsome box, rather than in a plastic bag, where fruit is easily damaged. He sells direct to customers who come to his farm, and at agroecological fairs and in stores that sell ecological products.

Diego still does his day job in the city, while also being active in community politics in Ucuchi. He also tends a small field of potatoes and he is planting fruit trees and prickly pear on the rocky slopes above his strawberry field. Diego has also started a farmers’ association with his neighbors, ten men and ten women, including mature adults and young people who are still in university.

The association members grow various crops, not just strawberries. Diego is teaching them to grow strawberries organically and to use drip irrigation. To encourage people to use these methods he has created his own demonstration plots. He has divided his grandparents’ strawberry field into three areas: one with his modern system, one with local varieties grown the old way on bare soil, with flood irrigation, and a third part with modern varieties grown the old way. The modern varieties do poorly when grown the way that Diego’s grandparents used. And Diego says the old way is too much work, mainly because of the weeding, irrigation, pests and diseases.

Ucuchi is an attractive village in the hills, with electricity, running water, a primary school and a small hospital. It is just off the main highway between Cochabamba and Santa Cruz, an hour from the city of Cochabamba where you can buy or sell almost anything. Partly because of these advantages, some young people are returning to Ucuchi. Organic strawberries are hard to grow, and rare in Bolivia. But a unique product, like organic strawberries, and inspired leadership can help to stem the flow of migration, while showing that there are ways for young people to start a viable business in the countryside. Diego clearly loves being back in his home village, stopping his pickup truck to chat with people passing by on the village lanes. He also brings his own family to the farm on weekends, where he has put a new tile roof on his grandparents’ old adobe farm house.

Agriculture is more than making a profit. It is also about family history, community, and finding work that is satisfying and creative.

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EN EL FRUTILLAR DE NUEVO

Por Jeff Bentley, 15 de marzo del 2019

Como muchos bolivianos, Diego Ramírez nunca pensó en quedarse en la comunidad donde nació, y empezar un emprendimiento agrícola en las pequeñas chacras de su familia. Diego cuenta que de niño le encantaba recoger fruta en la pequeña parcela de frutillas de sus abuelos en la comunidad de Ucuchi, y nadar con sus amigos en una poza de riego, llena de agua de manantial, pero de joven tuvo que vivir en la ciudad pequeña de Sacaba para estudiar en colegio. Luego se fue a estudiar a la Universidad UMSS, la carrera de ingeniería de sistemas. Culminado los estudios, empezó a trabajar en la ciudad de Cochabamba.

Años más tarde, el padre de Diego llamó a sus siete hijos para decirles que estaba vendiendo el terreno de sus abuelos. Tenía sentido. Los abuelos habían fallecido, y nadie había trabajado la tierra durante unos 15 años. Sin embargo, a Diego le pareció una tragedia, así que dijo: “Yo la voy a trabajar”. Algunos pensaron que era un chiste. En Ucuchi, la gente estaba en plan de dejar la agricultura, no meterse en ella. Preferían emigrar al Oriente de Bolivia y muchos se habían ido del país. Por esta razón muchas de las parcelas están abandonadas. No es el tipo de lugar al que la gente como Diego normalmente regresa.

Cuando Diego decidió revivir su finca familiar ya hace dos años, buscó inspiración en el Internet. Aunque la frutilla es un cultivo ancestral de la comunidad de Ucuchi y muy rentable en Cochabamba, Diego se enteró de una empresa productora de frutillas en Santo Domingo, Santiago, en el vecino país de Chile, que daba consejos y vendía plantas. Santo Domingo está a 2450 km de Cochabamba, pero Diego se tomó tan en serio las frutillas que fue allí un fin de semana y trajo 500 plantas de frutillas. Crucialmente, también aprendió sobre el cultivo tecnificado de frutillas, aplicando el riego por goteo y plantado en camas tapadas con plástico. Movido por sus nuevos conocimientos, buscó distribuidores en Cochabamba que vendían equipos de riego por goteo y los instaló, junto con el mulch plástico, un método común en la producción moderna de fresas.

Diego se inclinó más en la producción agroecológica para producir frutillas, así que se contactó con la Fundación Agrecol Andes que estaba organizando una asociación de productores ecológicos en Sacaba, la pequeña ciudad donde Diego vive, a medio camino entre su terreno y la ciudad grande de Cochabamba. Diego ya tiene certificación de productor ecológico con SPG PAS (Sistema Participativo de Garantía Productores Agroecológicos Sacaba), Diego aprendió a hacer su propio biol (una solución fermentada de estiércol de vaca que fertiliza el suelo mientras añade microbios buenos). Ahora mezcla el biol en el tanque de riego por goteo, fertilizando las frutillas una gota a la vez.

Diego también hace sus propias soluciones orgánicas, como el sulfocálcico y el caldo bordelés. Fumiga estas preparaciones cada dos semanas para controlar el oídium, los thrips (un pequeño insecto), la arañuela roja, y la pudrición de cuello. Me impresionó. Mucha gente habla de aplicaciones orgánicos, pero pocos hacen las suyas. “No es tan difícil”, Diego dijo cuando le pregunté de dónde hallaba el tiempo.

Diego encuentra tiempo para hacer muchas cosas admirables. Tiene un talento natural para el marketing y ha diseñado sus propias cajas de cartón delgado, que ha hecho imprimir en La Paz. Sus clientes reciben la fruta en una bonita caja, en lugar de en una bolsa de plástico, donde la fruta se daña fácilmente. Vende directamente a los clientes que vienen a la misma parcela, en las ferias agroecológicas y en tiendas que comercializan productos ecológicos.

Diego todavía hace su trabajo normal en la ciudad, mientras que también tiene una cartera en la comunidad de Ucuchi. También cultiva una pequeña chacra de papas y está plantando árboles frutales y tunas en las laderas pedregosas arriba de su frutillar. Diego también ha iniciado una asociación de agricultores con sus vecinos, diez hombres y diez mujeres, incluidos adultos mayores y jóvenes que todavía están en la universidad.

Los miembros de la asociación cultivan diversos cultivos, no sólo frutillas. Diego les enseña a cultivar frutillas orgánicamente y a usar el riego por goteo. Para animar a la gente a usar estos métodos, ha creado sus propias parcelas de demostración. Ha dividido el frutillar de sus abuelos en tres áreas: una con su sistema moderno, tecnificado, otra con variedades locales cultivadas al estilo antiguo en suelo desnudo, con riego por inundación, y una tercera parte con variedades modernas cultivadas a la manera antigua. Las variedades modernas no rinden bien cuando se cultivan al estilo de los abuelos. Y Diego dice que la forma antigua es mucho trabajo, principalmente por el desmalezado, el riego y las enfermedades además de las plagas.

Ucuchi es una atractiva comunidad en las faldas del cerro, con electricidad, agua potable, una escuela primaria y un pequeño hospital. Está justo al lado de la carretera principal a Santa Cruz, a una hora de la ciudad de Cochabamba donde se puede comprar o vender casi cualquier cosa. En parte por estas ventajas, algunos jóvenes se están volviendo a la comunidad de Ucuchi. Las frutillas orgánicas son difíciles de cultivar, y son raras en Bolivia. Pero un producto único, como las frutillas orgánicas, y un liderazgo inspirado pueden ayudar a frenar el flujo de la migración, al mismo tiempo de mostrar que hay maneras viables para que los jóvenes empiecen con un emprendimiento personal en el campo. A Diego le encanta estar de vuelta en su comunidad: para su camioneta para charlar con la gente que pasa por los caminos del pueblo. También trae a su propia familia a la finca los fines de semana, donde ha puesto un nuevo techo de tejas en la vieja casa de adobe de sus abuelos.

La agricultura es más que la búsqueda de lucro. También se trata de la tradición familiar, la comunidad y de sentirse realizado con un trabajo satisfactorio y creativo.

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American bees March 1st, 2020 by

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When the Spanish conquered the New World, the colonists who followed them brought honey bees. These European bees carried out their own version of the conquest, displacing a wide variety of stingless, native American bees. The native American people had known about these stingless bees and used their honey for centuries. Some, such as the Maya, kept bees for their honey, and many other peoples gathered honey from the wild.

The European honey bee is more aggressive and bigger than the American bees. The African honey bee and the European honey bee are sub-species of the same species, Apis mellifera. The European bee lives in large colonies of some 80,000 individuals, while the native bees live in smaller hives, of 3,000 or so. The American bees have suffered from the loss of forest habitat, and from competition with the European bees, which gather nectar from the same sources that the native bees need.

But the native American bees are making a comeback, as I learned recently on a course taught by two biologists who are experts in native American bees: Marcia Adler Yáñez from the Gabriel René Moreno Museum of Natural History in Bolivia and Oscar “Rupa” Amaya, who is Colombian, but a long-time resident of Brazil.

The American honey bees are a diverse lot, of at least 400 species. Some of the larger ones are as big as European honey bees, while some of the smaller ones are the size of a grain of rice.

The native American bees are gentle (some more than others) and although they do not have stingers, some species will bite to defend their nests. Unlike European bees, which put their honey in combs, native American bees keep their honey and pollen in little wax pots. The American bees have a complex nest structure. The queen lays her eggs in cells in a horizontal comb (unlike the vertical ones the European bees make). The combs of native bees can be disk shaped, or spiral or amorphous. The brood chambers, full of eggs in cells, are surrounded by a wax labyrinth, the involucrum, made to discourage ants and other predators. The pots of honey and pollen are placed around the involucrum.

One species of bee, called señorita, is known from Mexico to Argentina for its fine honey, widely regarded to be an eye ointment. A drop in each eye relieves pain and irritation.

Rupa and Marcia teach their students various techniques to care for native American bees. While keepers of European honey bees have made wooden boxes, or hives, for bee colonies, this was not a common practice for native American bees. In the past 30 years, bee experts in Brazil have adapted bee boxes for native American bees. These bee hives are smaller than those for European bees, but the boxes have thicker walls to keep the bees warm in the winter and cool in the summer.

Rupa and Marcia also teach the use of a simple trap for capturing wild colonies. A plastic soda pop bottle, two-liters or larger, is covered in newspaper (to keep the nest warm) and black plastic (to keep it dark). A tube is placed in a small opening in the side of the bottle, making an inviting door to entice a young queen to set up her nest in the bottle. The bottle is hung on a tree in a forest with bees. In good bee habitat, bees may colonize the bottle within weeks. A skilled beekeeper can later transfer the colony to a proper, wooden hive.

Struggling colonies can be encouraged with an extra food supply. On the bee course, we learned how to make wax pots and fill them with honey or pollen gathered by European honey bees, which you can buy in the store. The native bees will eat the honey and convert the pollen to “bee bread” by using special enzymes. They will also use the wax from the pots to make their own brood cells and food pots.

Bees make wax with an organ in their abdomen, but wax is expensive. The bees need six or eight grams of honey to make a gram of wax. So, putting wax in the nests gives the bees a head-start and lets them start a colony faster.

Brazilian universities have been studying native American bees since the 1950s, and the techniques for keeping these bees are slowly spreading to other Latin American countries. There are also native bees in Australia, where some quite keen beekeepers use bee boxes similar to the Brazilian ones.

Native honey is thin, but sweet and it has a fine flavor. The larger species of native bees can make up to eight liters of honey a year, but the small species can only make about one liter, so this honey is expensive, but it is starting to appear in specialty shops.

We also met a Bolivian forester, Juan Carlos Aruquipa, who works on a project to teach women in the rainforest (the Yungas) to manage native bees, and to sell the honey. This is important, because many of the small flowers of tropical American trees must be pollinated by bees to set seed. And the bees feed on the nectar from the trees. So, without bees there are no trees, and without trees there are no bees.

This is a case where agriculture is moving forward in an imaginative direction, learning to care for wild bees, and to produce valuable honey. Bees need a lot of care, so they are difficult to handle on a massive, corporate scale. But they are perfect for smallholders, especially for women, who find the smaller hives and the gentle bees easier to handle. The little hives are ideal to keep at home. Native American bees are a new, creative direction for agroecological farming.

Scientific names

All bees, American, European, and others, belong to the family Apidae. The European, African and Asian bees with stingers belong to the genus Apis. The stingless, American, Australian and African bees belong to the tribe Meliponini. The large native bees are in the genus Melipona and the small ones are grouped into several genera, including Trigona, Scaptotrigona, Nannotrigona, and Tetratrigonisca. The señorita is Tetragonisca angustula. All of these bees are social. In the Americas and elsewhere there are many other bee species that are solitary, such as bumble bees.

Further reading

I have been interested in Native American bees for a long time, and give a short account of them in:

Bentley, Jeffery, W. and Gonzalo Rodríguez 2001 “Honduran Folk Entomology.” Current Anthropology,42(2):285-300.

LAS ABEJAS AMERICANAS

Por Jeff Bentley, el primero de marzo del 2020

Cuando los españoles conquistaron el Nuevo Mundo, los colonos que los siguieron trajeron abejas. Estas abejas europeas hicieron su propia versión de la conquista, desplazando a una gran variedad de abejas nativas americanas sin aguijón. Los indígenas conocían a estas abejas nativas y usaron su miel durante siglos. Algunos, como los mayas, guardaban abejas para su miel, y muchos otros pueblos recolectaban miel de la naturaleza.

La abeja europea es más agresiva y más grande que las abejas americanas. La abeja africana y la abeja europea son subespecies de la misma especie, Apis mellifera. La abeja europea vive en grandes colonias de unos 80.000 individuos, mientras que las abejas nativas viven en colmenas más pequeñas, de unos 3.000. Las abejas americanas han sufrido la pérdida de su hábitat forestal, y la competencia con las abejas europeas, que recogen el néctar de las mismas flores que las abejas nativas.

Pero hay nueva esperanza para las abejas nativas americanas, como aprendí recientemente en un curso impartido por dos biólogos expertos en abejas nativas americanas: Marcia Adler Yáñez del Museo de Historia Natural Gabriel René Moreno de Bolivia y Oscar “Rupa” Amaya, que es colombiano pero residente en Brasil desde hace mucho tiempo.

La abeja americana es un grupo muy diverso, de al menos 400 especies. Algunas de las más grandes son del tamaño de las abejas europeas, mientras que algunas de las más chicas son tan pequeñas como un grano de arroz.

Las abejas nativas americanas son relativamente mansos y a pesar de que no tienen aguijones, algunas especies muerden para defender sus nidos. A diferencia de las abejas europeas, que ponen su miel en panales, las abejas nativas americanas guardan su miel y polen en pequeños potes de cera. Las abejas americanas tienen un nido con estructura complicada. La reina pone sus huevos en celdas en un panal horizontal (a diferencia de los verticales que hacen las abejas europeas). Los panales de las abejas nativas pueden tener forma de disco, o de espiral o amorfo. Las celdas de las crías (huevos y larvas), están rodeadas por un laberinto de cera, llamado el involucre, hecho para confundir a las hormigas y otros depredadores. Los potes de miel y polen están fuera y alrededor del involucre.

Una especie de abeja, llamada la señorita, es conocida desde México hasta Argentina por su fina miel, ampliamente considerada como un ungüento para los ojos. Una gota en cada ojo alivia el dolor y la irritación.

Rupa y Marcia enseñan a sus estudiantes varias técnicas para cuidar a las abejas nativas americanas. Mientras que los guardianes de las abejas europeas han hecho cajas de madera, o colmenas, para las colonias de abejas, esta no era una práctica común para las abejas nativas americanas. En los últimos 30 años, los expertos en abejas de Brasil han adaptado colmenas para las abejas nativas. Estas colmenas son más pequeñas que las de las abejas europeas, pero las cajas tienen paredes más gruesas para mantener a las abejas calientes en el invierno y frescas en el verano.

Rupa y Marcia también enseñan el uso de una simple trampa para capturar colonias salvajes. Una botella de refresco de plástico, de dos litros o más grande, se cubre con papel de periódico (para mantener el nido tibio) y plástico negro (para mantenerlo oscuro). Se coloca un tubo en una pequeña apertura en el costado de la botella, haciendo una puerta atractiva para atraer a una joven reina a establecer su nido en la botella. La botella se cuelga de un árbol en un bosque con abejas; en un buen hábitat para las abejas, la botella puede albergar abejas en unas semanas. Un hábil apicultor puede más tarde transferir la colonia a una colmena de madera adecuada.

Las colonias débiles pueden ser fortalecidas con comida extra. En el curso de las abejas nativas, aprendimos a hacer potes de cera y llenarlas con miel o polen recolectado por las abejas europeas, que se puede comprar en la tienda. Las abejas nativas comerán la miel y convertirán el polen en “pan de abeja” usando enzimas especiales. También usarán la cera de los potes para hacer sus propias celdas de cría y ollas de comida.

Las abejas hacen cera con un órgano en su abdomen, pero la cera es cara de hacer. Las abejas necesitan seis u ocho gramos de miel para hacer un gramo de cera. Por lo tanto, poner cera en los nidos ayuda a las abejas a establecer una colonia más fuerte, más rápido.

Las universidades brasileñas han estudiado las abejas nativas americanas desde la década de los 1950, y las técnicas para mantener estas abejas se están extendiendo lentamente a otros países de América Latina. También hay abejas nativas de Australia, donde unos ávidos apicultores hacen cajas parecidas a las brasileñas, para criar abejas.

La miel nativa es menos espesa, pero dulce y tiene un sabor fino. Las especies más grandes de abejas nativas pueden hacer hasta ocho litros de miel al año, pero las especies pequeñas sólo pueden hacer un litro, por lo que esta miel es cara, pero está empezando a aparecer en tiendas especializadas.

También conocimos a un ingeniero forestal boliviano, Juan Carlos Aruquipa, que trabaja en un proyecto para enseñar a las mujeres del bosque lluvioso (los Yungas) a manejar las abejas nativas y vender la miel. Esto es importante, porque muchas de las pequeñas flores de los árboles tropicales americanos deben ser polinizados por las abejas para que formen semilla. Y las abejas se alimentan del néctar de los árboles. Así que sin abejas no hay árboles, y sin árboles no hay abejas.

Este es un caso en el que la agricultura avanza en una dirección imaginativa, aprendiendo a cuidar a las abejas silvestres, y a producir una valiosa miel. Las abejas necesitan cierto cuidado, por lo que son perfectas para los pequeños agricultores, especialmente para las mujeres. Las colmenas más pequeñas y las abejas más mansas son más fáciles de manejar. Sería difícil que las empresas grandes las manejan, pero las colmenas pequeñas son ideales para tener en casa. Las abejas nativas americanas son una nueva y creativa dirección para la agricultura agroecológica.

Nombres científicos

Todas las abejas, americanas y europeas, pertenecen a la familia Apidae. Las abejas europeas, africanas y asiáticas con aguijón pertenecen al género Apis. Las abejas americanas, australianas, y africanas sin aguijón pertenecen a la tribu Meliponini. Las abejas nativas grandes pertenecen al género Melipona y las pequeñas se agrupan en varios géneros, entre ellos Trigona, Scaptotrigona, Nannotrigona y Tetratrigonisca. La señorita es Tetragonisca angustula. Además de estas abejas sociales, en las Américas y en otros continentes hay muchas otras especies que son solitarias, como los abejorros.

Más información

Me han interesado las abejas nativas americanas por mucho tiempo, y doy una breve reseña de ellas en: Bentley, Jeffery, W. and Gonzalo Rodríguez 2001 “Honduran Folk Entomology.” Current Anthropology,42(2):285-300.

The right way to distribute trees February 23rd, 2020 by

Vea la versión en español a continuación.

There is a right way and a wrong way to distribute tree seedlings, as I realized recently.

The wrong way. Some 30 years ago, I was visiting a family in a Honduran village, Galeras, when a pickup truck from the Ministry of Agriculture pulled up. Two men unloaded little black plastic bags, each holding a strange, broad-leafed tree seedling.

A woman emerged from the car and without pausing to greet us, she made a breathless speech. “We are giving you little trees to plant. They are good for shade, for timber, for firewood, and cattle can eat the leaves. They are called …” and she rattled off a long, cumbersome scientific name.

“What is the common name?” I asked.

“Oh, I don’t know that, just plant them.”

And then the Ministry people got back in their car and drove off to the next house. In the following weeks, I saw little seedlings piled in front of many homes in Galeras. These trees, which came unannounced and uninvited, were all left to die.

The right way. This week, I visited the communities of Collpa Cala Cala and Collpa Centro, with extensionists from a Bolivian NGO, Fundación Agrecol Andes, which has 20 years of experience in high Andean communities.

This time I was inside the pickup, with the project staff. The team had gone in the day before with a bigger truck, to deliver 5000 pine seedlings to Collpa Cala Cala, and 3600 to Collpa Centro, and more trees to two other villages.  This morning, the little trees were glistening with dew in a cow pasture—the cows were tethered out of reach of the seedlings. The locals soon gathered around us, and in the native language, Quechua, Tito Villarroel (the project coordinator) reminded them that the goal was for “each family to plant the trees that they ordered.” He went on, “Please count out the number of trees you ordered.” Each family had asked for 100 to 500 seedlings.

Tito asked if anyone from the community wanted to speak. Two local men, don Marco and don Juevenal both thanked the project, and said they were sorry it was ending. They said they would like to get trees for two more years.

I asked some of the farmers why they wanted pine trees. “For the timber,” they said. “Either to sell or to use ourselves.”

The project team read the names of each subscribed family, to make sure they were all there, and gave each one a new steel pick, a wooden handle and a hoe, so they would have the right tools to plant the trees. Each family also got a bag of bread rolls and a whole, raw chicken, and a two-liter bottle of soda pop. This food will help to feed the family for the day they take off from their other work to plant the trees.

Each family has agreed to plant the trees in a place of their choosing, where they can protect the trees from roaming livestock. Many of the trees will be planted near people’s homes, or in other places where it is easy to see the animals from the village. The previous year, these same villagers also planted trees, now growing in small stands.

Tito and his colleagues will come back the following week. Each village gets a follow up visit every week. Over the next few visits, the NGO extensionists will make sure that there are no unforeseen problems. But there is little doubt that these folks will plant their trees.

The team hopes that the trees will help to keep the soil on the steep slopes and out of the streams that provide drinking water to the valley below. Almost all of the land around these communities is quite steep, so no matter where the trees are planted, they should help to manage soil erosion. The NGO would have liked to have planted native trees, rather than pines, which are not native to South America. But the local people wanted pine trees, and so that’s what they got.

The moral of the story is, local people will plant and manage forestry trees if:

  • The tree species is of interest to the communities
  • The trees are accompanied by tools, food or other things of value that stimulate folks to invest in planting trees
  • Local people are consulted about the project beforehand and organized

Cynics complain that development work is going in circles, but that’s not true. Like any skill, community development work improves with practice.

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Further reading

Bentley, Jeffery W. & Jorge Valencia 2003 “Learning about Trees in a Quechua-Speaking Andean Community in Bolivia,” pp. 69-134. In Paul Van Mele (ed.) Way Out of the Woods: Learning How to Manage Trees and Forests. Newbury, UK: CPL Press. 143 pp.

Acknowledgements

Thanks to Fundación Agrecol Andes, for inviting me to see their work. Thanks to the project team, including Alexandra Flores, David Torrico, Nelson Daga and Edgar Hinojosa. This project was funded by CRS (Catholic Relief Services) with additional funding by the Coca Cola Foundation. The soft drinks distributed on this visit were from a Bolivian bottler, not Coke.

LA MANERA CORRECTA DE DISTRIBUIR LOS ÁRBOLES

Por Jeff Bentley

23 de febrero del 2020

Los plantines de árboles se pueden distribuir de forma correcta, o incorrecta, como me di cuenta recientemente.

La manera incorrecta. Hace unos 30 años, yo estaba visitando a una familia en una aldea hondureña, Galeras, cuando llegó una camioneta del Ministerio de Agricultura. Dos hombres descargaron pequeñas bolsas de plástico negro. Cada bolsa tenía el plantín de un árbol desconocido, de hoja ancha.

Una mujer se bajó del carro y sin tomar la molestia de saludarnos, hizo un discurso rápido, memorizado. “Les estamos dejando unos pequeños árboles para que los planten. Sirven para la sombra, para la madera, para la leña, y el ganado puede comer las hojas. Se llaman …” y nos dio un largo y engorroso nombre científico.

“¿Cuál es el nombre común?” Pregunté.

“Oh, no lo sé, sólo plántenlas.”

Y sin más ceremonia, la gente del Ministerio volvió a su carro y se fue a la próxima casa. En las semanas siguientes, vi bultos de plantitas frente a muchas casas en Galeras. Estos árboles, que llegaron sin aviso y sin invitación, lentamente se murieran.

La manera correcta. Esta semana, visité las comunidades de Collpa Cala Cala y Collpa Centro, con extensionistas de una ONG boliviana, Fundación AGRECOL Andes, que tiene 20 años de experiencia en comunidades altoandinas.

Esta vez, estuve dentro de la camioneta, con la gente del proyecto. El equipo había entrado el día anterior con un camión más grande, para entregar 5000 plantines de pino a Collpa Cala Cala, y 3600 arbolitos a la Collpa Centro, y más plantines a otras dos comunidades.  Esa mañana, los arbolitos brillaban con el rocío en el prado de las vacas, las cuales estaban atadas fuera del alcance de los plantines. Los comuneros pronto se reunieron a nuestro alrededor, y hablando en el idioma ancestral, quechua, Tito Villarroel (el coordinador del proyecto) les recordó que el objetivo era que “cada familia plante los árboles que había ordenado”. Continuó: “Por favor, cuenten el número de plantines que pidieron”. Cada familia había pedido de 100 a 500 plantines.

Tito preguntó si alguien de la comunidad quería hablar. Dos hombres locales, don Marco y don Juvenal, agradecieron el proyecto y dijeron que no querían que se acabara. Dijeron que les gustaría tener árboles durante dos años más.

Pregunté a algunos de los agricultores por qué querían pinos. “Por la madera”, dijeron. “Para venderla o para usarla nosotros mismos”.

El equipo pasó lista y dio a cada familia suscrita una nueva picota, un mango de madera y un azadón, para que tuvieran las herramientas adecuadas para plantar los árboles. Cada familia también recibió una bolsa de pan, un pollo crudo entero, y una botella de refresco de dos litros. Esta comida ayudará a alimentar a la familia el día que planten los árboles.

Cada familia ha acordado plantar los árboles en un lugar de su elección, donde puedan proteger los árboles del ganado suelto. Muchos de los árboles se plantan cerca de las casas de la gente, o en otros lugares donde es fácil ver los animales de la comunidad. El año anterior, estos mismos vecinos también plantaron árboles, que ahora crecen en pequeños manchones alrededor de las comunidades.

Tito y sus colegas volverán la semana siguiente. Cada comunidad recibe una visita de seguimiento cada semana. En las próximas visitas, los extensionistas de la ONG se asegurarán de que no haya problemas imprevistos. Pero hay pocas dudas de que la gente plantará sus árboles.

El equipo espera que los árboles ayuden a conservar el suelo en las laderas empinadas, para proteger a las quebradas que dan agua potable al valle de abajo. Casi toda la tierra alrededor de estas comunidades es bastante escarpada, por lo que no importa dónde se planten los árboles, ayudará a manejar la erosión del suelo. A la ONG le hubiera gustado plantar árboles nativos, en lugar de pinos, que no son nativos de Sudamérica. Pero la gente local quería pinos, y eso es lo que obtuvieron.

La moraleja es que la gente local plantará y manejará los árboles forestales si:

– Las especies de árboles son de interés para las comunidades

– Los árboles van acompañados de herramientas, alimentos u otras cosas de valor que estimulan a la gente a invertir en la plantación de árboles

– Se consulta a la población local sobre el proyecto de antemano y se organiza

Los cínicos se quejan de que el trabajo de desarrollo sólo da vueltas, pero eso no es cierto. Como cualquier habilidad, el trabajo de desarrollo de la comunidad mejora con la práctica.

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Lectura

Bentley, Jeffery W. & Jorge Valencia 2003 “Aprendiendo sobre Árboles en una Comunidad Andina de Habla Quechua en Bolivia,” pp. 69-134. In Paul Van Mele (ed.) Way Out of the Woods: Learning How to Manage Trees and Forests. Newbury, UK: CPL Press. 143 pp.

Agradecimientos

Gracias a la Fundación AGRECOL Andes, por invitarme a ver este trabajo. Gracias al equipo de trabajo, incluyendo a Alexandra Flores, Nelson Daga, David Torrico y Edgar Hinojosa. Este proyecto fue financiado por CRS (Catholic Relief Services) con fondos adicionales de la Fundación Coca Cola. Los refrescos distribuidos en esta visita fueron de una embotelladora boliviana, no de la Coca Cola.

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