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The committee of the commons May 22nd, 2022 by

Vea la versión en español a continuación

I usually take a dim view of bureaucracy, but a committee may help stop overgrazing as much as a good fence, as I learned this April, in the community of Canrey Chico, in Ancash, Peru.

About 1993, almost 30 years ago, a young teacher, Vidal Rondán, was hired to be a ranger in the Huascarán National Park. Two years later, he had been hired by the Mountain Institute, an NGO, to work with local communities in the high Andes around the park. In 1998 Vidal organized the farmers into a local agricultural research committee, also known as a CIAL. The committee had 11 farmer-members elected by their community to do research on a pressing problem.

The community loaned the CIAL a two-hectare plot to do experiments on cattle grazing for the 120 members of the Cordillera Blanca Farmers’ Association, which collectively managed the lands of a former hacienda. The CIAL spent a year studying topics like organic fertilization, irrigation and fencing. The results were so promising that the community gave the committee 40 hectares to do more experiments

As community member Dalia Rodríguez explained, before the CIAL, the cattle roamed loose, eating whatever grasses they wanted. Such permissive grazing may seem fine, but over the years the cows and sheep eat all their favorite grasses down to the nub, and the nasty plants encroach on the pasture.

In the 1990s, when the community learned about the CIAL’s research, they began rotating the cattle between smaller, fenced areas. That obliged the livestock to eat more plant species, not just the tastiest ones. As doña Delia explained, in the dry season, folks began keeping the cattle on open pasture in the high country, and in the rainy season moving the cows to fenced grazing closer to the farmsteads.

The members of the Cordillera Blanca farmers’ association own about 600 head of cows, including 58 that are managed collectively. To avoid overgrazing, each community member is limited to a maximum of 25 cows. Movements and numbers of animals are overseen by a board of directors of the Cordillera Blanca Farmers’ Association, which has a president, vice-president, secretary, treasurer and various committees on areas like grazing, equipment, and fence. The board members and the committees meet once a month.

Paul and Marcella and I were lucky enough to visit Cordillera Blanca for one of their monthly meetings, which started promptly at 9 AM. Weather-beaten farmers, dressed in their work clothes, filled the small room of an old adobe house. After a while they sent word to Vidal, to say that we could come inside. We briefly discussed our project to film a video about grazing. They gave us permission, and then politely dismissed us. They had business to attend to, and they could manage without any advice from friendly outsiders.

These committees decide when to move cattle down from the high country. They make sure that they don’t put the livestock into a pasture until the grass has recovered, and the seed heads are mature enough to self-seed the next year’s pasture. The board and the committees decide on when to invest in repairing fences, with the members working together to dig the post holes and stretch the barbed wire. The 120 member households meet as needed, when decisions must be approved by all community members.

The board also hires a community cowboy, who along with his wife milks all of the cows in the collective herd and sells the milk back to local women, who make cheese, which they sell. Doña Delia explains that they sell the cheese locally or feed it to their families. Selling the milk allows the community to earn an income to invest in fences, sprinkler irrigation or other tools. Rotational grazing and fences save the farmers time; they no longer have to spend hours looking for their cows.

Vidal and the CIAL are still jointly researching agricultural innovations, which the community manages within their own structure of committees. Fences may be useful bits of hardware for managing livestock, but a system of farmer-managed committees can be the software that makes the  communal grazing land work.

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Further reading

Bentley, Jeffery W., Sylvie Priou, Pedro Aley, Javier Correa, Róger Torres, Hermeregildo Equise, José Luis Quiruchi & Oscar Barea 2006 “Method, Creativity and CIALs.” International Journal of Agricultural Resources, Governance and Ecology 5(1):90-105.

Acknowledgements

The visit to Peru to film various farmer-to-farmer training videos with farmers like doña Delia was made possible with the kind support of the Collaborative Crop Research Program (CCRP) of the McKnight Foundation. Thanks to Vidal Rondán of the Mountain Institute for introducing us to the community.

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Working in groups to save water

COMITÉ CAMPESINO

Jeff Bentley, 22 de mayo del 2022

Normalmente no soporto la burocracia, pero un comité puede ayudar a frenar el sobrepastoreo, junto con un buen cerco, como aprendí este mes de abril en la comunidad de Canrey Chico, en Ancash, Perú.

Hacia 1993, hace casi 30 años, un joven profesor, Vidal Rondán, fue contratado como guardaparque en el Parque Nacional Huascarán. Dos años después, fue contratado por el Instituto Montaño, una ONG, para trabajar con las comunidades locales en las faldas andinas, alrededor del parque. En 1998, Vidal organizó a los agricultores en un comité local de investigación agrícola, también conocido como CIAL. El comité tenía 11 miembros agricultores elegidos por su comunidad para investigar un problema serio.

La comunidad prestó al CIAL una parcela de dos hectáreas para hacer experimentos sobre el pastoreo con los 120 miembros de la Asociación Campesina de Cordillera Blanca, que maneja colectivamente las tierras de una antigua hacienda. Después de que el CIAL pasara un año estudiando temas como la fertilización orgánica, el riego y los cercos, los resultados fueron tan prometedores que la comunidad prestó al comité 40 hectáreas para trabajar específicamente en el pastoreo.

Como explicó Dalia Rodríguez, miembro de la comunidad, antes del CIAL el ganado andaba suelto, comiendo los pastos que le daban la gana. Un pastoreo tan permisivo puede parecer agradable, pero con el paso de los años las vacas y las ovejas se comen todas sus hierbas favoritas al ras del suelo, y las plantas desagradables invaden el pasto.

En la década de los 1990, cuando la comunidad aprendió de las investigaciones del CIAL, empezaron a rotar el ganado entre secciones más pequeñas y cercadas. Eso  obliga al ganado a comer más especies, no sólo las más sabrosas. Como explicó doña Delia, la gente empezó a dejar el ganado en los pastos altos en la época seca, y en la estación lluviosa se bajaban a los pastos cercados más cercanos a las casas de la gente.

Los miembros de la Asociación Campesina  Cordillera Blanca tienen unas 600 cabezas de ganado, de las cuales 58 se manejan colectivamente. Para evitar el sobrepastoreo, cada miembro de la comunidad está limitado a un máximo de 25 vacas. Los movimientos y el número de animales son supervisados por una junta directiva de la Asociación, que tiene un presidente, un vicepresidente, un secretario, una tesorera y varios comités sobre temas como el pastoreo, los equipos y el cercado. Los miembros de la junta directiva y los comités se reúnen una vez al mes.

Paul, Marcella y yo tuvimos la suerte de visitar Cordillera Blanca para asistir a una de sus reuniones mensuales, que comenzó puntualmente a las 9 de la mañana. Los campesinos quemados del sol, vestidos con su ropa de trabajo, llenaban la pequeña sala de una vieja casa de adobe. Pasado un rato, avisaron a Vidal de que podíamos entrar. Hablamos brevemente de nuestro proyecto de filmar un video sobre el pastoreo. Nos dieron permiso, y luego nos dejaron salir. Tenían asuntos que atender, y podían arreglárselas sin el consejo de gente de afuera.

Estos comités deciden cuándo bajar el ganado de la zona alta. Se aseguran de no poner el ganado en un pasto hasta que se haya recuperado y está echando espigas, para auto-sembrar el pasto del año siguiente. La junta directiva y los comités deciden cuándo invertir en la reparación de los cercos, y los miembros trabajan juntos para plantar los postes y tender el alambre de púas. Los 120 hogares miembros se reúnen cuando es necesario, y las decisiones deben ser aprobadas por todos los miembros de la comunidad.

La junta también contrata a un vaquero de la comunidad, que junto con su esposa ordeña todas las vacas del rebaño colectivo y vende la leche a las mujeres de la zona, que hacen queso. Doña Delia explica que venden el queso localmente o se lo dan a sus familias. La venta de la leche permite a la comunidad obtener ingresos para invertir en cercos, riego por aspersión u otras herramientas. El pastoreo rotativo y los cercos ahorran tiempo a los ganaderos, que ya no tienen que pasar horas buscando a sus vacas.

Vidal y el CIAL siguen investigando conjuntamente las innovaciones agrícolas, que la comunidad gestiona dentro de su propia estructura de comités. Los cercos sirven para manejar el ganado, pero algunos comités organizados por los agricultores puede ser el software que haga funcionar el pastoreo comunal.

Previamente en el blog de Agro-Insight

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Mother and calf

Lectura adicional

Bentley, Jeffery W., Sylvie Priou, Pedro Aley, Javier Correa, Róger Torres, Hermeregildo Equise, José Luis Quiruchi & Oscar Barea 2006 “Method, Creativity and CIALs.” International Journal of Agricultural Resources, Governance and Ecology 5(1):90-105.

Agradecimientos

Nuestra visita al Perú para filmar varios videos agricultor-a-agricultor con agricultoras como doña Delia fue posible gracias al generoso apoyo del Programa Colaborativo de Investigación de Cultivos (CCRP) de la Fundación McKnight. Gracias a Vidal Rondán del Instituto Montaño por presentarnos a la comunidad.

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Mother and calf May 8th, 2022 by

Nederlandse versie hieronder

Estela Balabarca and her husband Feliciano Cruz, in the village of Canrey Chico, in Ancash, Peru, are in their late fifties early sixties and every day milk their 8 cows. One morning, the couple had invited us to join them while they moved their cows and calves to a new pasture, something we wanted to film for our video on rotational grazing.

Marcella, Jeff and I arrive early, to be sure we don’t miss this event. Feliciano opens the gate for us and tells us that they still need to milk their cows before moving them. Although we already had some shots from a local person milking, Marcella, who lets no moment go to waste, starts filming, while Jeff and I keep out of the frame and carefully observe how they go about milking.

All cows are tethered. Tied with a rope to a peg pounded into the soil, the animals can only graze a certain circle of pasture. Their calves are tethered a bit further down in the field. When Feliciano releases one calf, she immediately runs to her mother to suckle. From the other side of the cow, Feliciano, removes the teat from the calf’s mouth after which she quickly searches another teat to suckle on. After having repeated this several times, Feliciano knows the cow is releasing her milk. He now pulls the rope of the calf away from the mother, and inserts the peg in the soil, leaving the rope just long enough so that the calf can be nuzzled by her mother.

When you take the time to watch this scene, and see how mother and calf lovingly rub against each other, you cannot but feel tenderness for the animals and respect for the farmers who treat their animals like loving, living creatures.

Their cows look healthy, mostly crossbreeds with the Brown Swiss breed, and seeing the grasses and flowering plants as we have in Europe, and snow-peaked mountains in the back, it takes little imagination to think for a moment that you are in Switzerland.

In less than 5 minutes Estela has her bucket full of creamy milk. When I ask her how much each cow gives, she says: “Each cow gives about 6 litres of milk. You see my bucket is full, but the top is all foam.” In the evening, each cow gives another 3 to 4 litres. Both the milk and the cheese they prepare from it are sold to the local community.

After finishing milking a cow, the farmer releases the calf again. As she suckles, the calf drains the mother’s teats of any remaining milk. This ensures that the teat does not get the bacterial infection called mastitis. This painful infection of teats and udder, after which the cow may stop giving milk, is a frequent disease across the globe for which often antibiotics are used.

While industrial farming has reduced cows to milking machines who may never get to see a green pasture or have time to caress their offspring, it is encouraging that various international efforts are being made to bring back ethical values in food production. The Natural Livestock Farming Foundation (NLF) is one such great initiative that shares experiences between dairy farmers in the Netherlands, India, Uganda and Ethiopia (among others). NLF regularly organises international webinars and events on natural ways of dairy calf raising and animal health. By including examples in farmer-to-farmer training videos, such as the one we are producing on rotational grazing in Peru, we hope such respectful practices will inspire farmers across the world.

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The visit to Peru to film various farmer-to-farmer training videos with farmers like doña Estela and don Fernando was made possible with the kind support of the Collaborative Crop Research Program (CCRP) of the McKnight Foundation. Thanks to Vidal Rondán of the Mountain Institute for introducing us to the community.

Videos on how to improve livestock

See the many training videos on livestock hosted on the Access Agriculture video platform.

 

Moeder en kalf

Estela Balabarca en haar man Feliciano Cruz, in het dorp Canrey Chico, in Ancash, Peru, zijn eind vijftig begin zestig en melken elke dag hun 8 koeien. Op een ochtend had het echtpaar ons uitgenodigd om met hen mee te gaan terwijl ze hun koeien en kalveren naar een nieuwe weide verplaatsten, iets wat we wilden filmen voor onze video over rotatiebegrazing.

Marcella, Jeff en ik komen vroeg aan, om er zeker van te zijn dat we dit evenement niet missen. Feliciano opent het hek voor ons en vertelt ons dat ze hun koeien nog moeten melken voordat ze verplaatst worden. Hoewel we al enkele opnamen hadden van een lokaal persoon die aan het melken was, begint Marcella, die geen moment onbenut laat, te filmen, terwijl Jeff en ik buiten beeld blijven en zorgvuldig observeren hoe ze te werk gaan bij het melken.

Alle koeien zijn vastgebonden. Vastgebonden met een touw aan een in de grond geslagen pin, kunnen de dieren alleen grazen in een bepaalde cirkel van de weide. Hun kalveren zijn vastgebonden een eindje verderop in het veld. Als Feliciano een kalf loslaat, rent het onmiddellijk naar haar moeder om te zogen. Aan de andere kant van de koe gezeten, verwijdert Feliciano de speen uit de mond van het kalf, waarna het snel een andere speen zoekt om aan te zuigen. Na dit verschillende keren herhaald te hebben, weet Feliciano dat de koe haar melk aan het afgeven is. Hij trekt nu het touw van het kalf weg van de moeder, en steekt de pin in de grond, waarbij hij het touw net lang genoeg laat zodat het kalf door haar moeder kan worden geknuffeld.

Als je de tijd neemt om dit tafereel te bekijken, en ziet hoe moeder en kalf liefdevol tegen elkaar aan schuren, kun je niet anders dan tederheid voelen voor de dieren en respect voor de boeren die hun dieren behandelen als liefdevolle, levende wezens.

Hun koeien zien er gezond uit, meestal kruisingen van het ras Brown Swiss, en bij het zien van de grassen en bloeiende planten zoals wij die in Europa hebben, en de met sneeuw bedekte bergen op de achtergrond, is er weinig fantasie nodig om je voor een moment in Zwitserland te wanen.

In minder dan 5 minuten heeft Estela haar emmer vol romige melk. Als ik haar vraag hoeveel elke koe geeft, zegt ze: “Elke koe geeft ongeveer 6 liter melk. Je ziet dat mijn emmer vol is, maar de bovenkant is allemaal schuim.” s Avonds geeft elke koe nog eens 3 tot 4 liter. Zowel de melk als de kaas die ze ervan maken, worden verkocht aan de plaatselijke gemeenschap.

Nadat de boer klaar is met het melken van de koe, laat hij het kalf weer vrij. Terwijl het kalf zoogt, onttrekt het de resterende melk aan de spenen van de moeder. Dit zorgt ervoor dat de speen niet de bacteriële infectie oploopt die mastitis wordt genoemd. Deze pijnlijke infectie van spenen en uier, waarna de koe kan stoppen met het geven van melk, is een veel voorkomende ziekte over de hele wereld waarvoor vaak antibiotica worden gebruikt.

Terwijl de industriële landbouw koeien tot melkmachines heeft gereduceerd die misschien nooit een groene weide te zien krijgen of tijd hebben om hun kalveren te strelen, is het bemoedigend dat er diverse internationale inspanningen worden geleverd om ethische waarden in de voedselproductie terug te brengen. De Natural Livestock Farming Foundation (NLF) is zo’n geweldig initiatief dat ervaringen uitwisselt tussen melkveehouders in onder meer Nederland, India, Oeganda en Ethiopië. NLF organiseert regelmatig internationale webinars en evenementen over natuurlijke manieren van melkkalveropfok en dierengezondheid. Door voorbeelden op te nemen in trainingsvideo’s van boer tot boer, zoals de video die we momenteel maken over rotatiebegrazing in Peru, hopen we dat dergelijke respectvolle praktijken boeren over de hele wereld zullen inspireren.

Farming as a lifestyle May 1st, 2022 by

Nederlandse versie hieronder

In the Andes mountains of Peru, cattle and sheep are part of many rural families’ livelihoods. Large landowners used to own haciendas, large farms and ranches, often spanning an area of several villages. But during the land reform of the 1990s the haciendas were divided up among the families who worked the land. Some of the extensive grazing lands were given to community associations. Today, many people in the communities own a few hectares of private land. Besides grazing their animals on their private paddocks, during part of the year they also let their animals graze on communal land.

During our filming trip, Marcella, Jeff and I spent a week interacting with farmers in the village of Canrey Chico, at about 3,200 meters above sea level. We learned that the community association regulates its communal grazing land carefully, through various local committees: some in charge of managing fences, others deal with managing the pasture, or selling the milk of the 58 community cows. On top of these, individual families own their own cows, about 550, an average of 6 cows per family. To avoid overgrazing, a household is not allowed to own more than 25 cows.

One day, we drove up the rocky road to visit farmers in what locals call the high country. At over 4,300 meters, the vegetation is much drier: patches of dried ichu, or needle grass, dot the rocky soil. Lichens and some delicate flowers become apparent only when one takes a closer look. Driving through a river with crystal clear water and breath-taking landscapes with snow-capped mountains lining the horizon, we wonder where we are heading. Then, all of a sudden, after having crossed another slope, we spot a small farmhouse with a green field that turns out to be oats on closer inspection..

Robert Balabarca, president of the Cordillera Blanca farmers’ association, who is our local guide, quickly notices that no one is at home. There is no telephone signal and the farmer whom we were supposed to meet has already left with his herd. This is a good reminder that farmers anywhere in the world are busy people, and one should never be late to an appointment. (We had spent more time than we had bargained for earlier that morning, admiring some native forest trees planted by the community to stop wind erosion). As we wonder what to do, Robert spots a woman with  a flock of sheep in the distance. With a little effort, we finally see them, too.  We start walking towards the flock with all our filming gear, crossing various bofedales, high Andean wetlands, where the stones are slippery with moss and the water is cold and can quickly fill your boots. We find the landscape difficult to walk through, but the shepherdess, Trinidad León moves her animals quickly through it and invites us to follow her to her house.

I notice a small dome-shaped, woven structure raised on wooden poles and I wonder what this is for, to be told that this is their cupboard where they keep their bread, cheese and other food, out of reach of animals.

Before we interview Trinidad on camera, she explains how they manage their dairy cows and sheep. Although they bought a small house in Huaraz, the nearest city, to send their children to secondary school, the couple has been living permanently in the countryside for 30 years, leading a simple life. They are one of the few families living on the communal land.

Trinidad and her husband keep their animals overnight in a corral, where the animals defecate and urinate, forming a thick crust of organic fertilizer. After 2 to 3 months, the family makes a corral in a different place, ploughs the manure into the soil and plants oats and barley as green fodder. The water that flows nearby helps to irrigate the plot in the dry season. Every day, they cut some fodder to feed the animals a nutritious meal when they return from grazing. After cutting all the green fodder, they let the animals graze on the stubble, while planting more fodder in a different corral. Jeff and I are intrigued by this highly creative way of ensuring fodder throughout the year, so we decide to capture all this on video to inspire farmers in other parts of the world.

“My sheep are nice and fat and ready to be sold,” says Trinidad, while we give her a lift to town. When I ask her how she manages to get her sheep to town, she says that either people come with a truck to buy animals, or she walks them to the nearest village some 10 kilometres away, where she can load a few sheep onto a rural bus, going to the city.

This visit has shown once more how farming is not just a profession, but a functional lifestyle that some people are keen to preserve. Small-scale farming allows some people to live in a place they love, educate their children, and produce attractive products, like sheep and cheese, that city people want to buy.

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The visit to Peru to film various farmer-to-farmer training videos with farmers like Trinidad was made possible with the kind support of the Collaborative Crop Research Program (CCRP) of the McKnight Foundation. Thanks to Vidal Rondán of the Mountain Institute for introducing us to the community.

Videos on how to improve livestock

See the many training videos on livestock hosted on the Access Agriculture video platform.

 

Landbouw als levensstijl

In het Andesgebergte in Peru zijn runderen en schapen een onderdeel van het levensonderhoud van veel plattelandsgezinnen. Vroeger waren grootgrondbezitters eigenaar van haciënda’s, grote boerderijen en ranches, die vaak een gebied van meerdere dorpen besloegen. Maar tijdens de landhervorming van de jaren ’90 werden de haciendas verdeeld onder de families die het land bewerkten. Sommige van de uitgestrekte weidegronden werden aan gemeenschapsverenigingen gegeven. Tegenwoordig bezitten veel mensen in de dorpen een paar hectare privé-land. Naast het weiden van hun dieren op hun privéweiden, laten zij hun dieren gedurende een deel van het jaar ook grazen op gemeenschapsgronden.

Tijdens onze filmreis hebben Marcella, Jeff en ik een week lang contact gehad met boeren in het dorp Canrey Chico, op ongeveer 3.200 meter boven zeeniveau. We leerden dat de gemeenschapsvereniging haar gemeenschappelijke weidegronden zorgvuldig regelt, via verschillende lokale comités: sommigen zijn belast met het beheer van omheiningen, anderen houden zich bezig met het beheer van de weides, of met de verkoop van de melk van de 58 gemeenschappelijke koeien. Daarnaast hebben individuele gezinnen hun eigen koeien, ongeveer 550, een gemiddelde van 6 koeien per gezin. Om overbegrazing te voorkomen, mag een gezin niet meer dan 25 koeien bezitten.

Op een dag reden we de rotsachtige weg op om boeren te bezoeken in wat de plaatselijke bevolking het hoogland noemt. Op een hoogte van meer dan 4.300 meter is de vegetatie veel droger: op de rotsige bodem groeien opgedroogde ichu, of naaldgras. Korstmossen en enkele tere bloemen worden pas duidelijk als je beter kijkt. Rijdend door een rivier met kristalhelder water en adembenemende landschappen met besneeuwde bergtoppen aan de horizon, vragen we ons af waar we heen gaan. Dan, plotseling, na weer een helling te hebben overgestoken, zien we een kleine boerderij met een groen veld dat van dichterbij haver blijkt te zijn.

Robert Balabarca, voorzitter van de boerenvereniging van de Cordillera Blanca, die onze plaatselijke gids is, merkt al snel dat er niemand thuis is. Er is geen telefoonsignaal en de boer die we zouden ontmoeten is al vertrokken met zijn kudde. Dit is een goede herinnering aan het feit dat boeren overal ter wereld drukbezette mensen zijn, en dat je nooit te laat op een afspraak moet komen. (We hadden eerder die ochtend meer tijd doorgebracht dan we hadden verwacht, toen we enkele inheemse bomen bewonderden die door de gemeenschap waren geplant om winderosie tegen te gaan). Terwijl we ons afvragen wat we moeten doen, ziet Robert in de verte een vrouw met een kudde schapen. Met een beetje moeite zien wij ze eindelijk ook.  Met al onze filmspullen beginnen we naar de kudde toe te lopen, dwars door verschillende bofedales, hooggelegen wetlands in de Andes, waar de stenen glibberig zijn van het mos en het water koud is en je schoenen snel vol kunnen lopen. We vinden het landschap moeilijk begaanbaar, maar de herderin, Trinidad León beweegt haar dieren er snel doorheen en nodigt ons uit haar te volgen naar haar huis.

Ik zie een kleine koepelvormige, gevlochten structuur op houten palen staan en vraag me af waar dit voor is, om te horen te krijgen dat dit hun kast is waar ze hun brood, kaas en ander voedsel bewaren, buiten het bereik van dieren.

Voordat we Trinidad voor de camera interviewen, legt ze uit hoe ze met hun melkkoeien en schapen omgaan. Hoewel ze een huisje kochten in Huaraz, de dichtstbijzijnde stad, om hun kinderen van secundair onderwijs te laten genieten, leven het echtpaar reeds 30 jaar permanent op het platteland om een eenvoudig leven te leiden. Ze zijn een van de weinige families die op het gemeenschapsland wonen.

Trinidad en haar man houden hun dieren ‘s nachts in een kraal, waar de dieren zich ontlasten en urineren en zo een dikke korst organische meststof vormen. Na 2 tot 3 maanden maakt de familie een kraal op een andere plaats, ploegt de mest in de grond en plant haver en gerst als groenvoeder. Het water dat in de buurt stroomt, helpt om het perceel in het droge seizoen te irrigeren. Elke dag snijden ze wat groenvoer om de dieren een voedzame maaltijd te geven als ze terugkomen van het grazen. Nadat al het groenvoer is gemaaid, laten ze de dieren grazen op de stoppels, terwijl ze in een andere kraal meer voer planten. Jeff en ik zijn geïntrigeerd door deze uiterst creatieve manier om het hele jaar door voor veevoer te zorgen, dus besluiten we dit alles op video vast te leggen om boeren in andere delen van de wereld te inspireren.

“Mijn schapen zijn lekker dik en klaar om verkocht te worden,” zegt Trinidad, terwijl we haar een lift naar de stad geven. Als ik haar vraag hoe ze haar schapen naar de stad krijgt, zegt ze dat er ofwel mensen met een vrachtwagen komen om dieren te kopen, of dat ze ze naar het dichtstbijzijnde dorp zo’n 10 kilometer verderop brengt, waar ze een paar schapen op een plattelandsbus kan laden, die naar de stad gaat.

Dit bezoek heeft eens te meer aangetoond dat landbouw niet zomaar een beroep is, maar een functionele levensstijl die sommige mensen graag in stand willen houden. Kleinschalige landbouw stelt sommige mensen in staat te leven op een plek waar ze van houden, hun kinderen op te voeden, en aantrekkelijke producten te produceren, zoals schapen en kaas, die stadsmensen willen kopen.

From potatoes to cows December 26th, 2021 by

Vea la versión en español a continuación

Last week I wrote about women farmers who felt a need to take a more active role in decision-making.

During the script-writing workshop, besides validating fact sheets, the writers went back to the field to share their ideas for scripts with the communities. Because once is not enough: you have to talk to several people to get a more complete vision of your topic.

In Carrillo, Cotopaxi, Ecuador, some of our script writers had interacted with the community for years. This village had a lot of experience with organization. The writers in our workshop managed to bring together a large group of women who had held leadership roles for years.

It was raining and even though we were almost on the equator, in the high Andes it soon became chilly. I was in Carrillo with Diego Montalvo, agronomist, and Guadalupe Padilla, environmental engineer, who works in the community. As we clustered on the porch of the community center, a local woman, doña Verónica, told her story. She left Carrillo to study agronomy. After graduation she lived in the city for two years, but she came home when her dad became ill. Because of her education, she was assigned a leading role in a local organization, one she has kept for years. Not that it’s always easy; the men in the group tend to listen more to male leaders, and at times they make noise to disrupt the meeting when women leaders are speaking.

At the end of a frank and useful meeting, the women farmers spontaneously began discussing another topic among themselves, something more interesting: animal health.

The whole group wanted to learn how to vaccinate, give medicines and even do minor surgery on dairy cattle.  Verónica explained that she had learned almost all there was to know about cattle at university, even artificial insemination, and she would like to help this group receive training on livestock.

The women’s group had demanded that Guadalupe prepare more information for them on how to make their own cattle feed.

It caught my attention that these outspoken, well-organized women wanted to talk so much about cows.

Later I realized why, when I spoke with some of our other writers in the workshop. Israel, Nancy, Mishel and Mayfe had met with a group of women to talk about how to manage seed potatoes.

Israel was kind of surprised when he came out of the meeting. These farmers, whose ancestors had grown potatoes for centuries, wanted to abandon the crop, to raise cattle.

The potatoes were being destroyed by a mysterious new disease called purple top, still poorly understood by scientists. The disease ruins the potatoes. The farmers have fought back against purple top by spraying insecticides every week to kill the psyllid, a small insect which may vector the disease. But even by spending a thousand dollars a year, per farm, the disease was out of control.

On the other hand, the rolling fields of Carrillo are perfect for alfalfa and other fodder crops. And cities like Quito, growing explosively, buy all the milk that Ecuador’s farmers can provide. The weekly payment from the dairy would allow the women farmers to buy food for their families.

This is why the women leaders are so interested in cattle.

Smallholders, ever adaptable, are willing to change from one farming system to another, completely different one. From potatoes to cows, to adapt to changes in the natural environment. Women farmers often value training on leadership, but farming constantly requires new technical information, which smallholders want to receive.

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Thanks to Guadalupe Padilla, Diego Montalvo, Israel Navarrete and Paul Van Mele for their comments on an earlier version of this story. Our work was supported by the Collaborative Crop Research Program (CCRP) of the McKnight Foundation.

DE PAPAS A VACAS

Por Jeff Bentley, 26 de diciembre del 2021

La semana pasada escribí que las agriculturas sienten la necesidad de jugar un rol más grande en la toma de decisiones.

Dos días después de leer las hojas volantes en una comunidad, los escritores volvieron al campo y compartieron sus ideas para los guiones con las comunidades. Porque una sola vez no es suficiente: hay que hablar con varias personas para tener una visión más completa de cualquier tema.

En Carrillo, Cotopaxi, Ecuador, algunos de nuestros escritores de guiones habían interactuado con la comunidad durante años. Esta comunidad tenía mucha experiencia con la organización. En Carrillo, nuestros escritores lograron reunir un grupo grande de mujeres quienes hace años habían ejercido roles de liderazgo.

Llovía, y a pesar de que estábamos casi en la línea ecuatorial, hace frío en los altos Andes. Estuve con Diego Montalvo, ingeniero agrónomo, y Guadalupe Padilla, ingeniera ambiental, quien trabaja en Carillo. Nos reunimos en el corredor de una sede comunitaria, mientras una comunera, doña Verónica, nos contó su historia. Ella dejó Carrillo para estudiar agronomía. De ingeniera vivía en la ciudad por dos años, pero volvió a su comunidad cuando su papá se enfermó. Debido a su escolaridad, ella fue asignada un rol de lideresa en una organización local, y lo ha ejercido durante años. No siempre le toca muy fácil; los hombres en el grupo suelen escuchar a los líderes varones, y a veces hacen bulla, para molestar cuando las lideresas hablan.

Al final de nuestra conversación franca y útil con las agricultoras, ellas mismas espontáneamente pasaron a otro tema, aún más interesante: la salud animal.

El grupo entero quería aprender sobre vacunar, dar medicamentos y hasta hacer cirugía menor en el ganado lechero. Verónica explicó que ella aprendió casi todo sobre el ganado en la universidad, hasta la inseminación artifició, y que le gustaría ayudar al grupo a recibir capacitación pecuaria.

El grupo de mujeres ha demandado que Guadalupe las prepare más información sobre cómo hacer su propio concentrado para el ganado.

Me llamó la atención que estas mujeres expresivas, y bien organizadas quieren hablar tanto sobre las vacas.

Luego me di cuenta porque, al hablar con otros escritores en el taller, Israel, Nancy, Mishel y Mayfe se reunieron con un grupo de mujeres para hablar sobre el buen manejo de la semilla de papa.

Israel estaba un poco sorprendido cuando salió de la reunión. Estas agricultoras que han cultivado la papa durante siglos querían abandonar el cultivo, para criar ganado.

Las papas se están destruyendo por una misteriosa nueva enfermedad llamada punta morada, todavía poco comprendida por los científicos. La enfermedad arruina la papa. Los agricultores luchan contra la punta morada fumigando insecticida cada semana para matar al psílido, un pequeño insecto que posiblemente es el vector de la enfermedad. Pero aun gastando más de mil dólares al año, por finca, la enfermedad estaba afuera de control.

Por otro lado, los ondulados campos de Carrillo son perfectos para alfalfa y otros forrajes. Y las ciudades como Quito, en crecimiento explosivo, compran toda la leche que se puede producir. El pago semanal de la lechería permite a las agricultoras comprar comida para sus familias.

Es por eso que las lideresas locales están tan interesadas en el ganado.

Los campesinos, siempre adaptándose, están dispuestos a cambiar de un sistema de producción a otro completamente diferente. De papas a vacas, para adaptarse a los cambios en su ambiente natural. Las agricultoras sí aprecian la capacitación sobre el liderazgo, pero la agricultura constantemente requiere de nueva información técnica, la cual ellas también demandan.

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Agradecimientos

Gracias a Guadalupe Padilla, Diego Montalvo, Israel Navarrete y Paul Van Mele por sus comentarios sobre una versión anterior de este relato. Nuestro trabajo ha sido auspiciado por el Programa Colaborativo de Investigación sobre Cultivos (CCRP) de la Fundación McKnight.

Community and microbes December 5th, 2021 by

Vea la versión en español a continuación

“In grad school they taught us budding plant pathologists that the objective of agriculture was to ’feed the plants and kill the bugs,” my old friend Steve Sherwood explained to me on a visit to his family farm near Quito, Ecuador. “But we should have been feeding the microbes in the soil, so they could take care of the plants,”

When Steve and his wife, Myriam Paredes, bought their five-hectare farm, Granja Urkuwayku, in 2000, it was a moonscape on the flanks of the highly eroded Ilaló Volcano. The trees had been burned for charcoal and the soil had been stripped down to the bedrock, a hardened volcanic ash locally called cangahua that looked and felt like concrete. A deep erosion gulley was gouging a wound through the middle of the farm. It was a fixer-upper, which was why Steve and Myriam could afford it.

Now, twenty years later, the land is covered in rich, black soil, with green vegetable beds surrounded by fruit trees and native vegetation.

The first step to this rebirth was to take a tractor to the cangahua, to break up the bedrock so that water and compost could penetrate it. This was the only time Steve plowed the farm.

To build the broken stone into soil, Steve and Myriam added manure, much of it coming from some 100 chickens and 300 guinea pigs – what they describe as the “sparkplugs of the farm’s biological motor.”

By 2015, Urkuwayku seemed to be doing well. The farm has attracted over 300 partners, families that regularly buy a produce basket from the farm, plus extras like bread, eggs, mushrooms, honey, and firewood, in total bringing in about $1,000 a week. Besides their four family members, the farm also employs four people from the neighborhood, bringing in enough money to pay for itself, so Steve and Myriam don’t have to subsidize the farm with their salaries, from teaching. The nasty gulley is now filled in with grass-covered soil, backed up behind erosion dams. Runoff water collects into a 500,000-liter pond, used to irrigate the crops during the dry season.

But in 2015 Myriam and Steve tested the soil and were surprised to see that it was slowly losing its fertility.

They think that the problem was too much tillage and not enough soil cover. Hoeing manure into the vegetable beds was breaking down the soil structure and drying out the beds, killing the beneficial fungi. As Steve explains, “the fungi are largely responsible for building soil particles through their mycelia and sweat, also known as glomalin, a carbon-rich glue that is important for mitigating climate change.” The glomalin help to remove carbon from the air, and store it in the soil.

Then Steve befriended the administrator of a local plywood factory. The mill had collected a mountain of bark that the owner couldn’t get rid of. Steve volunteered to take it off their hands. The two top advantages of peri-urban farming are greater access to customers, and some remarkable sources of organic matter.

So the plywood factory started sending Steve dump-truck loads of bark (mostly eucalyptus). To get the microbes to decompose the bark, Steve composts sawdust with some organic matter from the floor of a local native forest. The microbe-rich sawdust is then mixed with the bark and carefully spread in deep layers between the rows of vegetables, which were now tilled as little as possible. The vegetables are planted in trays, and then transplanted to the open beds.

No matter how much bark and sawdust Steve and his team lay down, the soil always absorbs it. The soil seems to eat the bark, just as in a forest. The soil microbes thrive on the bark to create living structures, like mycelia: fungal threads that reach all the way through the vegetable beds, in between the bark-filled paths. Steve and Myriam have learned that the microbes have a symbiotic relationship with plants; microbes help a plant’s roots find moisture and nutrients, and in turn, the plant gives about a third of all of its energy from photosynthesis back to the microbes.

Myriam and Steve have seen that as the soil becomes healthier, their crops have fewer problems from insect pests and diseases. In large part, this is because of the successful marriage between plants and the ever-growing population of soil microbes. Urkuwayku is greener every year. It produces enough to feed a family and employ four people, while regularly supplying 300 families with top-notch vegetables, fruits, and other produce. A community of consumers supports the farm with income, while a community of microorganisms builds the soil and feeds the plants.

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COMUNIDAD Y MICROBIOS

“En la escuela de posgrado nos enseñaron a los futuros fitopatólogos que el objetivo de la agricultura era ‘alimentar a las plantas y matar a los bichos’”, me explicó mi viejo amigo Steve Sherwood durante una visita a su granja familiar cerca de Quito, Ecuador. “Pero deberíamos haber alimentado a los microbios del suelo, para que ellos cuidaran a las plantas”.

Cuando Steve y su esposa, Myriam Paredes, compraron su finca de cinco hectáreas, Granja Urkuwayku, en el año 2000, era un paisaje lunar en las faldas del erosionado volcán Ilaló. Los árboles habían sido quemados para hacer carbón y del suelo no quedaba más que la roca madre, una dura ceniza volcánica llamada “cangahua” que parecía hormigón. Una profunda cárcava erosionaba un gran hueco en el centro de la granja. La propiedad necesitaba mucho trabajo, y por eso Steve y Myriam podían acceder a comprarla.

Ahora, veinte años después, el terreno está cubierto de una rica tierra negra, con camellones verdes rodeados de árboles frutales y nativos.

El primer paso de este renacimiento fue meter un tractor a la cangahua, para romper la roca para que el agua y el abono pudieran penetrarla. Esta fue la única vez que Steve aró la finca.

Para convertir la piedra rota en suelo, Steve y Myriam añadieron estiércol; mucho venía de unas 100 gallinas y 300 cuyes, lo que la pareja describe como las “bujías del motor biológico de la granja.”

En 2015, Urkuwayku parecía ir bien. La granja ha atraído a más de 300 socios, familias que compran regularmente una canasta de productos de la granja, además de extras como pan, huevos, champiñones, miel y leña, en total aportando unos 1.000 dólares a la semana. Además de los cuatro miembros de su familia, la granja también da trabajo a cuatro personas locales. Ya que los ingresos a la granja pagan sus gastos, Steve y Myriam no tienen que subvencionarla con los sueldos que ganan como docentes. Barreras de conservación han llenado el barranco con tierra, ahora cubierta de pasto. El agua de escorrentía se acumula en un estanque de 500.000 litros, usado para regar los cultivos durante la época seca.

Pero en 2015 Myriam y Steve analizaron el suelo y se sorprendieron al ver que lentamente perdía su fertilidad.

Creen que el problema era el exceso de labranza y la falta de cobertura del suelo. La introducción de estiércol en los camellones hortalizas estaba rompiendo la estructura del suelo y secando el suelo, matando los hongos beneficiosos. Como explica Steve, “los hongos se encargan en gran medida de construir las partículas del suelo a través de sus micelios y su sudor, también conocido como glomalina, un pegamento rico en carbono que es importante para mitigar el cambio climático”. La glomalina ayuda a eliminar el carbono del aire y a almacenarlo en el suelo.

Entonces Steve se hizo amigo del administrador de una fábrica local de madera contrachapada (plywood). La fábrica había acumulado un montonazo de corteza y el dueño no sabía cómo deshacerse de ello. Steve se ofreció a quitárselo de encima. Las dos grandes ventajas de la agricultura periurbana son un mayor acceso a los clientes y algunas fuentes fabulosas de materia orgánica.

Así que la fábrica de contrachapados empezó a enviar a Steve volquetadas de corteza (sobre todo de eucalipto). Para hacer que los microbios descompongan la corteza, primero Steve descompone aserrín con un poco de materia orgánica del suelo de un bosque nativo local. Luego, el aserrín rico en microbios se mezcla con la corteza y se esparce cuidadosamente en capas profundas entre los camellones de hortalizas, donde ahora se mueve el suelo lo menos posible. Las hortalizas se siembran en bandejas y luego se trasplantan al campo abierto.

No importa cuánta corteza y aserrín que Steve y su equipo pongan, la tierra siempre la absorbe. El suelo parece comerse la corteza, como en un bosque. Los microbios del suelo se alimentan de la corteza para crear estructuras vivas, como micelios: hilos de hongos que llegan hasta los camellones, entre los senderos llenos de corteza. Steve y Myriam han aprendido que los microbios tienen una relación simbiótica con las plantas; los microbios ayudan a las raíces de las plantas a encontrar humedad y nutrientes y, a su vez, la planta devuelve a los microbios la tercera parte de toda la energía que obtiene de la fotosíntesis.

Myriam y Steve han comprobado que a medida que el suelo se vuelve más sano, sus cultivos tienen menos problemas de plagas de insectos y enfermedades. En gran parte, esto se debe al exitoso matrimonio entre las plantas y la creciente población de microbios del suelo. Urkuwayku es más verde cada año. Produce lo suficiente para alimentar a una familia y emplear a cuatro personas, al tiempo que provee regularmente verduras, frutas y otros productos de primera calidad a 300 familias. Una comunidad de consumidores apoya a la granja con ingresos, mientras que una comunidad de microorganismos construye el suelo y alimenta a las plantas.

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