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The right way to distribute trees February 23rd, 2020 by

Vea la versión en español a continuación.

There is a right way and a wrong way to distribute tree seedlings, as I realized recently.

The wrong way. Some 30 years ago, I was visiting a family in a Honduran village, Galeras, when a pickup truck from the Ministry of Agriculture pulled up. Two men unloaded little black plastic bags, each holding a strange, broad-leafed tree seedling.

A woman emerged from the car and without pausing to greet us, she made a breathless speech. “We are giving you little trees to plant. They are good for shade, for timber, for firewood, and cattle can eat the leaves. They are called …” and she rattled off a long, cumbersome scientific name.

“What is the common name?” I asked.

“Oh, I don’t know that, just plant them.”

And then the Ministry people got back in their car and drove off to the next house. In the following weeks, I saw little seedlings piled in front of many homes in Galeras. These trees, which came unannounced and uninvited, were all left to die.

The right way. This week, I visited the communities of Collpa Cala Cala and Collpa Centro, with extensionists from a Bolivian NGO, Fundación Agrecol Andes, which has 20 years of experience in high Andean communities.

This time I was inside the pickup, with the project staff. The team had gone in the day before with a bigger truck, to deliver 5000 pine seedlings to Collpa Cala Cala, and 3600 to Collpa Centro, and more trees to two other villages.  This morning, the little trees were glistening with dew in a cow pasture—the cows were tethered out of reach of the seedlings. The locals soon gathered around us, and in the native language, Quechua, Tito Villarroel (the project coordinator) reminded them that the goal was for “each family to plant the trees that they ordered.” He went on, “Please count out the number of trees you ordered.” Each family had asked for 100 to 500 seedlings.

Tito asked if anyone from the community wanted to speak. Two local men, don Marco and don Juevenal both thanked the project, and said they were sorry it was ending. They said they would like to get trees for two more years.

I asked some of the farmers why they wanted pine trees. “For the timber,” they said. “Either to sell or to use ourselves.”

The project team read the names of each subscribed family, to make sure they were all there, and gave each one a new steel pick, a wooden handle and a hoe, so they would have the right tools to plant the trees. Each family also got a bag of bread rolls and a whole, raw chicken, and a two-liter bottle of soda pop. This food will help to feed the family for the day they take off from their other work to plant the trees.

Each family has agreed to plant the trees in a place of their choosing, where they can protect the trees from roaming livestock. Many of the trees will be planted near people’s homes, or in other places where it is easy to see the animals from the village. The previous year, these same villagers also planted trees, now growing in small stands.

Tito and his colleagues will come back the following week. Each village gets a follow up visit every week. Over the next few visits, the NGO extensionists will make sure that there are no unforeseen problems. But there is little doubt that these folks will plant their trees.

The team hopes that the trees will help to keep the soil on the steep slopes and out of the streams that provide drinking water to the valley below. Almost all of the land around these communities is quite steep, so no matter where the trees are planted, they should help to manage soil erosion. The NGO would have liked to have planted native trees, rather than pines, which are not native to South America. But the local people wanted pine trees, and so that’s what they got.

The moral of the story is, local people will plant and manage forestry trees if:

  • The tree species is of interest to the communities
  • The trees are accompanied by tools, food or other things of value that stimulate folks to invest in planting trees
  • Local people are consulted about the project beforehand and organized

Cynics complain that development work is going in circles, but that’s not true. Like any skill, community development work improves with practice.

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Further reading

Bentley, Jeffery W. & Jorge Valencia 2003 “Learning about Trees in a Quechua-Speaking Andean Community in Bolivia,” pp. 69-134. In Paul Van Mele (ed.) Way Out of the Woods: Learning How to Manage Trees and Forests. Newbury, UK: CPL Press. 143 pp.

Acknowledgements

Thanks to Fundación Agrecol Andes, for inviting me to see their work. Thanks to the project team, including Alexandra Flores, David Torrico, Nelson Daga and Edgar Hinojosa. This project was funded by CRS (Catholic Relief Services) with additional funding by the Coca Cola Foundation. The soft drinks distributed on this visit were from a Bolivian bottler, not Coke.

LA MANERA CORRECTA DE DISTRIBUIR LOS ÁRBOLES

Por Jeff Bentley

23 de febrero del 2020

Los plantines de árboles se pueden distribuir de forma correcta, o incorrecta, como me di cuenta recientemente.

La manera incorrecta. Hace unos 30 años, yo estaba visitando a una familia en una aldea hondureña, Galeras, cuando llegó una camioneta del Ministerio de Agricultura. Dos hombres descargaron pequeñas bolsas de plástico negro. Cada bolsa tenía el plantín de un árbol desconocido, de hoja ancha.

Una mujer se bajó del carro y sin tomar la molestia de saludarnos, hizo un discurso rápido, memorizado. “Les estamos dejando unos pequeños árboles para que los planten. Sirven para la sombra, para la madera, para la leña, y el ganado puede comer las hojas. Se llaman …” y nos dio un largo y engorroso nombre científico.

“¿Cuál es el nombre común?” Pregunté.

“Oh, no lo sé, sólo plántenlas.”

Y sin más ceremonia, la gente del Ministerio volvió a su carro y se fue a la próxima casa. En las semanas siguientes, vi bultos de plantitas frente a muchas casas en Galeras. Estos árboles, que llegaron sin aviso y sin invitación, lentamente se murieran.

La manera correcta. Esta semana, visité las comunidades de Collpa Cala Cala y Collpa Centro, con extensionistas de una ONG boliviana, Fundación AGRECOL Andes, que tiene 20 años de experiencia en comunidades altoandinas.

Esta vez, estuve dentro de la camioneta, con la gente del proyecto. El equipo había entrado el día anterior con un camión más grande, para entregar 5000 plantines de pino a Collpa Cala Cala, y 3600 arbolitos a la Collpa Centro, y más plantines a otras dos comunidades.  Esa mañana, los arbolitos brillaban con el rocío en el prado de las vacas, las cuales estaban atadas fuera del alcance de los plantines. Los comuneros pronto se reunieron a nuestro alrededor, y hablando en el idioma ancestral, quechua, Tito Villarroel (el coordinador del proyecto) les recordó que el objetivo era que “cada familia plante los árboles que había ordenado”. Continuó: “Por favor, cuenten el número de plantines que pidieron”. Cada familia había pedido de 100 a 500 plantines.

Tito preguntó si alguien de la comunidad quería hablar. Dos hombres locales, don Marco y don Juvenal, agradecieron el proyecto y dijeron que no querían que se acabara. Dijeron que les gustaría tener árboles durante dos años más.

Pregunté a algunos de los agricultores por qué querían pinos. “Por la madera”, dijeron. “Para venderla o para usarla nosotros mismos”.

El equipo pasó lista y dio a cada familia suscrita una nueva picota, un mango de madera y un azadón, para que tuvieran las herramientas adecuadas para plantar los árboles. Cada familia también recibió una bolsa de pan, un pollo crudo entero, y una botella de refresco de dos litros. Esta comida ayudará a alimentar a la familia el día que planten los árboles.

Cada familia ha acordado plantar los árboles en un lugar de su elección, donde puedan proteger los árboles del ganado suelto. Muchos de los árboles se plantan cerca de las casas de la gente, o en otros lugares donde es fácil ver los animales de la comunidad. El año anterior, estos mismos vecinos también plantaron árboles, que ahora crecen en pequeños manchones alrededor de las comunidades.

Tito y sus colegas volverán la semana siguiente. Cada comunidad recibe una visita de seguimiento cada semana. En las próximas visitas, los extensionistas de la ONG se asegurarán de que no haya problemas imprevistos. Pero hay pocas dudas de que la gente plantará sus árboles.

El equipo espera que los árboles ayuden a conservar el suelo en las laderas empinadas, para proteger a las quebradas que dan agua potable al valle de abajo. Casi toda la tierra alrededor de estas comunidades es bastante escarpada, por lo que no importa dónde se planten los árboles, ayudará a manejar la erosión del suelo. A la ONG le hubiera gustado plantar árboles nativos, en lugar de pinos, que no son nativos de Sudamérica. Pero la gente local quería pinos, y eso es lo que obtuvieron.

La moraleja es que la gente local plantará y manejará los árboles forestales si:

– Las especies de árboles son de interés para las comunidades

– Los árboles van acompañados de herramientas, alimentos u otras cosas de valor que estimulan a la gente a invertir en la plantación de árboles

– Se consulta a la población local sobre el proyecto de antemano y se organiza

Los cínicos se quejan de que el trabajo de desarrollo sólo da vueltas, pero eso no es cierto. Como cualquier habilidad, el trabajo de desarrollo de la comunidad mejora con la práctica.

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Lectura

Bentley, Jeffery W. & Jorge Valencia 2003 “Aprendiendo sobre Árboles en una Comunidad Andina de Habla Quechua en Bolivia,” pp. 69-134. In Paul Van Mele (ed.) Way Out of the Woods: Learning How to Manage Trees and Forests. Newbury, UK: CPL Press. 143 pp.

Agradecimientos

Gracias a la Fundación AGRECOL Andes, por invitarme a ver este trabajo. Gracias al equipo de trabajo, incluyendo a Alexandra Flores, Nelson Daga, David Torrico y Edgar Hinojosa. Este proyecto fue financiado por CRS (Catholic Relief Services) con fondos adicionales de la Fundación Coca Cola. Los refrescos distribuidos en esta visita fueron de una embotelladora boliviana, no de la Coca Cola.

Farming with trees January 19th, 2020 by

Vea la versión en español a continuación.

On a rocky hillside an hour from the city of Cochabamba, agronomist Germán Vargas points out a molle tree. It’s growing from a crack in a sandstone boulder with little or no soil. Native trees are well adapted to such conditions and don’t need much to survive, Germán observes.

Molle can be cut for good firewood, but it also casts an inviting shade, with a thick carpet of fallen leaves. Trees grown on farms also have multiple uses. Some have deep roots that bring up nutrients from beneath the top soil. Even in places like Cochabamba, with a long dry season, many trees stay green all year round. The trees have found water to keep their leaves moist, despite the bone-dry subsoil. Germán explains that farming with trees, or agroforestry, mimics natural forests, where rich soils are created without irrigation or fertilizer.

Four years ago, Germán and two colleagues bought some land to put their ideas on agroforestry into practice. They now have 1500 apple trees in a 4-hectare orchard, on a former onion farm, where the intensive use of chemical fertilizers and pesticides had depleted the soil of nutrients.

Germán and his friends bought some apple seedlings from a local nursery. They chose improved Brazilian apple varieties, such as Eva and Princesa, which do well in the highland tropics of South America, where it can get cool, but does not freeze.

Germán and his colleagues plant a few more trees every year. They start each new planting by digging a trench every two to three meters (depending on the slope), to let water infiltrate the soil. They throw the soil just uphill of the trench to create a barrier, slowing down the runoff of water and trapping sediment.

Germán is careful not to scrape the soil surface with hand tools; the top soil is so thin that rough handling could remove it all. They add a little compost to the soil, mimicking a natural forest, where fallen leaves and trees rot and release nutrients back into the soil. However, forests also have an understory, so potatoes, maize, lettuce, amaranth, rye and other plants are sown between the trees. After planting the vegetables, a straw mulch keeps down the weeds.

Other trees are planted among the apples, including natives like molle and exotic species, which are monitored to see if they can make a positive contribution. Germán brought seed of the chachafruto tree from Colombia, for example. The plant is adapting well. When the only date palm in Cochabamba, another non-native species, dropped a cluster of dates in a city park, Germán salvaged the seed and planted some on the farm. The non-fruit trees make useful leaf litter, adding nutrients and helping to keep the soil moist.

The apples were remarkably free of mildew, mites, fruit flies and other common pests, but even if they were to appear, Germán avoids using pesticides. The team managing the orchard makes a spray with cow manure, raw sugar, bone meal, sulfur, ash and lime. Reasoning that all stone has mineral nutrients, they add a little “rock flour,” made by grinding a soft, local, sedimentary stone (shale). A culture of beneficial microorganisms is added to ferment the mix in sealed drums. The agroforesters culture the microorganisms themselves, but they get the starting culture in the local forest, bringing in a few handfuls of fallen leaves that have started to decompose. The sulfur and the lime come from the farm supply store. This sulfur blend is sprayed about 5 times a year on the trees, and it seems to be working, since the apples have almost no pests, except for birds, and the annual plants are thriving.

This innovative agroforestry system needs regular attention and it is obviously a lot of work, especially at first, because it is established by hand, without machinery. Some of the radishes have gone to seed, and in a few beds the weeds are lush and healthy, waiting to be cut down for the next vegetable crop.

Farmers can learn from forests to make better use of water, conserve the soil and manage pest and disease naturally, thanks to the diversity of plants. Farming with trees can yield a good harvest of fruits and vegetables, while building and sustaining soils.

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Scientific names

The molle tree is Schinus molle

The chachafruto tree (widespread in South America) is Erythrina edulis

Note

Sulfur deficiency is a problem in apples. The symptoms are similar to nitrogen deficiency, including pale leaves. Sulfur deficiency can be corrected by sprays (Westwood 1993: 200-201).

Westwood, Melvin Neil 1993 Temperate-Zone Pomology: Physiology and Culture. Third edition. Portland, Oregon: Timber Press.

Acknowledgements

Thanks to Germán Vargas, Marcelina Alarcón and Freddy Vargas, the agroforesters. Germán is the executive administrator of the NGO Agroecología y Fe.

LA AGRICULTURA CON ÁRBOLES

En una ladera rocosa a una hora de la ciudad de Cochabamba, el ingeniero agrónomo Germán Vargas señala un molle. Crece en una grieta de una roca arenisca, con poca o ninguna tierra. Los árboles nativos están bien adaptados a estas condiciones y no necesitan mucho para sobrevivir, observa Germán.

El molle hace buena leña, pero también da una rica sombra, con una gruesa alfombra de hojas caídas. Los árboles en el agro también tienen múltiples usos. Algunos tienen raíces profundas que traen los nutrientes de debajo del suelo. Incluso en lugares como Cochabamba, con una larga época seca, muchos árboles se mantienen verdes durante todo el año. Los árboles han encontrado agua para mantener sus hojas húmedas, a pesar del subsuelo seco. Germán explica que la agricultura con árboles, o la agroforestería, imita a los bosques naturales, donde se crean suelos ricos sin irrigación ni fertilizantes.

Hace cuatro años, Germán y dos colegas compraron un terreno para poner en práctica sus ideas sobre agroforestería. Ahora tienen 1500 manzanos en un huerto de 4 hectáreas, en una antigua granja de cebollas, donde el uso intensivo de fertilizantes químicos y pesticidas había agotado los nutrientes del suelo.

Germán y sus compañeros compraron algunos plantines de manzana en un vivero local. Escogieron variedades mejoradas de manzanos brasileños, como Eva y Princesa, que se desarrollan bien en los trópicos de las alturas de América del Sur, donde puede hacer frío, pero no se congela.

Germán y sus colegas plantan unos pocos árboles más cada año. Comienzan cada nueva plantación cavando una zanja cada dos o tres metros (dependiendo de la pendiente), para dejar que el agua se infiltre en el suelo. Lanzan la tierra justo cuesta arriba de la zanja para crear una barrera, frenando el escurrimiento de agua y atrapando el sedimento.

Germán tiene cuidado de no raspar la superficie del suelo con herramientas; el suelo negro de la superficie es tan delgado que sin tener cuidado sería posible quitarlo todo. Añaden un poco de abono al suelo, imitando un bosque natural, donde las hojas y los árboles caídos se pudren y liberan nutrientes de nuevo al suelo. Sin embargo, los bosques también tienen un sotobosque, por lo que las papas, el maíz, la lechuga, el amaranto, el centeno y otras plantas se siembran entre los árboles. Después de plantar las verduras, un mantillo de paja mantiene las malas hierbas.

Entre las manzanas se plantan otros árboles, incluyendo especies nativas como el molle y especies exóticas, que son monitoreadas para ver si pueden hacer una contribución positiva. Germán trajo semillas del árbol de chachafruto de Colombia, por ejemplo. La planta se está adaptando bien. Cuando la única palmera datilera de Cochabamba, otra especie no nativa, dejó caer un racimo de dátiles en un parque de la ciudad, Germán recuperó algunas semillas y las plantó en la finca. Los árboles no frutales botan hojas, añadiendo nutrientes y ayudando a mantener el suelo húmedo.

Las manzanas estaban notablemente libres de mildiu, ácaros, moscas de la fruta y otras plagas comunes, pero incluso si aparecieran, Germán evita el uso de pesticidas. El equipo que maneja el huerto fumiga con un biol hecho de estiércol de vaca, chancaca, huesos molidos, azufre, cenizas y cal. Razonando que toda piedra tiene nutrientes minerales, le agregan un poco de “harina de roca”, hecha al moler una piedra sedimentaria suave, local (lutita). Para fermentar la mezcla, agregan un cultivo de microorganismos buenos a los tambores sellados. Los agroforestales cultivan sus propios microorganismos, pero obtienen la cultura inicial en el bosque local, trayendo unos pocos puñados de hojas caídas que han comenzado a descomponerse. Compran el azufre y la cal en la tienda agropecuaria. Fumigan el biol con azufre unas 5 veces al año en los árboles, y parece que funciona, ya que las manzanas casi no tienen plagas, excepto los pájaros, y las plantas anuales están prosperando.

Este innovador sistema agroforestal necesita atención regular y obviamente es mucho trabajo, especialmente al principio, porque se establece a mano, sin maquinaria. Algunos de los rábanos han empezado a echar semilla, y en algunas camas las hierbas silvestres son exuberantes y saludables, esperando ser cortadas para el siguiente cultivo de hortalizas.

Los agricultores pueden aprender de los bosques a hacer un mejor uso del agua, conservar el suelo y manejar las plagas y enfermedades de forma natural, gracias a la diversidad de plantas. La agricultura con árboles puede producir una buena cosecha de frutas y verduras, a la vez que construye y mantiene los suelos.

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Nombres científicos

El molle es Schinus molle

El chachafruto (árbol bien distribuido en Sudamérica) es Erythrina edulis

Nota

La deficiencia de azufre es un problema común en los manzanos. Los síntomas son parecidos a los de la deficiencia de nitrógeno, incluso las hojas pálidas. La deficiencia de azufre puede ser corregida con fumigaciones (Westwood 1993: 200-201).

Westwood, Melvin Neil 1993 Temperate-Zone Pomology: Physiology and Culture. Third edition. Portland, Oregon: Timber Press.

Agradecimientos

Gracias a Germán Vargas, Marcelina Alarcón y Freddy Vargas, por su ejemplo con la agroforestería. Germán es el administrador ejecutivo de la ONG Agroecología y Fe.

Bringing back the native trees December 1st, 2019 by

As cities grow and more people leave the countryside, parks and gardens will be some of the few remaining places where people will come into contact with trees. City parks are highly managed, cultivated spaces and the choice of species says a lot about the people who create and manage the parks.

The little park in my neighborhood in Cochabamba, Bolivia, Parque Virrey Toledo, is a case in point. It’s an unpretentious area with a children’s playground, a running path, courts for basketball and football (soccer), and a statue of a colonial bully, streaked with pigeon feces. There are always people in the park, playing, chatting and strolling. Virrey Toledo may be unexceptional, but it is full of trees, enough to make the park seem like a small forest.

Ana recently gave me a little tour of the park and its trees. I was surprised to learn that almost all of them are exotic. There are stately Italian cypresses, flame trees from Madagascar with fleshy, red flowers. North America contributed the big poplar trees (alamos) with rugged bark and large, flat leaves. A rubber fig from India is named for its thick leaves. A set of Australian “pine” trees tower over the football field. Chinaberries, originally from the foothills of the Himalayas, are losing their leaves and bark as they slowly die from a phytoplasma disease.

Ana explained that 50 to 60 years ago, when these trees were being planted, the fashion was to model city parks after Victorian botanical gardens, which were also full of exotic trees, gleaned from around the world by British plant hunters, eager to show off the showy species from around the new empire.

“Aren’t there any native trees at all in the park?” I wondered. Ana pointed out two trees of jarka, with their delicate, golden flowers, which were once one of the dominant trees in the valley. “But these jarkas probably weren’t planted,” Ana explained. One of them was too close to one of the concrete paths that cross the park. “It probably seeded itself,” Ana said.

None of the trees in our little park are labelled. For most people, these are just shade trees. Most of the neighbors have little idea that the park is full of exotic trees, with hardly any from Bolivia or neighboring countries.

But things are changing. Ana has been working with a volunteer group and the municipality to plant native trees in the park. In 2017 she selected some 20 tree seedlings from the municipal nursery, and hired a helper to dig the holes. Volunteers came to plant the trees and to make a little fence around each tree, to protect them from dogs, careless lawnmowers and playful youngsters.

At two-years-old, these native trees are doing quite well. They include locals like the tajibo with its canopy of flowers, the tall Cochabamba ceibo, and the tipa, from watershed of the Río de la Plata.

Culture is reflected not just in art and architecture, but in urban parks and green spaces. Early to mid-twentieth century Bolivia had little appreciation for native languages, native crops and foods, and ignored native trees for planting in towns and in the countryside. In all fairness, less was then known about how to plant native trees. But as interest in native trees have grown, Bolivian foresters have been learning how to plant them. People in the Andes are starting to appreciate their own heritage a bit more, and native trees are back in favor. When the children now playing on the swings are adults, native trees will welcome them to this park.

Scientific names

Italian cypress, Cupressus sempervirens

Flame tree, Delonix regia

Poplar, Populus sp.

Rubber fig, Ficus elastica

Australian pine tree, Casuarina equisetifolia

Chinaberry, Melia azedarach

Jarka, Acacia visco

Tajibo, Handroanthus impetiginosus

Cochabamba ceibo, Erythrina falcata

Tipa, Tipuana tipa

Two heads film better than one September 15th, 2019 by

Vea la versión en español a continuación.

I used to think that committees and group work killed creativity, but teamwork can help individuals produce things – like a cool video – that they couldn’t do by themselves.

Late last year, I was part of a team making a video in the southern Altiplano of Bolivia, along with Paul (the director), Marcella (the cameraperson) and Milton Villca. Milton is an agronomist who grew up in a village on the windswept plains where we were filming. He still lives in the area, helping local farmers to cope with challenges, especially the immense loss of soil caused by wind erosion.

After watching Marcella film for two days, Milton confided that he had tried making his own video, about a wasp that attacks and helps to control some of the caterpillar pests of the quinoa crop. But like the farmers, Milton had also struggled with the wind, losing two cameras because of damage by the fine sand. He’d continued filming the wasps with his cell phone, but he told Marcella he wasn’t sure about the quality of the images. Would she mind taking a look at them?

Marcella was happy to watch Milton’s video clips. All was fine. There were fabulous close ups of a wasp that digs a tunnel in the earth, hides it with grains of sand, finds a big, fat caterpillar, paralyzes it, and drags it back to the burrow, which the wasp is miraculously able to find, with the precision of a GPS. The video clips showed how the wasp uncovers the nest, inserts the unfortunate caterpillar, and lays an egg on it. A wasp grub hatches from the egg, eats the caterpillar and eventually emerges in the summer as an adult wasp.

Paul was immediately taken by the story of the wasp, which locals call nina nina. In our interviews with farmers for a video on windbreaks he decided to also ask them what they knew about the wasp. Unlike many parasitic wasps, which are too small to see clearly with the naked eye, the nina nina is pretty big, and local people know about it and can describe its ecology.

Asking a professional cameraperson to critique your videos can be daunting, but Milton no doubt sensed that Marcella would give him sympathetic and positive criticism. His risk paid off. We collaborated with Milton to write a script for his video. Marcella edited his clips and combined them into a short video, which we are proud to release this week.

Watch the video

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Acknowledgements

Milton Villca works for the Proinpa Foundation. Our work was generously supported by the CCRP (Collaborative Crop Research Program) of the McKnight Foundation.

DOS CABEZAS FILMAN MEJOR QUE UNA

Por Jeff Bentley, 15 de septiembre del 2019

Yo solía pensar que los comités y el trabajo en grupo mataban la creatividad, pero el trabajo en equipo puede ayudar a los individuos a producir cosas – como un video genial – que no podrían hacerse por sí mismos.

A finales del año pasado, formé parte de un equipo que hacía un video en el Altiplano sur de Bolivia, junto con Paul (el director), Marcella (la camarógrafa) y Milton Villca. Milton es un técnico agrónomo de un pueblo del altiplánico ventoso donde filmábamos. Él todavía vive en la zona, ayudando a los agricultores locales a manejar sus desafíos, especialmente a la inmensa pérdida de suelo causada por la erosión del viento.

Después de ver a Marcella filmar durante dos días, Milton confió que él había intentado hacer su propio video, sobre una avispa que ataca y ayuda a controlar algunos de los gusanos plagas del cultivo de la quinua. Pero al igual que los agricultores, Milton también había luchado contra el viento, perdiendo dos cámaras debido a los daños causados por la arena fina. Había seguido filmando las avispas con su celular, pero le dijo a Marcella que no estaba seguro de la calidad de las imágenes. ¿Ella estaría dispuesta a verlas?

A Marcella le encantaron los videos de Milton. Hubo excelentes primeros planos de una avispa que excava un túnel en la tierra, lo esconde con granos de arena, encuentra una oruga grande y gorda, la paraliza y la arrastra hasta el túnel del nido, que la avispa milagrosamente logra encontrar, como si tuviera un GPS. Los videos muestran cómo la avispa descubre el nido, inserta al desafortunado gusano y pone un huevo en él. Luego, la cría de la avispa sale del huevo, se come al gusano y eventualmente emerge como una avispa adulta en el verano.

A Paul le cautivó inmediatamente la historia de la avispa, a la que la gente local llama nina nina. En nuestras entrevistas con los agricultores para un video sobre las barreras vivas, decidió también preguntarles lo que sabían sobre las avispas. A diferencia de muchas avispas parásitas, que son demasiado pequeñas para ver claramente a simple vista, la nina nina es bastante grande, y la gente local sabe de ella y puede describir su ecología.

Pedirle a un camarógrafo profesional que critique sus videos puede ser desalentador, pero Milton sin duda sintió que Marcella le daría una crítica positiva, con empatía. Su riesgo valió la pena. Colaboramos con Milton para escribir un guion para su vídeo. Marcella editó sus clips y los combinó en un video corto, que estamos orgullosos de lanzar esta semana.

Ver el video

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Agradecimientos

Milton Villca trabaja para la Fundación Proinpa. Nuestro trabajo fue generosamente apoyado por el CCRP (Programa Colaborativo de Investigación sobre Cultivos) de la Fundación McKnight.

What counts in agroecology August 18th, 2019 by

Vea la versión en español a continuación

Measuring the costs and benefits of a small farm can be harder than on a large one, especially if the small farm includes an orchard and makes many of its own inputs, as I saw on a recent visit to Sipe Sipe, near Cochabamba, Bolivia, where a faith-based organization, Agroecología y Fe (Agroecology and Faith) is setting up ecological orchards.

The director of Agroecology and Faith, Germán Vargas, explained that a forest creates soil, gradually building up rich, black earth under the trees, while agriculture usually exposes the soil to erosion. A farm based on trees, with organic fertilizer, and with vegetables growing beneath the trees, should be a way to make a profit while conserving the soil. 

Extensionist Marcelina Alarcón showed us the apple trees that she and local farmers planted in August, 2018. They started by terracing the one hectare of gently sloping land. In one week of hard work they built a 200,000 liter, circular water reservoir of stone and concrete (gravity-fed with stream water) to irrigate the terraces and three additional hectares. The cost was 64,000 Bs. ($9,275), which seems like a big investment, but similar reservoirs built 30 years ago are still working.

Lush beds of lettuce, cabbage, broccoli, wheat, onions (some plants grown for their seed) are thriving beneath the apple trees. When one crop is harvested another takes its place, in complex rotations over small spaces. No chemicals are used, but the group makes calcium sulphate spray and liquid organic fertilizers to improve the soil, prevent crop diseases and enhance the production and quality of the apples and vegetables.

The group has harvested vegetables four times and sold them directly to consumers at fairs organized by Agroecology and Faith for a total gross receipt of 4,380 Bolivianos ($635).

I was visiting the farm at Sipe Sipe with a small group organized by Agroecology and Faith and some of their allies. Some of the lettuce, onions and tomatoes from the farm end up in a tub during our visit, to make a salad for the visitors—part of a fabulous lunch (complete with fresh potatoes and mutton cooked underground) offered at a modest cost. Produce cooked on site and sold informally on the farm are probably not counted when estimating profitability. After the tour of the farm and before the lunch, Marcelina set up a table with some vegetables for sale. She was kept quite busy writing down each transaction as we bought small bags of tomatoes and other produce for amounts less than a dollar each.

The sale of half a kilo of tomatoes is as much work to document as the sale of twenty tons of rice. A small farm has many more sales than a large farm and it takes a lot of administrative work to keep track of produce that is not sold because it goes into seed, feed or onto the family table.

The cost:benefit of a conventional field is simpler to tabulate: so much labor, machinery, seed and chemicals, all purchased, and single crop yields measured with relative ease. Yet this doesn’t tell the whole story. Loss of soil due to erosion, or carbon and nitrogen to the atmosphere, or pollution from fertilizer run-off all have a cost, even if they are often dismissed as “externalities.”

An agroforestry system like the hectare of apples and vegetables we visited starts with a large investment in irrigation and terracing. Many of the inputs are labor, or home-made fertilizers, and their cost is not always counted. The apple trees have not yet borne fruit, and some of the vegetables may escape the bookkeeper’s tally. Yet here the “externalities” have a positive and valuable contribution: soil is being created, chemical pollution is nil, and livelihoods are enriched as local farmers, mostly women, learn to work together to produce healthy food to sell. Classical economic comparisons with conventional farms fail to take account of these benefits.

Even a small farm can have a lot to consider in estimating returns, with many crops and activities and environmental services. Until we learn to measure the environmental efficiency as well as financial profitability of agroforestry or agroecological farms properly, they will never look as good as they really are.

Further reading

A recent report from the FAO (the UN’s Food and Agriculture Organization) concludes that yield data is too poor a parameter to compare conventional (over-plowed, chemical intensive) agriculture with agroecology, a beyond-organic agriculture with soil conservation and respect for local communities.

HLPE Report on Agroecological and other innovative approaches for sustainable agriculture and food systems that enhance food security and nutrition. Extract from the Report: Summary and Recommendations (19 June 2019). Rome: FAO http://www.csm4cfs.org/summary-recommendations-hlpe-report-agroecology-innovations/

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LO QUE CUENTA EN LA AGROECOLOGÍA

Por Jeff Bentley, 18 de agosto del 2019

Medir los costos y los beneficios de una pequeña finca puede ser más difícil que en una grande, especialmente si la pequeña incluye árboles y produce muchos de sus propios insumos, como vi en una reciente visita a Sipe Sipe, cerca de Cochabamba, Bolivia, donde la organización eclesial “Asociación Agroecología y Fe” (AAF) está estableciendo huertos ecológicos agroforestales.

El director de la AAF, Germán Vargas, explicó que un bosque crea suelo, acumulando gradualmente tierra negra y rica bajo los árboles, mientras que la agricultura suele exponer el suelo a la erosión. Una finca basada en árboles, con abonos orgánicos, y con hortalizas que crecen debajo de los árboles, debería ser una forma de obtener beneficios al mismo tiempo que se conserva el suelo. 

La extensionista Marcelina Alarcón nos mostró los manzanos que ella y la gente local plantaron en agosto del 2018. Comenzaron haciendo terrazas en una hectárea en suave pendiente. En una semana de trabajo duro construyeron un reservorio circular de agua de 200.000 litros de piedra y concreto (llenado por gravedad de agua de riachuelo) para regar las terrazas y tres hectáreas adicionales. El costo fue de 64.000 Bs. ($9,275), que parece una inversión grande, pero reservorios similares construidos hace 30 años siguen funcionando.

Camellones exuberantes de lechuga, repollo, brócoli, trigo, cebollas (algunas cultivadas para su semilla) prosperan bajo los manzanos. Cuando se cosecha un cultivo, otro ocupa su lugar, en complejas rotaciones sobre pequeños espacios. No aplican productos químicos, pero el grupo fabrica caldo mineral sulfocálcico y abonos orgánicos líquidos para mejorar el suelo, prevenir las enfermedades de los cultivos y mejorar la producción y calidad de los manzanos y de las hortalizas.

El grupo ha cosechado verduras cuatro veces y las ha vendido directamente a los consumidores en ferias organizadas por la AAF (en una canasta solidaria y saludable) por un total de 4.380 bolivianos (635 dólares).

Yo visitaba la finca agroforestal de Sipe Sipe con un pequeño grupo organizado por la AAF y algunos de sus aliados. Algunas de las lechugas, cebollas y tomates de la finca terminaron en una bañera durante nuestra visita, para hacer una ensalada para los visitantes, parte de un fabuloso almuerzo (con papas frescas y cordero cocido bajo tierra en un pampaku) ofrecido a un precio modesto. Los productos cocinados en el sitio y vendidos informalmente en la finca probablemente no se contabilizan. Después del recorrido por la finca y antes del almuerzo, Marcelina organizó una mesa para vender algunas verduras. Se mantuvo ocupada apuntando cada transacción mientras comprábamos pequeñas bolsas de tomates y otros productos por cantidades menos de un dólar cada una.

La venta de medio kilo de tomates es tanto trabajo como la venta de veinte toneladas de arroz. Una finca pequeña tiene muchas más ventas que una grande y se requiere mucho trabajo administrativo para hacer un seguimiento de los productos que no se venden porque van a parar como semilla, para alimentar a los animales o a la mesa de la familia.

El costo:beneficio de un campo convencional es más simple de tabular: tanta mano de obra, maquinaria, semillas y productos químicos, todos comprados, y el rendimiento de un solo cultivo medido con relativa facilidad. Sin embargo, esto no cuenta toda la historia. La pérdida de suelo debido a la erosión, o el carbono y nitrógeno a la atmósfera, o la contaminación por la escorrentía de los fertilizantes, todos ellos tienen un costo, aunque a menudo se desestimen como “externalidades”.

Un sistema agroforestal, como la hectárea de manzanas y hortalizas que visitamos comienza con una gran inversión en riego y terrazas. Muchos de los insumos son mano de obra, o abonos caseros, y su costo no siempre se cuenta. Los manzanos aún no han dado fruto, y algunas de las verduras pueden escaparse de la cuenta del contable. Sin embargo, aquí las “externalidades” tienen una contribución positiva y valiosa: se está creando el suelo, la contaminación química es nula y los medios de subsistencia se enriquecen a medida que los agricultores locales, en su mayoría mujeres, aprenden a trabajar juntas para producir alimentos saludables para vender. Las comparaciones económicas clásicas con las explotaciones convencionales no tienen en cuenta estos beneficios.

Incluso una pequeña granja puede tener mucho que considerar al estimar los rendimientos, con muchos cultivos y actividades y servicios ambientales. Hasta que no aprendamos a medir la eficiencia ambiental y la rentabilidad financiera de las granjas agroforestales o agroecológicas de manera adecuada, nunca se verán tan bien como realmente son.

Para leer más

Un informe reciente de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) concluye que los datos sobre el rendimiento son muy pobres para poder comparar la agricultura convencional (sobre arado, con uso intensivo de químicos) con la agroecología, una agricultura que vas más allá de la orgánica, con conservación del suelo y respeto para las comunidades locales.

Resumen y recomendaciones del informe del GANESAN sobre Agroecología y otras innovaciones (19 de junio 2019). Roma: FAO. http://www.csm4cfs.org/es/summary-recommendations-hlpe-report-agroecology-innovations/

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