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Travelling farmers May 3rd, 2020 by

Vea la versión en español a continuación

We once had a talented carpenter named Rodrigo, who would come to our house to fix cabinets and build closets. He liked to start in the afternoon and stay for dinner. He was slow and methodical, but his work was always perfect. Every year, this bohemian handyman would take his mother and go back to their home village on the Bolivian Altiplano, several times a year to plant, tend and harvest quinoa. They would bring the harvest back to Cochabamba and wait for the price to peak, when they would sell. In previous stories we have described the soil erosion caused by the quinoa boom (Wind erosion and the great quinoa disaster and Slow recovery), but Rodrigo and his mother were acting like short-term, economic rationalists.

In a provocative new article, researcher Enrique Ormachea explains that people like Rodrigo and his mother are “residents” (country people living permanently in the cities, while maintaining ties in the village, especially returning for harvest).

Other farmers have moved much shorter distances. The Andean valleys are dotted with the ruined, adobe houses where the grandparents of today’s farmers once lived. Many farmers have left the most remote countryside to live in the bigger villages and small towns where there are shops, schools, electricity and running water. In the past 15 or 20 years, many of these Bolivian farmers have bought motorcycles so they can live in town and commute to the farm. It is now a common sight in the countryside to see farmers’ motorbikes parked along the side of the dirt roads, while the farmer is working a nearby field.

These farmers sell their potatoes and grains in weekly fairs in the small towns, to small-scale wholesalers (who work with just one truck). Thousands of people may throng into a fair, in a town that is nearly empty the other six days of the week.

Still other migrants make long trips every year. Farmers without irrigation cannot work their own land during the long dry season. So, in the offseason they travel to the lowlands of Bolivia, where forests have been cleared for industrial agriculture: not necessarily sustainable, but productive (at least for now). This commercial agriculture relies on the labor of rural people who travel hundreds of kilometers to work.

68% of the agricultural production in Bolivia comes from large, capitalist farms, according to census data that Ormachea cites in his article. 23% is on peasant farms that are large enough to hire some labor and sell some produce. Only 8% is on small, subsistence farms. One could argue with this data; smallholders often underestimate their income when talking to census takers, who are suspected of being the tax man in disguise. Even if we accept the figures at face value, a third of food output comes from small farms. But large and small farms produce different things; smallholders produce fruits, vegetables, potatoes and pigs, unlike the soy, sugar, rice and beef that comes from the big farms. 

Three kinds of people (the city residents, the farmers who commute from town, and the dry season migrants) all travel to produce and move food. The government of Bolivia acts as though it does not understand this. In order to stop Covid-19, the government has forbidden all buses, taxis and travel by car, closed the highways and banned the fairs. According to the official logic, farmers live on farms, and grow potatoes for their soup pot, so they don’t need to travel.

Some Bolivian citizens are given special permission, a paper to tape to the windshield of their truck, allowing them to drive to rural areas to buy food wholesale, to resell in cities. But these buyers are not reaching all of the farms, and such schemes are easily corrupted. At least 1,000 vehicles are circulating with counterfeit permission slips, in Cochabamba alone. Ormachea cites farmers like Martín Blanco, a peach farmer, who explained that because of recent travel restrictions, he was only able to get half of his peach harvest to market. The rest of the peaches were lost. As one farmer explained “If I don’t sell it all, I won’t have my little money.”

In the past couple of decades, food systems in tropical countries have changed rapidly, to rely much more on travel than previously. These food systems are resilient, up to a point, but they are also easier to break apart than they are to fix. As Ormachea suggests, policy makers need to meet with business people, farmer representatives and indigenous leaders to find a way to allow the safe movement of food and farmers in these times of virus lockdown.

Further reading

Challapa Cabezas, Carmen 2000 Tránsito en Cochabamba descubre mil permisos clonados y falsificados. Los Tiempos 24 April 2020.

Chuquimia, Leny 2020 Agricultores temen por sus cosechas y los alimentos tardan en llegar. Página Siete 4 April 2020.

Ormachea Saavedra, Enrique 2020 Producción Agrícola y Estado de Emergencia Sanitaria. Boletín de Seguimiento a Políticas Públicas. Control Ciudadano 35. CEDLA: Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario.

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Strawberry fields once again

VIAJES PRODUCTIVOS

Por Jeff Bentley, 3 de mayo del 2020

Antes teníamos un carpintero habiloso llamado Rodrigo, que venía a nuestra casa para arreglar gabinetes y construir roperos. Le gustaba empezar por la tarde y quedarse a cenar. Era lento y metódico, pero su trabajo siempre era perfecto. Este artista bohemio solía llevar a su mamá a su comunidad de origen en el altiplano boliviano, varias veces al año, para plantar, cuidar y cosechar la quinoa. Traían la cosecha a Cochabamba y esperaban a que el precio llegara a su punto máximo, cuando vendían. En historias anteriores hemos descrito la erosión del suelo causada por el boom de la quinua (Destruyendo el Altiplano Sur con quinua y Recuperación lenta), pero por lo menos Rodrigo y su mamá se comportaban de manera económicamente racional, a corto plazo.

En un artículo nuevo y original, el investigador Enrique Ormachea explica que personas como Rodrigo y su mamá son “residentes” (gente del campo que vive permanentemente en las ciudades, y que mantienen sus vínculos con su comunidad, especialmente regresando para la cosecha).

Otros campesinos viajan, pero a distancias mucho más cortas. Aquí y allí por los valles andinos encuentras “las casas de los abuelos,” ruinas de adobe donde vivía gente hasta hace algunas pocas décadas. Muchos agricultores han dejado el campo más remoto para vivir en las comunidades más grandes y en las pequeñas ciudades donde hay tiendas de barrio, colegios, luz y agua potable. En los últimos 15 o 20 años, muchos de estos agricultores bolivianos han comprado motocicletas para poder vivir en el pueblo e ir cada día a su terreno. Ahora en el campo es común ver las motos de los agricultores estacionadas al lado de los caminos de tierra, mientras el motociclista trabaja en un campo cercano.

Estos agricultores venden sus papas y granos en ferias semanales en las cabeceras municipales, a los mayoristas de pequeña escala (que trabajan con un solo camión). Miles de personas acuden en masa a las ferias, en pueblos que están casi vacías los otros seis días de la semana.

En cambio, otros migrantes hacen largos viajes cada año. Los agricultores sin riego no pueden trabajar su propia tierra durante la larga época seca. Así que, en la temporada baja viajan al oriente de Bolivia, donde se han talado los bosques para la agricultura industrial; no es necesariamente sostenible, pero sí es productiva (por lo menos todavía). Esta agricultura comercial depende de la mano de obra de la gente del campo que viaja cientos de kilómetros para trabajar.

El 68% de la producción agrícola de Bolivia proviene de grandes fincas capitalistas, según los datos del censo agropecuario que Ormachea cita en su artículo. El 23% es producido por campesinas que tienen suficiente escala para contratar ayudantes y vender algunos productos. Sólo el 8% de la producción agrícola viene de explotaciones de subsistencia. Estos datos son discutibles; los campesinos a menudo subestiman su producción cuando hablan con los censistas, quienes sospechan de ser cobradores disfrazados de impuestos. Pero aun si aceptamos las cifras así no más, un tercio de los alimentos vienen de los campesinos que producen frutas, verduras, papas y chanchos, a diferencia de la soya, el azúcar, el arroz y la carne de res que vienen de las fincas grandes. 

Tres tipos de personas (los residentes, los agricultores que se trasladan a sus parcelas, y los migrantes de la época seca) todos viajan para producir y trasladar alimentos. El gobierno de Bolivia actúa como si no entendiera esto. Para detener a Covid-19, el gobierno ha prohibido todo el transporte público, ha cerrado las carreteras y las ferias. De acuerdo con la lógica oficial, los campesinos viven en granjas, y cultivan papas para hacer su papa wayk’u, por lo que no necesitan viajar.

A algunos ciudadanos bolivianos se les da un permiso especial, un papel para pegar al parabrisas de su camión, lo que les permite ir a las zonas rurales para comprar alimentos al por mayor, para revenderlos en las ciudades. Pero estos compradores no llegan a todos los productores, y tales sistemas se corrompen fácilmente. Al menos mil vehículos circulan con permisos falsificados, sólo en Cochabamba. Ormachea cita a agricultores como Martín Blanco, un agricultor de duraznos, quien explicó que debido a las recientes restricciones de viaje, sólo pudo llevar al mercado la mitad de su cosecha de duraznos. El resto de los duraznos se perdieron. Como explicó otro agricultor: “Si no lo vendo todo, no tendré mi platita.”

En las últimas dos décadas, la producción y distribución de alimentos en los países tropicales han cambiado rápidamente, hasta depender mucho más de los viajes. Estos sistemas alimentarios son resistentes, hasta cierto punto, pero también son más fáciles de desbaratar que componer. Como sugiere Ormachea, el gobierno debe reunirse con los empresarios, con las organizaciones campesinas y pueblos indígenas para ver cómo permitir el movimiento seguro de los alimentos y los agricultores en estos tiempos de cuarentena del virus.

Más lectura

Challapa Cabezas, Carmen 2000 Tránsito en Cochabamba descubre mil permisos clonados y falsificados. Los Tiempos 24 April 2020.

Chuquimia, Leny 2020 Agricultores temen por sus cosechas y los alimentos tardan en llegar. Página Siete 4 April 2020.

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The pleasure of bread April 26th, 2020 by

No matter what you do for a living, money is not the only reason to enjoy your work.

Years ago, I was enlisted into a team of economists in Portugal, who looked at the profitability of every crop in every “system” (such as maize for grain, versus maize for silage). In their view, if a crop was not profitable, farmers would not grow it. Fair enough, but one day the we got onto the topic of rye, then grown in small amounts in northwest Portugal.

“It’s not profitable,” the economists sneered, checking their numbers.

“But the farmers do grow it,” I said.

“Well, they won’t for long,” the economists shrugged. Obviously if the crops were at odds with the numbers, the farmers were wrong, and the models were right.

I tried to explain that rye was an important ingredient in sourdough bread. The economists dismissed this idea out of hand. No doubt they thought that farmers should grow more profitable crops, and buy their bread at the store.

But not all bread does come from the store. In Pedralva, Portugal, I rented a room from three elderly farmers, sisters who had never married. Like every other farm family in Pedralva, they made bread once a week in a wood-fired, stone oven. To start, they would get out their sourdough starter, a fermented loaf of dough. The raw loaf of dough houses a colony of wild yeast and bacteria, kept from one week to the next in the kitchen. The farmer-bakers would mix the starter with an enormous amount of maize flour, this being one of the few parts of Europe where people eat much maize bread. But maize flour needs gluten to hold the loaf together. So, the farmers would add a generous helping of rye flour and a little paper bag of white flour, the only store-bought ingredient in their bread.

They shaped the dough into some eight large loaves, each one bigger than a dinner plate. Seven of these would fill the oven, but one loaf of dough would be put into the flour box, to ferment for a week, to start the next week’s bread.

One day I was watching one of the three sisters make bread. She slipped the last loaf into the oven, and closed it with a hand-carved stone door. To seal the door, she took some dung (still warm from the cow) and, with a practiced finger, packed it into the space around the oven door, to keep in the heat.

Then she looked at me and, with a comic-dramatical air, explained that an oven was unlike a person, because it had “bread up its ass and shit in its mouth” (pão no cu e merda na boca). The dung was an option, by the way; some of the neighbors sealed their oven with a bit of raw bread dough. The bread was a bit sour, dense, slightly smokey, crusty on the outside and moist on the inside, and full of flavor.

These farmers obviously enjoyed making bread and eating it. At every meal they crumbled into soup, and held in the hand to scoop up the food and to soak up the sauce.

For such a satisfying bread, folks were willing to grow and mill their own rye flour.

Few pleasures compare with eating a perfect, homemade bread. While more people are enjoying baking bread at home, during this coronavirus crisis, other changes may also be taking place in society. Industrial farming has dominated our food systems over the past few decades, but there is a growing appreciation of the art of farming, gardening and bread-baking, suggesting that the value of food cannot be reduced to a mere money value.

Further reading

Bentley, Jeffery W. 1989 “Bread Forests and New Fields: The Ecology of Reforestation and Forest Clearing Among Small-Woodland Owners in Portugal.” Journal of Forest History 33(4):188-195.

Bentley, Jeffery W. 1992 Today There Is No Misery: The Ethnography of Farming in Northwest Portugal. Tucson: University of Arizona Press.

Watch documentary: “Cereal – Renaissance in the field” (Duration: 25 min) https://www.youtube.com/watch?time_continue=7&v=FE23SDj19uU&feature

A revolution for our soil March 22nd, 2020 by

la versión en español a continuación

Degraded soil can be repaired, and replenished with nutrients, until it produces abundant harvests at lower costs, while removing carbon from the atmosphere, and putting it back into the ground. This is the optimistic message of David Montgomery’s book, Growing a Revolution.

In many parts of the world, soils have been degraded by frequent plowing. The benefits of releasing a burst of nutrients for the crops and killing weeds are overcome by exposure of the soil to erosion by wind and water (see Out of space on Montgomery’s earlier book Dirt: The Erosion of Civilizations). In the Midwestern USA perhaps half of the original prairie soil, and most of its organic matter, have been lost in little more than a century of conventional tillage. Chemical fertilizers provide the major nutrients of phosphorous, potassium and nitrogen in the short run, but they undermine the soil’s long-term health by suppressing mycorrhizal fungi.

These mycorrhizal fungi feed plants while making glomalin, a protein that binds soil particles together. Plowing destroys the soil structure created by beneficial fungi and their glomalin.

Montgomery, a professional geologist, explains that most soils don’t need chemical fertilizer. They have enough phosphorous, potassium and all the minor nutrients like iron and zinc that plants need, but these minerals are locked up in stone particles and other forms not accessible to the plants. The key to using these nutrients are beneficial microbes, like the mycorrhizal fungi that extract mineral nutrients from rock fragments and help to break down organic matter so plants can use it. Microbes trade phosphorous to plants for sugars. Predatory arthropods, nematodes and protozoa then feast on the microbes and release the nutrients back to the soil. A diverse soil life makes soil more fertile. Synthetic fertilizers interrupt these interactions, and the mycorrhizal fungi die, so the crop becomes chemical-dependent. Soil that is rich in organic matter (that is, in carbon) is healthier and supports a thriving community of beneficial microorganisms.

But with proper care, soil can be brought back to good health in just a few years. The right techniques can boost soil carbon from 1% (typical of degraded soils) to 4% (as in undisturbed forest) or even up to 6%. There are many such techniques and they go by various names, including “conservation agriculture,” “agroecology” or “regenerative agriculture,” and they are based on simple principles: 1) Use cover crops (or mulch) to keep the soil covered all the time; 2) Complex crop rotations of grasses, legumes and other crops; and 3) no-till, planting seeds directly into the unplowed earth.

Montgomery takes his readers to meet farmers from Kansas to Pennsylvania, from Ghana to Costa Rica, who are practicing and profiting from these three principles. Some are organic farmers; others apply small amounts of nitrogen fertilizer directly into the soil, near the seed, where the plant can efficiently take it up. We learn that some use earthworms, while others like Felicia Echeverría in Costa Rica make their own brews of beneficial microorganisms, to add life to dead soil. Gabe Brown in North Dakota rotates cattle in small paddocks, on large fields. As the cows graze, they fertilize the soil with manure.

Montgomery and soil scientist Rattan Lal estimate that conservation agriculture could offset a third to two thirds of current carbon emissions, by putting organic matter back into the soil, while tilling less and so lowering fuel expenses. Stumbling blocks to adoption of conservation agriculture include subsidies and crop insurance that keep farmers plowing and dependent on chemical fertilizer. Another is formal research, which continues to favor studies of products that companies can sell: chemical solutions to biological problems, as Montgomery puts it. Only 2% of US agricultural research goes to regenerative agriculture (and only 1% globally). Much of the innovation to revive the soil is driven not by funded research, but by the farmers themselves, who have shown that conservation agriculture, agroecology and permaculture can be more productive, with fewer pest problems. Conservation agriculture saves on expenses for inputs, so it is more profitable than conventional tillage agriculture. Properly conserved soil has little erosion; it soaks up the rain in wet years and holds the moisture for drought years.

Montgomery is concerned that when large-scale, industrialized farmers convert from tillage to conservation agriculture there must be a transition period when profits sag, before the soil improves enough to bring yield back up. He fears that this can discourage farmers from switching to conservation agriculture. Yet I am sure that the farmers themselves will work this out. As the natural experimenters that they are, farmers can try ecological farming practices with reduced tillage, first on one field, or on part of one, gradually creating the practices they need, one plot at a time. The good news is that conservation agriculture can be adopted on large farms or small ones, conventional or organic, mechanized or not. Farming can rebuild the soil, and does not need to destroy it.

Further reading

Montgomery, David R. 2017 Growing a Revolution: Bringing Our Soils Back to Life. New York: Norton. 316 pp.

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Till less to harvest more (no-till and minimum tillage)

And many other videos on www.accessagriculture.org

UNA REVOLUCIÓN PARA NUESTRO SUELO

Por Jeff Bentley, 22 de marzo del 2020

El suelo degradado puede ser reparado, devolviendo sus nutrientes, hasta que produzca cosechas abundantes a costos más bajos, mientras que se saca carbono de la atmósfera, para ponerlo en el suelo. Este es el mensaje optimista del libro de David Montgomery, Growing a Revolution.

En muchas partes del mundo, el arar frecuentemente ha degradado los suelos. El arado trae los beneficios de liberar nutrientes repentinamente para los cultivos y matar las malezas, pero el daño es mayor debido al exponer el suelo a la erosión del viento y del agua (ver Out of space sobre el libro anterior de Montgomery, Dirt: The Erosion of Civilizations). En el Medio Oeste de los Estados Unidos, quizás la mitad del suelo original de la pradera, y la mayor parte de su materia orgánica, se han perdido en poco más de un siglo de labranza convencional. Los fertilizantes químicos proporcionan los principales nutrientes de fósforo, potasio y nitrógeno a corto plazo, pero socavan la salud del suelo a largo plazo al suprimir los hongos micorriza.

Estos hongos micorriza alimentan a las plantas mientras fabrican glomalina, una proteína que une las partículas del suelo. El arado destruye la estructura del suelo creada por los hongos benéficos y su glomalina.

Montgomery, un geólogo profesional, explica que la mayoría de los suelos no necesitan fertilizantes químicos. Tienen suficiente fósforo, potasio y todos los nutrientes menores como el hierro y el zinc que las plantas necesitan, pero estos minerales están encerrados en partículas de piedra y están en otras formas no accesibles para las plantas. La clave para el uso de estos nutrientes son los microbios buenos, como las micorrizas que extraen nutrientes minerales de los fragmentos de roca y ayudan a descomponer la materia orgánica para que las plantas puedan usarla. Los microbios intercambian fósforo a las plantas por azúcares. Los artrópodos, nematodos y protozoos depredadores comen los microbios y liberan los nutrientes de vuelta al suelo. Una vida diversa en el suelo lo hace más fértil. Los fertilizantes sintéticos interrumpen estas interacciones y las micorrizas mueren, por lo que el cultivo se vuelve químicamente dependiente. El suelo rico en materia orgánica (es decir, en carbono) es más saludable y sostiene una próspera comunidad de microorganismos buenos.

Pero con el cuidado adecuado, el suelo puede volver a tener buena salud en pocos años. Las técnicas correctas pueden aumentar el carbono del suelo del 1% (típico de los suelos degradados) al 4% (como en los bosques vírgenes) o incluso hasta el 6%. Existen muchas de esas técnicas y tiene diversos nombres, como “agricultura de conservación”, “agroecología” o “agricultura regenerativa”, y se basan en principios sencillos: 1) Sembrar cultivos de cobertura (o mulch) para mantener el suelo cubierto todo el tiempo; 2) rotaciones complejas de cultivos de pastos y cereales, leguminosas y otros cultivos; y 3) la labranza cero, sembrando las semillas directamente en la tierra sin arar.

Montgomery lleva a sus lectores a conocer a agricultores de Kansas a Pensilvania, de Ghana a Costa Rica, que practican rentablemente estos tres principios. Algunos son agricultores orgánicos; otros aplican pequeñas cantidades de fertilizante de nitrógeno directamente en el suelo, cerca de la semilla, donde la planta puede absorberlo eficazmente. Aprendemos que algunos usan lombrices de tierra, mientras que otros, como Felicia Echeverría en Costa Rica, elaboran sus propias soluciones de microorganismos benéficos, para dar vida al suelo muerto. Gabe Brown, en Dakota del Norte, rota el ganado en pequeños potreros, en grandes campos. Cuando las vacas pastan, fertilizan el suelo con estiércol.

Montgomery y el científico del suelo Rattan Lal estiman que la agricultura de conservación podría compensar entre un tercio y dos tercios de las actuales emisiones de carbono, devolviendo la materia orgánica al suelo, a la vez que se labra menos y se reducen así los gastos de combustible. Entre los obstáculos para la adopción de la agricultura de conservación hay los subsidios y los seguros de los cultivos que mantienen a los agricultores arando y dependiendo de los fertilizantes químicos. Otro es la investigación formal, que sigue favoreciendo los estudios de productos que las empresas venden: soluciones químicas a problemas biológicos, como dice Montgomery. Sólo el 2% de la investigación agrícola estadounidense se destina a la agricultura regenerativa (y sólo el 1% a nivel mundial). Gran parte de la innovación para revivir el suelo no está impulsada por la investigación académica, sino por los propios agricultores, que han demostrado que la agricultura de conservación, la agroecología y la permacultura pueden ser más productivas, con menos problemas de plagas. La agricultura de conservación ahorra gastos en insumos, por lo que es más rentable que la agricultura de labranza convencional. El suelo conservado adecuadamente tiene poca erosión; absorbe la lluvia en los años húmedos y retiene la humedad en los años secos.

A Montgomery le preocupa que cuando los grandes agricultores industrializados pasen de la agricultura de labranza a la de conservación, debe haber un período de transición no rentable, antes de que el suelo mejore lo suficiente como para que vuelva a rendir bien. El teme que esto pueda desalentar a los agricultores a cambiar a la agricultura de conservación. Sin embargo, estoy seguro de que los propios agricultores lo solucionarán. Como experimentadores naturales que son, los agricultores pueden probar prácticas de agricultura ecológica con labranza reducida, primero en una parcela, o en un rincón, creando gradualmente las prácticas que necesitan, una parcela a la vez. La buena noticia es que la agricultura de conservación puede adoptarse en fincas grandes o pequeñas, convencionales u orgánicas, mecanizadas o no. La agricultura puede reconstruir el suelo, en vez de destruirlo.

Leer más

Montgomery, David R. 2017 Growing a Revolution: Bringing Our Soils Back to Life. New York: Norton. 316 pp.

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SLM00 Introducción (una introducción a una serie de 12 videos sobre la agricultura de conservación)

Producir más, ganar más (maquinaria pequeña para la labranza mínima)

Arar menos para cosechar más (cero labranza y labranza mínima)

Además de muchos otros videos en https://www.accessagriculture.org/es

Strawberry fields once again March 15th, 2020 by

Vea la versión en español a continuación

Like many Bolivians, Diego Ramírez never thought about remaining in the village where he was born, and starting a business on his family’s small farm. As a kid, he loved picking fruit on his grandparents’ small strawberry patch in the village of Ucuchi, and swimming with his friends in a pond fed with spring water, but he had to leave home at a young age to attend high school in the small city of Sacaba, and then he went on to study computer science at the university (UMSS) in the big city of Cochabamba, where he found work after graduation.

Years later, Diego’s dad called his seven children together to tell them that he was selling their grandparents’ farm. It made sense. The grandparents had died, and the land had been idle for about 15 years. Yet, it struck Diego as a tragedy, so he said “I’ll farm it.” Some people thought he was joking. In Ucuchi, people were leaving agriculture, not getting into it. Many had migrated to Bolivia’s eastern lowlands or to foreign countries, so many of the fields in Ucuchi were abandoned. It was not the sort of place that people like Diego normally return to.

When Diego decided to revive his family farm two years ago, he turned to the Internet for inspiration. Although strawberries have been grown for many years in Ucuchi, and they are a profitable crop around Cochabamba, Diego learned of a commercial strawberry farm in Santo Domingo, Santiago, in neighboring Chile, that gave advice and sold plants. Santo Domingo is 2450 km from Cochabamba, but Diego was so serious about strawberries that he went there over a weekend and brought back 500 strawberry plants. Crucially, he also learned about new technologies like drip irrigation, and planting in raised beds covered with plastic sheeting. Encouraged by his new knowledge, he found dealers in Cochabamba who sold drip irrigation equipment and he installed it, along with plastic mulch, a common method in modern strawberry production.

Diego was inclined towards producing strawberries agroecologically, so he contacted the Agrecol Andes Foundation which was then organizing an association of ecological farmers in Sacaba, the small city where Diego lives (half way between the farm and the big city of Cochabamba). In that way Diego became a certified ecological farmer under the SPG PAS (Participatory Guaranty System, Agroecological Farmers of Sacaba).  Diego learned to make his own biol (a fermented solution of cow dung that fertilizes the soil and adds beneficial microbes to it). Now he mixes biol into the drip irrigation tank, fertilizing the strawberries one drop at a time.

Diego also makes his own organic sprays, like sulfur-lime brew and Bordeaux mix. He applies these solutions every two weeks to control powdery mildew, a common fungal disease, thrips (a small insect pest), red mites, and damping off. I was impressed. A lot of people talk about organic sprays, but few make their own. “It’s not that hard,” Diego shrugged, when I asked him where he found the time.

Diego finds the time to do a lot of admirable things. He has a natural flair for marketing and has designed his own packing boxes of thin cardboard, which he had printed in La Paz. His customers receive their fruit in a handsome box, rather than in a plastic bag, where fruit is easily damaged. He sells direct to customers who come to his farm, and at agroecological fairs and in stores that sell ecological products.

Diego still does his day job in the city, while also being active in community politics in Ucuchi. He also tends a small field of potatoes and he is planting fruit trees and prickly pear on the rocky slopes above his strawberry field. Diego has also started a farmers’ association with his neighbors, ten men and ten women, including mature adults and young people who are still in university.

The association members grow various crops, not just strawberries. Diego is teaching them to grow strawberries organically and to use drip irrigation. To encourage people to use these methods he has created his own demonstration plots. He has divided his grandparents’ strawberry field into three areas: one with his modern system, one with local varieties grown the old way on bare soil, with flood irrigation, and a third part with modern varieties grown the old way. The modern varieties do poorly when grown the way that Diego’s grandparents used. And Diego says the old way is too much work, mainly because of the weeding, irrigation, pests and diseases.

Ucuchi is an attractive village in the hills, with electricity, running water, a primary school and a small hospital. It is just off the main highway between Cochabamba and Santa Cruz, an hour from the city of Cochabamba where you can buy or sell almost anything. Partly because of these advantages, some young people are returning to Ucuchi. Organic strawberries are hard to grow, and rare in Bolivia. But a unique product, like organic strawberries, and inspired leadership can help to stem the flow of migration, while showing that there are ways for young people to start a viable business in the countryside. Diego clearly loves being back in his home village, stopping his pickup truck to chat with people passing by on the village lanes. He also brings his own family to the farm on weekends, where he has put a new tile roof on his grandparents’ old adobe farm house.

Agriculture is more than making a profit. It is also about family history, community, and finding work that is satisfying and creative.

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EN EL FRUTILLAR DE NUEVO

Por Jeff Bentley, 15 de marzo del 2019

Como muchos bolivianos, Diego Ramírez nunca pensó en quedarse en la comunidad donde nació, y empezar un emprendimiento agrícola en las pequeñas chacras de su familia. Diego cuenta que de niño le encantaba recoger fruta en la pequeña parcela de frutillas de sus abuelos en la comunidad de Ucuchi, y nadar con sus amigos en una poza de riego, llena de agua de manantial, pero de joven tuvo que vivir en la ciudad pequeña de Sacaba para estudiar en colegio. Luego se fue a estudiar a la Universidad UMSS, la carrera de ingeniería de sistemas. Culminado los estudios, empezó a trabajar en la ciudad de Cochabamba.

Años más tarde, el padre de Diego llamó a sus siete hijos para decirles que estaba vendiendo el terreno de sus abuelos. Tenía sentido. Los abuelos habían fallecido, y nadie había trabajado la tierra durante unos 15 años. Sin embargo, a Diego le pareció una tragedia, así que dijo: “Yo la voy a trabajar”. Algunos pensaron que era un chiste. En Ucuchi, la gente estaba en plan de dejar la agricultura, no meterse en ella. Preferían emigrar al Oriente de Bolivia y muchos se habían ido del país. Por esta razón muchas de las parcelas están abandonadas. No es el tipo de lugar al que la gente como Diego normalmente regresa.

Cuando Diego decidió revivir su finca familiar ya hace dos años, buscó inspiración en el Internet. Aunque la frutilla es un cultivo ancestral de la comunidad de Ucuchi y muy rentable en Cochabamba, Diego se enteró de una empresa productora de frutillas en Santo Domingo, Santiago, en el vecino país de Chile, que daba consejos y vendía plantas. Santo Domingo está a 2450 km de Cochabamba, pero Diego se tomó tan en serio las frutillas que fue allí un fin de semana y trajo 500 plantas de frutillas. Crucialmente, también aprendió sobre el cultivo tecnificado de frutillas, aplicando el riego por goteo y plantado en camas tapadas con plástico. Movido por sus nuevos conocimientos, buscó distribuidores en Cochabamba que vendían equipos de riego por goteo y los instaló, junto con el mulch plástico, un método común en la producción moderna de fresas.

Diego se inclinó más en la producción agroecológica para producir frutillas, así que se contactó con la Fundación Agrecol Andes que estaba organizando una asociación de productores ecológicos en Sacaba, la pequeña ciudad donde Diego vive, a medio camino entre su terreno y la ciudad grande de Cochabamba. Diego ya tiene certificación de productor ecológico con SPG PAS (Sistema Participativo de Garantía Productores Agroecológicos Sacaba), Diego aprendió a hacer su propio biol (una solución fermentada de estiércol de vaca que fertiliza el suelo mientras añade microbios buenos). Ahora mezcla el biol en el tanque de riego por goteo, fertilizando las frutillas una gota a la vez.

Diego también hace sus propias soluciones orgánicas, como el sulfocálcico y el caldo bordelés. Fumiga estas preparaciones cada dos semanas para controlar el oídium, los thrips (un pequeño insecto), la arañuela roja, y la pudrición de cuello. Me impresionó. Mucha gente habla de aplicaciones orgánicos, pero pocos hacen las suyas. “No es tan difícil”, Diego dijo cuando le pregunté de dónde hallaba el tiempo.

Diego encuentra tiempo para hacer muchas cosas admirables. Tiene un talento natural para el marketing y ha diseñado sus propias cajas de cartón delgado, que ha hecho imprimir en La Paz. Sus clientes reciben la fruta en una bonita caja, en lugar de en una bolsa de plástico, donde la fruta se daña fácilmente. Vende directamente a los clientes que vienen a la misma parcela, en las ferias agroecológicas y en tiendas que comercializan productos ecológicos.

Diego todavía hace su trabajo normal en la ciudad, mientras que también tiene una cartera en la comunidad de Ucuchi. También cultiva una pequeña chacra de papas y está plantando árboles frutales y tunas en las laderas pedregosas arriba de su frutillar. Diego también ha iniciado una asociación de agricultores con sus vecinos, diez hombres y diez mujeres, incluidos adultos mayores y jóvenes que todavía están en la universidad.

Los miembros de la asociación cultivan diversos cultivos, no sólo frutillas. Diego les enseña a cultivar frutillas orgánicamente y a usar el riego por goteo. Para animar a la gente a usar estos métodos, ha creado sus propias parcelas de demostración. Ha dividido el frutillar de sus abuelos en tres áreas: una con su sistema moderno, tecnificado, otra con variedades locales cultivadas al estilo antiguo en suelo desnudo, con riego por inundación, y una tercera parte con variedades modernas cultivadas a la manera antigua. Las variedades modernas no rinden bien cuando se cultivan al estilo de los abuelos. Y Diego dice que la forma antigua es mucho trabajo, principalmente por el desmalezado, el riego y las enfermedades además de las plagas.

Ucuchi es una atractiva comunidad en las faldas del cerro, con electricidad, agua potable, una escuela primaria y un pequeño hospital. Está justo al lado de la carretera principal a Santa Cruz, a una hora de la ciudad de Cochabamba donde se puede comprar o vender casi cualquier cosa. En parte por estas ventajas, algunos jóvenes se están volviendo a la comunidad de Ucuchi. Las frutillas orgánicas son difíciles de cultivar, y son raras en Bolivia. Pero un producto único, como las frutillas orgánicas, y un liderazgo inspirado pueden ayudar a frenar el flujo de la migración, al mismo tiempo de mostrar que hay maneras viables para que los jóvenes empiecen con un emprendimiento personal en el campo. A Diego le encanta estar de vuelta en su comunidad: para su camioneta para charlar con la gente que pasa por los caminos del pueblo. También trae a su propia familia a la finca los fines de semana, donde ha puesto un nuevo techo de tejas en la vieja casa de adobe de sus abuelos.

La agricultura es más que la búsqueda de lucro. También se trata de la tradición familiar, la comunidad y de sentirse realizado con un trabajo satisfactorio y creativo.

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The right way to distribute trees February 23rd, 2020 by

Vea la versión en español a continuación.

There is a right way and a wrong way to distribute tree seedlings, as I realized recently.

The wrong way. Some 30 years ago, I was visiting a family in a Honduran village, Galeras, when a pickup truck from the Ministry of Agriculture pulled up. Two men unloaded little black plastic bags, each holding a strange, broad-leafed tree seedling.

A woman emerged from the car and without pausing to greet us, she made a breathless speech. “We are giving you little trees to plant. They are good for shade, for timber, for firewood, and cattle can eat the leaves. They are called …” and she rattled off a long, cumbersome scientific name.

“What is the common name?” I asked.

“Oh, I don’t know that, just plant them.”

And then the Ministry people got back in their car and drove off to the next house. In the following weeks, I saw little seedlings piled in front of many homes in Galeras. These trees, which came unannounced and uninvited, were all left to die.

The right way. This week, I visited the communities of Collpa Cala Cala and Collpa Centro, with extensionists from a Bolivian NGO, Fundación Agrecol Andes, which has 20 years of experience in high Andean communities.

This time I was inside the pickup, with the project staff. The team had gone in the day before with a bigger truck, to deliver 5000 pine seedlings to Collpa Cala Cala, and 3600 to Collpa Centro, and more trees to two other villages.  This morning, the little trees were glistening with dew in a cow pasture—the cows were tethered out of reach of the seedlings. The locals soon gathered around us, and in the native language, Quechua, Tito Villarroel (the project coordinator) reminded them that the goal was for “each family to plant the trees that they ordered.” He went on, “Please count out the number of trees you ordered.” Each family had asked for 100 to 500 seedlings.

Tito asked if anyone from the community wanted to speak. Two local men, don Marco and don Juevenal both thanked the project, and said they were sorry it was ending. They said they would like to get trees for two more years.

I asked some of the farmers why they wanted pine trees. “For the timber,” they said. “Either to sell or to use ourselves.”

The project team read the names of each subscribed family, to make sure they were all there, and gave each one a new steel pick, a wooden handle and a hoe, so they would have the right tools to plant the trees. Each family also got a bag of bread rolls and a whole, raw chicken, and a two-liter bottle of soda pop. This food will help to feed the family for the day they take off from their other work to plant the trees.

Each family has agreed to plant the trees in a place of their choosing, where they can protect the trees from roaming livestock. Many of the trees will be planted near people’s homes, or in other places where it is easy to see the animals from the village. The previous year, these same villagers also planted trees, now growing in small stands.

Tito and his colleagues will come back the following week. Each village gets a follow up visit every week. Over the next few visits, the NGO extensionists will make sure that there are no unforeseen problems. But there is little doubt that these folks will plant their trees.

The team hopes that the trees will help to keep the soil on the steep slopes and out of the streams that provide drinking water to the valley below. Almost all of the land around these communities is quite steep, so no matter where the trees are planted, they should help to manage soil erosion. The NGO would have liked to have planted native trees, rather than pines, which are not native to South America. But the local people wanted pine trees, and so that’s what they got.

The moral of the story is, local people will plant and manage forestry trees if:

  • The tree species is of interest to the communities
  • The trees are accompanied by tools, food or other things of value that stimulate folks to invest in planting trees
  • Local people are consulted about the project beforehand and organized

Cynics complain that development work is going in circles, but that’s not true. Like any skill, community development work improves with practice.

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Further reading

Bentley, Jeffery W. & Jorge Valencia 2003 “Learning about Trees in a Quechua-Speaking Andean Community in Bolivia,” pp. 69-134. In Paul Van Mele (ed.) Way Out of the Woods: Learning How to Manage Trees and Forests. Newbury, UK: CPL Press. 143 pp.

Acknowledgements

Thanks to Fundación Agrecol Andes, for inviting me to see their work. Thanks to the project team, including Alexandra Flores, David Torrico, Nelson Daga and Edgar Hinojosa. This project was funded by CRS (Catholic Relief Services) with additional funding by the Coca Cola Foundation. The soft drinks distributed on this visit were from a Bolivian bottler, not Coke.

LA MANERA CORRECTA DE DISTRIBUIR LOS ÁRBOLES

Por Jeff Bentley

23 de febrero del 2020

Los plantines de árboles se pueden distribuir de forma correcta, o incorrecta, como me di cuenta recientemente.

La manera incorrecta. Hace unos 30 años, yo estaba visitando a una familia en una aldea hondureña, Galeras, cuando llegó una camioneta del Ministerio de Agricultura. Dos hombres descargaron pequeñas bolsas de plástico negro. Cada bolsa tenía el plantín de un árbol desconocido, de hoja ancha.

Una mujer se bajó del carro y sin tomar la molestia de saludarnos, hizo un discurso rápido, memorizado. “Les estamos dejando unos pequeños árboles para que los planten. Sirven para la sombra, para la madera, para la leña, y el ganado puede comer las hojas. Se llaman …” y nos dio un largo y engorroso nombre científico.

“¿Cuál es el nombre común?” Pregunté.

“Oh, no lo sé, sólo plántenlas.”

Y sin más ceremonia, la gente del Ministerio volvió a su carro y se fue a la próxima casa. En las semanas siguientes, vi bultos de plantitas frente a muchas casas en Galeras. Estos árboles, que llegaron sin aviso y sin invitación, lentamente se murieran.

La manera correcta. Esta semana, visité las comunidades de Collpa Cala Cala y Collpa Centro, con extensionistas de una ONG boliviana, Fundación AGRECOL Andes, que tiene 20 años de experiencia en comunidades altoandinas.

Esta vez, estuve dentro de la camioneta, con la gente del proyecto. El equipo había entrado el día anterior con un camión más grande, para entregar 5000 plantines de pino a Collpa Cala Cala, y 3600 arbolitos a la Collpa Centro, y más plantines a otras dos comunidades.  Esa mañana, los arbolitos brillaban con el rocío en el prado de las vacas, las cuales estaban atadas fuera del alcance de los plantines. Los comuneros pronto se reunieron a nuestro alrededor, y hablando en el idioma ancestral, quechua, Tito Villarroel (el coordinador del proyecto) les recordó que el objetivo era que “cada familia plante los árboles que había ordenado”. Continuó: “Por favor, cuenten el número de plantines que pidieron”. Cada familia había pedido de 100 a 500 plantines.

Tito preguntó si alguien de la comunidad quería hablar. Dos hombres locales, don Marco y don Juvenal, agradecieron el proyecto y dijeron que no querían que se acabara. Dijeron que les gustaría tener árboles durante dos años más.

Pregunté a algunos de los agricultores por qué querían pinos. “Por la madera”, dijeron. “Para venderla o para usarla nosotros mismos”.

El equipo pasó lista y dio a cada familia suscrita una nueva picota, un mango de madera y un azadón, para que tuvieran las herramientas adecuadas para plantar los árboles. Cada familia también recibió una bolsa de pan, un pollo crudo entero, y una botella de refresco de dos litros. Esta comida ayudará a alimentar a la familia el día que planten los árboles.

Cada familia ha acordado plantar los árboles en un lugar de su elección, donde puedan proteger los árboles del ganado suelto. Muchos de los árboles se plantan cerca de las casas de la gente, o en otros lugares donde es fácil ver los animales de la comunidad. El año anterior, estos mismos vecinos también plantaron árboles, que ahora crecen en pequeños manchones alrededor de las comunidades.

Tito y sus colegas volverán la semana siguiente. Cada comunidad recibe una visita de seguimiento cada semana. En las próximas visitas, los extensionistas de la ONG se asegurarán de que no haya problemas imprevistos. Pero hay pocas dudas de que la gente plantará sus árboles.

El equipo espera que los árboles ayuden a conservar el suelo en las laderas empinadas, para proteger a las quebradas que dan agua potable al valle de abajo. Casi toda la tierra alrededor de estas comunidades es bastante escarpada, por lo que no importa dónde se planten los árboles, ayudará a manejar la erosión del suelo. A la ONG le hubiera gustado plantar árboles nativos, en lugar de pinos, que no son nativos de Sudamérica. Pero la gente local quería pinos, y eso es lo que obtuvieron.

La moraleja es que la gente local plantará y manejará los árboles forestales si:

– Las especies de árboles son de interés para las comunidades

– Los árboles van acompañados de herramientas, alimentos u otras cosas de valor que estimulan a la gente a invertir en la plantación de árboles

– Se consulta a la población local sobre el proyecto de antemano y se organiza

Los cínicos se quejan de que el trabajo de desarrollo sólo da vueltas, pero eso no es cierto. Como cualquier habilidad, el trabajo de desarrollo de la comunidad mejora con la práctica.

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Lectura

Bentley, Jeffery W. & Jorge Valencia 2003 “Aprendiendo sobre Árboles en una Comunidad Andina de Habla Quechua en Bolivia,” pp. 69-134. In Paul Van Mele (ed.) Way Out of the Woods: Learning How to Manage Trees and Forests. Newbury, UK: CPL Press. 143 pp.

Agradecimientos

Gracias a la Fundación AGRECOL Andes, por invitarme a ver este trabajo. Gracias al equipo de trabajo, incluyendo a Alexandra Flores, Nelson Daga, David Torrico y Edgar Hinojosa. Este proyecto fue financiado por CRS (Catholic Relief Services) con fondos adicionales de la Fundación Coca Cola. Los refrescos distribuidos en esta visita fueron de una embotelladora boliviana, no de la Coca Cola.

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