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Can Andean farmers predict the weather accurately? January 3rd, 2021 by

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In the Peruvian Andes, in the southern hemisphere’s summer of 1990-91, a researcher named Ricardo Claverías wondered if local people really could predict the weather. In 1990, before the crops were planted, Claverías interviewed a random sample of 32 farmers living near the shores of Lake Titicaca. As they do every year, these farmers observed the stars, the birds, animals, cactus and other plants to predict the agricultural season.

Each individual farmer looked at several “indicators” or signs of nature, and some people were better observers than others, but 59% of Claverías’ sample predicted a normal or a dry year. However, 16% had still not formed an opinion, so 70% of those who had made their forecast at the time of the study told Claverías it would be a normal year, although perhaps a little dry.

Even though 70% of the sampled farmers is a clear majority, the prediction was not unanimous. In effect, it did turn out to be a slightly dry year, but it was complicated. The rains were below average, but there was little frost, so the main crops and animals thrived (potatoes, quinoa, llamas and sheep). In general, the study reconfirmed farmers’ predictions.

A few years later, Claverías had an excellent opportunity to compare scientific and peasant forecasts for an agricultural season.

In July of 1997, weather experts met in Lima, to discuss the upcoming El Niño event, which they could foresee by the rise in ocean temperatures off the Peruvian coast. The experts predicted massive flooding in the Amazon Basin, and along the Pacific Coast, but in Peru’s section of the Altiplano, the high plains in the south, there would be a devastating drought, an opinion seconded by a meeting of international meteorologists in Lima in October of that year.

In 1997, Claverías didn’t have time to do as complete a study as he had done seven years earlier, but he did ask some farmers on the Altiplano how the upcoming summer season of 1997-98 would unfold. He also asked agronomists who were in close contact with farmers. These folk forecasts were mainly for a good year. Farmers especially noticed the various species of birds that nested in the totora, a plant in the shallow waters of Titicaca.

Every year the lake waters rise and fall with changes in the rainfall. The birds build their nests in the totora above the water, in the dry season. If the birds sense a wet year, they make their nests high on the totora plants. If the birds feel a dry year coming on, they build their nests low, close to the water. In 1997, the bird nests were fairly high, and the farmers did not believe there would be a drought.

It turns out that the scientific predictions were right, on the coast, which was drenched in floods. But on the Altiplano the drought never came. The rains were a bit below normal during the September-to-May growing season, but certainly within the normal range. The harvests were good, and with the devastation brought on other regions, prices were high and the farmers were able to make money by selling any surplus they had.

Claverías argued for more and better studies to verify local weather prediction. I’m not sure that there have been many follow-up studies in the 20 years since he wrote his unpublished paper. Such research would take a bit of time and effort, but it could be done in a year or two, ideal for a thesis project, and the method is straightforward. Besides, such a study could be done in other parts of the world, not just in the Andes.

Method to verify local weather prediction knowledge

1. Compile the indicators that farmers in your study area use to predict the weather.

2. Ask a few dozen farmers for their forecasts before the agricultural season begins.

3. Compile weather data and farm production figures as the year unfolds.

A few such studies would reject or confirm the hypothesis that folk meteorology can predict the weather for a whole season at a time—a task that normal science still cannot do, El Niño years aside. The practical results would be of value for the whole agricultural sector.

Claverías’ paper has been cited 35 times (well, now 36), which is respectable for a publication, but outstanding for a manuscript that was never published. Any future weather paper would no doubt appeal to a large audience.

Further reading

Claverías, Ricardo 2000 Conocimientos de los Campesinos Andinos sobre los Predictores Climáticos: Elementos para su Verificación. Paper read at the Seminary-Workshop organized by the NOAA Project (Missouri). Chucuito, Puno, Perú.

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¿LA GENTE ANDINA RURAL PUEDE PRONOSTICAR EL TIEMPO DE VERDAD?

Por Jeff Bentley, 3 de enero del 2021

En los Andes peruanos, en el verano de 1990-91, un investigador llamado Ricardo Claverías se preguntó si la gente local realmente podía pronosticar el clima. En 1990, antes de que se sembraran sus chacras, Claverías se entrevistó con una muestra al azar de 32 agricultores que vivían cerca del lago Titicaca. Como lo hacen todos los años, estos agricultores observaron las estrellas, los pájaros, los animales, los cactus y otras plantas para predecir el tiempo duranta la campaña agrícola.

Cada agricultor individual observó varios “indicadores” o signos de la naturaleza, y algunas personas fueron mejores observadores que otras, pero el 59% de la muestra de Claverías predijo un año normal o seco. Sin embargo, el 16% aún no se había formado una opinión, por lo que el 70% de los que habían hecho su pronóstico en el momento del estudio le dijeron a Claverías que sería un año normal, aunque tal vez un poco seco.

Aunque el 70% de los agricultores de la muestra es una clara mayoría, la predicción no fue unánime. En efecto, resultó ser un año ligeramente seco, pero era complicado. Las lluvias eran un poco inferiores al promedio, pero hubo pocas heladas, por lo que hubo una buena producción de los principales cultivos y animales (papas, quinua, llamas y ovejas). En general, el estudio reconfirmó las predicciones de los agricultores.

Unos años más tarde, Claverías tuvo una excelente oportunidad de comparar los pronósticos científicos y campesinos para una temporada agrícola.

En julio del 1997, los meteorólogos se reunieron en Lima, para discutir el próximo evento de El Niño, que podían prever por el aumento de las temperaturas del mar en la costa peruana. Los expertos predijeron inundaciones masivas en la cuenca amazónica y a lo largo de la costa del Pacífico, pero en Altiplano del Perú, las altas llanuras del sur, habría una sequía devastadora, opinión que fue secundada por una reunión de meteorólogos internacionales en Lima en octubre de ese año.

En 1997, Claverías no tuvo tiempo de hacer un estudio tan completo como el que había hecho siete años antes, pero sí preguntó a algunos agricultores del Altiplano cómo se desarrollaría la próxima temporada del verano de 1997-98. También preguntó a los agrónomos que estaban en estrecho contacto con los agricultores. Estas predicciones populares eran principalmente para un buen año. Los agricultores se fijaron especialmente en las diversas especies de aves que anidaban en la totora, una planta de las aguas poco profundas del Titicaca.

Cada año las aguas del lago suben y bajan con los cambios en la lluvia. Los pájaros construyen sus nidos en las totoras, sobre el agua, durante la época seca. Si las aves perciben un año lluvioso, hacen sus nidos en lo alto de las totoras. Si sienten que viene un año seco, construyen sus nidos bajo, cerca del nivel del agua. En 1997, los nidos de las aves estaban bastante altos, y la gente rural no creían que habría una sequía.

Resulta que las predicciones científicas eran correctas, en la costa, que estaba devastada por las inundaciones. Pero en el Altiplano, la sequía nunca llegó. Las lluvias estuvieron un poco por debajo de lo normal durante la campaña agrícola de septiembre a mayo, pero siempre dentro del rango normal. Las cosechas fueron buenas, y con la destrucción causada en otras regiones, los precios de los alimentos fueron altos y los agricultores ganaban dinero vendiendo cualquier excedente que tuvieran.

Claverías abogó por más y mejores estudios para verificar el pronóstico meteorológico local. Dudo que haya habido muchos estudios de seguimiento en los 20 años desde que escribió su trabajo. Tal investigación tomaría un poco de tiempo y esfuerzo, pero podría hacerse en un año o dos, ideal para un proyecto de tesis, y el método es claro. Además, se podría hacer el estudio en otras partes del mundo, no sólo en los Andes.

Método para verificar el conocimiento meteorológico local

1. Compile los indicadores que los agricultores de su zona usan para pronosticar el tiempo.

2. Pida diagnósticos a unas docenas de personas rurales antes de que empiece la campaña agrícola.

3. Compile los datos meteorológicos y de producción agrícola a medida que pase el año.

Unos pocos estudios de este tipo rechazarían o confirmarían la hipótesis de que la meteorología popular puede pronosticar el tiempo para todo un año en un momento dado, una tarea que la ciencia normal todavía no puede hacer, excepto tal vez en años de El Niño. Los resultados prácticos serían valiosos para todo el sector agrícola.

El trabajo de Claverías ha sido citado 35 veces (bueno, ahora 36), lo que es respetable para una publicación, pero es mucho para un manuscrito inédito. Cualquier futura publicación científica sobre la meteorología popular sin duda atraería a un buen público.

Further reading

Claverías, Ricardo 2000 Conocimientos de los Campesinos Andinos sobre los Predictores Climáticos: Elementos para su Verificación. Trabajo presentado en el Seminario-Taller organizado por el Proyecto NOAA (Missouri). Chucuito, Puno, Perú.

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Municipal compost: Teaching city governments December 27th, 2020 by

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Much of farm produce ends up in city landfills, but with a little work and some smart ideas, towns can recycle their organic waste, as I saw recently in Tiquipaya, a small city in metropolitan Cochabamba, Bolivia.

For over ten years, Tiquipaya’s municipal composter has turned some of the city’s trash into the best organic fertilizer. Ing. Denis Sánchez, who runs the city composter, obviously loves his work and is happy to show groups around the tidy (and fly-free) operation.

The first stop is reception, where garbage trucks and cooperating citizens dump off refuse: the garden trimmings from the city’s parks, wilted flowers from the cemetery, waste from the market, and trash from nearly half of the municipality’s households. At reception, Denis’ crew does their most tedious task, separating the plastic from the organic. Cooked food waste is a nuisance because it rots quickly and has “very bad microbes,” as Denis puts it.

Denis is certain that the compost picks up good microbes from its surroundings. Compost’s good microbes smell good and the only slightly bad odor is from the fresh garbage in the reception area. The composter is only four blocks from the town square, so the city government would not tolerate any bad smells. In reception, the fresh, “green” refuse is mixed about half and half with “brown” waste, such as dried tree leaves pruned from city parks. Mixing was easier when the compost plant had a chipping machine that would chop up all the tree branches. The machine broke down a few years ago, so now the crew occasionally gets a caterpillar to come in and roll over the tree branches to break them up. The small bits go into the compost and the big pieces are sold as firewood.

From reception, the blend of brown and green trash goes to the “forced air” section. Compost needs air, which can be provided by turning over the pile, but that’s a lot of work. At the Tiquipaya plant, perforated hoses force air up into each 40-ton pile of compost. The crew waters the compost once a week, for seven weeks, and during that time they do turn it one time, for an even decomposition.

After seven weeks the compost is taken to mature, like a fine wine. It is heaped up and every week it is watered, and also turned with a little front-end loader. The aged compost is then sifted in a rotating drum to remove any big pieces. The resulting fine compost is then sold to the public.  The municipality also fertilizes Tiquipaya’s city parks with the compost, so they do not have to buy any fertilizer. The city also uses the compost as potting soil to grow ornamental plants.

Of course, it’s not all easy. One limitation is education. The municipal market has separate bins for organic and plastic garbage, but most patrons toss all their trash into one can or the other. Three of the city’s eight garbage routes send a truck one day a week to collect organic trash from households. On each ride, Denis sends a member of staff along to remind residents to leave out their plastics and cooked food waste. It’s a constant job to educate the public, so sometimes the municipality rewards cooperating families with plants.

A second limitation is labor. Even with some clever machines, the hard-working staff (three full-time and four part-time, besides Denis) can process about 5.5 tons of trash per day, of the 40 tons that Tiquipaya produces. The city could compost 20 tons of rubbish, with a bit more space, additional workers and investment.

Denis says that it costs 312 Bs. ($44) to make a cubic meter of compost, which he sells for 120 Bs. ($17), a loss he has to accept because “no one would pay its true cost.”

The plant was created with an investment of 1,734,000 Bs. ($246,000) and has an annual labor cost of 185,000 Bs. ($26,000), financed by the municipal government. The compost plant has had financial and technical support from Catalonia and Japan.

The crew seems to be enjoying their morning at the plant. It is light, active work in the glorious Andean sunshine with friendly colleagues.

Tiquipaya’s large neighbor, the city of Cochabamba, has a wretched problem with its landfill, now full and rising like a tower while the surrounding residents often protest by blockading out the garbage trucks, forcing the trash to pile up in city streets.

Cities have to invest to properly dispose of their garbage. People who make trash (including the plastics industry) can be charged for its disposal. The public needs to be taught how to buy food with less plastic wrapping and how to recycle green waste at home. The good news is that cities can recycle much of their rubbish, selling the plastics, and producing compost to improve the soil and replace chemical fertilizer.

Denis thinks of his plant as a school, where others can learn. In fact, several small cities (Sacaba, Vinto, Villazón, and some in the valleys of Santa Cruz) have started similar plants on the Tiquipaya model. Denis is proud to show his work to others.

With some enlightened investment, a city can turn its garbage into useful products and green jobs while avoiding unsustainable landfills, which simply bury the nutrients that farmers have won from the soil.

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COMPOST MUNICIPAL: UNA ESCUELA PARA LAS ALCALDÍAS

Por Jeff Bentley

27 de diciembre del 2020

Mucha de la producción agrícola termina en los rellenos sanitarios urbanos, pero con un poco de esfuerzo y unas ideas claras, los municipios pueden reciclar su basura orgánica, como vi hace poco en Tiquipaya, una pequeña ciudad en el eje metropolitano de Cochabamba, Bolivia.

Hace más de diez años, la compostera municipal de Tiquipaya ha convertido parte de su basura en un excelente fertilizante orgánico. El Ing. Denis Sánchez dirige la compostera, y obviamente le encanta su trabajo y el mostrar su planta bien ordenada (y libre de moscas) a grupos de ciudadanos.

En la primera parada, la recepción, los camiones basureros y algunos vecinos colaboradores, dejan su basura, las podas del ornato público, flores marchitadas del cementerio, basura del mercado y de casi la mitad de las familias del municipio. En recepción, los trabajadores realizan lo más tedioso, separando los plásticos de los orgánicos. Los restos de la comida son una molestia porque se pudren rápidamente y tienen “algunos microbios muy malos,” como Denis explica.

Denis afirma que el compost adquiere buenos microbios de su entorno. Los microbios buenos huelen bien y el único olor un poco desagradable viene de la basura fresca en recepción. La planta está apenas a cuatro cuadras de la plaza principal, y la alcaldía no toleraría ningún mal olor. En recepción, la basura fresca, la “verde”, se llena mitad-mitad con los desechos “marrones” tales como la hojarasca de los parques urbanos. El mezclarlo era más fácil cuando la compostera tenía una máquina que picaba todas las ramas. La máquina se descompuso hace algunos años, y ahora de vez en cuando traen una oruga que pisotea las ramas para quebrarlas. Los pedazos pequeños entran al compost y las piezas grandes se venden como leña.

Después de la recepción, la mezcla de basura verde y marrón pasa a la sección de “aireación forzada”. El compost necesita aire, que se puede proveer con el volteo, pero es mucho trabajo. En la compostera de Tiquipaya, usan tubería perforada para empujar el aire a cada pila de 40 toneladas de compost. Riegan las pilas una vez a la semana, durante siete semanas, y durante ese tiempo las voltean una vez, para lograr una descomposición pareja.

A las siete semanas, llevan el compost a madurarse, como un vino fino. Hacen montones de compost que se riegan y se voltean cada semana con una máquina mini cargadora. El compost madurado es cernido en un dron rotatorio para sacar cualquier objeto grande. El compost fino se vende al público. La alcaldía fertiliza los parques de Tiquipaya con el compost, así que no tienen que comprar fertilizante. Además, usan el compost como sustrato para producir plantas ornamentales.

Claro que cuesta trabajo. Una limitación es la educación. El mercado municipal tiene basureros separados para plásticos y orgánicos, aunque los usuarios a veces mezclan todo. Tres de las ocho rutas del carro basurero recogen solo residuos orgánicos un día de la semana, y cada vez, Denis manda un funcionario de la planta para hacerle recuerdo a la gente que no incluyan sus plásticos ni sus restos de comida. La educación pública es un esfuerzo constante. De vez en cuando regalan plantas para premiar a los buenos vecinos.

Una segunda limitante es la mano de obra. Aun con maquinaria, el esmerado personal (tres a tiempo completo y cuatro a tiempo parcial, además del Ing. Denis) logra procesar unas 5.5 toneladas de basura por día, de las 40 toneladas que Tiquipaya produce. Con un poco más de espacio, personal, e inversión podrían compostar 20 toneladas.

Denis cuenta que cuesta 312 Bs. ($44) hacer un metro cúbico de compost, lo cual vende por 120 Bs. ($17), una pérdida que se acepta porque “nadie pagaría su costo real.”

La planta se creó con una inversión de 1,734,000 Bs. ($246,000) y tiene un costo anual de mano de obra de 185,000 Bs. ($26,000), financiada por la alcaldía. La compostera ha tenido apoyo financiero y técnico de Cataluña y del Japón.

Parece que los trabajadores municipales disfrutan de su trabajo en la planta. Es trabajo físico, pero liviano al aire libre mientras que permite la charla entre colegas.

La ciudad vecina a Tiquipaya, Cochabamba, tiene un problema severo con su relleno sanitario, que ahora está lleno y crece como una torre, mientras los vecinos frecuentemente protestan, bloqueando la entrada a los camiones basureros, hasta que la basura se deja en montículos por toda la ciudad.

Las ciudades tienen que invertir para deshacerse correctamente de su basura. Se puede cobrar impuestos a la gente que genera la basura, incluso a las industrias de los plásticos. Hay que enseñar al público a comprar comida con menos envases plásticos, y cómo reciclar la basura verde en casa. La buena noticia es que las ciudades pueden reciclar gran parte su basura, vendiendo los plásticos y produciendo compost para mejorar el suelo y para reemplazar a los fertilizantes químicos.

Denis piensa en su planta como una escuela, donde otros pueden aprender. De hecho, varias ciudades pequeñas (Sacaba, Vinto, Villazón, y algunas en los valles de Santa Cruz), han construido plantas similares, usando el modelo de Tiquipaya. Denis está dispuesto a compartir sus conocimientos con otra gente interesada, sintiendo mucho orgullo por lo logrado.

Con un poco de inversión inteligente, una ciudad puede convertir su basura en productos útiles e ítems de trabajo verde, mientras evita los rellenos no sostenibles, que simplemente entierran los nutrientes ganados con tanto esfuerzo por la producción agrícola.

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Old know-how, early warning November 22nd, 2020 by

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In the Bolivian Andes, some officials are starting using local knowledge to improve their early warning systems for natural disasters.

For centuries, local farmers have used the signs of nature (clouds, stars, the behavior of plants and animals) to predict disasters like hail, floods and droughts, and to forecast the welcome rains that make crops grow.

Then, starting in 2004, Prosuco (a Bolivian organization) began to organize farmers with an interest in weather and organic farming. These expert farmers, called Yapuchiris, were encouraged to teach other farmers.

In southwest Bolivia, high on the Altiplano, the local government and the Technical University in Oruro are collaborating with some of these organized Yapuchiris to provide early warning, as Professor Gunnar Guzmán explained in a recent webinar. As he put it: the Yapuchiris, using local knowledge of nature, are excellent at making long-term predictions, three to four months in advance. Meteorologists cannot make such predictions, although they are quite accurate at about 4 days in the future.

Olson Paravicini of the Risk Management Unit of the government of Oruro added that the Yapuchiris’ knowledge is local, so that each one forecasts the weather for his or her own community. This matters in a place as big as Oruro. At 53,558 square kilometers, Oruro is about the size of New York state, bigger than the Netherlands. To apply local knowledge of weather over such a large area, Paravicini and colleagues are collaborating with groups of Yapuchiris, gathering their predictions to compile a departmental level forecast to provide early warnings of floods and other nasty weather.

One of the Yapuchiris, Bernabé Choquetopa, also had a slot on the webinar, explaining several of the signs he looks for. For example, when the leque leque (Andean lapwing) migrates back into Oruro in September, don Bernabé looks at its wing. If the patch on the bird’s wing is green, the rains will be good. Green eggs also mean good rain, and dark eggs mean drought. The signs reinforce each other, so after explaining that the ayrampu cactus was bearing lots of fruit and that the foxes had healthy coats, don Bernabé predicted that this would be a good, normal year for rains in his part of Oruro.

Professional weather observers are now paying attention to the Yapuchiris, who are increasingly organized and well respected. Guzmán thinks that some of the local signs of nature are 90% accurate, a probability that increases as several are used together.

Plants and animals that have evolved in a harsh landscape may have behaviors that reflect the coming weather. Observant local people have the wisdom to pay attention to the local patterns of life. I’m optimistic when I see local scientists who have respect for this knowledge. That alone is a good sign for the future.

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Further reading

Unfortunately, I can’t find a recording of the webinar (16 November 2020), but the seminar, the speakers and the titles of their presentations were:

Seminario Virtual Saberes Ancestrales de Bioindicadores Naturales para la Reducción de Riesgos Agropecuarios

Ing. Naida Rufino Challa, SEDAG-GAD ORU (Servicio Departamental de Agricultura y Ganadería, Gobierno Autónomo Departamental de Oruro). Mejoramiento del sistema de alerta temprana del sector agropecuario en el departamento de Oruro.

M.Sc. Ing. Gunnar D. Guzmán Vega, FCAN-UTO (Facultad de Ciencias Agrarias y Naturales, Universidad Técnica de Oruro). Efectividad de los indicadores naturales en la predicción climática en las comunidades.

Bernabé Choquetopa Rodríguez. Informante local. Pronósticos locales 2020-2021 del sur de Oruro.

Ing. Olson C. Paravicini Figueredo, UGR-GAD ORU (Unidad de Gestión de Riesgos, Gobierno Autónomo Departamental de Oruro). Bioindicadores y tecnología informática como sistema integrado de alerta temprana.

SABERES ANTIGUOS, ALERTA TEMPRANA

Por Jeff Bentley, 22 de noviembre del 2020

En los Andes bolivianos, algunas autoridades han empezado a usar los conocimientos locales para mejorar sus sistemas de alerta temprana de desastres naturales.

Durante siglos, los agricultores locales han leído los signos de la naturaleza (las nubes, las estrellas, el comportamiento de las plantas y los animales) para predecir desastres como la granizada, las riadas y las sequías, y para pronosticar las queridas lluvias que nutren a los cultivos.

Luego, a partir de 2004, Prosuco (una organización boliviana) comenzó a organizar a los agricultores interesados en el clima y la agricultura orgánica. Se les alentó a estos agricultores expertos, llamados Yapuchiris, a que enseñaran a los demás.

En el Altiplano del sudoeste de Bolivia, el gobierno local y la Universidad Técnica de Oruro están colaborando con algunos de estos Yapuchiris organizados para dar una alerta temprana, como explicó el Ingeniero Gunnar Guzmán hace poco en un webinar. Según él, los Yapuchiris, con su conocimiento local de la naturaleza, hacen acertadas predicciones a largo plazo, con tres o cuatro meses de anticipación. A cambio, los meteorólogos no pueden hacer eso, aunque hacen buenos pronósticos a unos 4 días en el futuro.

Olson Paravicini, de la Unidad de Gestión de Riesgos del Gobierno Autónomo Departamental de Oruro, añadió que el conocimiento de los Yapuchiris es local, de modo que cada uno pronostica el tiempo para su propia comunidad. Esto es importante en un lugar tan grande como Oruro. Con 53.558 kilómetros cuadrados, Oruro es el tamaño del Costa Rica, más grande que los Países Bajos. Para aplicar el conocimiento local del tiempo en una zona tan grande, Paravicini y sus colegas están colaborando con grupos de Yapuchiris, aprendiendo sus pronósticos para compilar un sistema de alerta temprana a nivel departamental para predecir riadas y otros desastres climáticos.

Uno de los Yapuchiris, Bernabé Choquetopa, también habló en el webinar, explicando varias de los indicadores que él busca. Por ejemplo, cuando el leque rebinar vuelve a Oruro en septiembre, don Bernabé mira su ala. Si es verduzca, las lluvias serán buenas. Los huevos verdes también significan buena lluvia, pero los huevos oscuros significan sequía. Los signos se refuerzan mutuamente, así que después de explicar que el cactus ayrampu estaban cargados de frutos y que los zorros tenían buen pelaje, don Bernabé predijo que este año sería bueno y normal para las lluvias en su sector de Oruro.

Ahora algunos meteorólogos profesionales prestan atención a los Yapuchiris, que son cada vez más organizados y respetados. Guzmán cree que algunos de los signos locales de la naturaleza tienen una precisión del 90%, probabilidad que aumenta a medida que se usan varios indicadores juntos.

Las plantas y los animales que han evolucionado en una tierra inhóspita pueden tener comportamientos que reflejan el tiempo y el clima. La gente local tiene la sabiduría de observar cuidadosamente a los patrones locales de vida. Soy optimista cuando veo que los científicos locales ganan respeto por este conocimiento. Eso sí es una buena señal para el futuro.

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Nombres científicos

Ayrampu: Opuntia soehrensii

Leque leque: Vanellus resplendens

Zorro andino: Lycalopex culpaeus

Lectura adicional

Infelizmente, no ubico una grabación del webinar (16 de noviembre del 2020), pero el seminario virtual, los discursantes y sus presentaciones eran:

Seminario Virtual Saberes Ancestrales de Bioindicadores Naturales para la Reducción de Riesgos Agropecuarios

Ing. Naida Rufino Challa, SEDAG-GAD ORU (Servicio Departamental de Agricultura y Ganadería, Gobierno Autónomo Departamental de Oruro). Mejoramiento del sistema de alerta temprana del sector agropecuario en el departamento de Oruro.

M.Sc. Ing. Gunnar D. Guzmán Vega, FCAN-UTO (Facultad de Ciencias Agrarias y Naturales, Universidad Técnica de Oruro). Efectividad de los indicadores naturales en la predicción climática en las comunidades.

Bernabé Choquetopa Rodríguez. Informante local. Pronósticos locales 2020-2021 del sur de Oruro.

Ing. Olson C. Paravicini Figueredo, UGR-GAD ORU (Unidad de Gestión de Riesgos, Gobierno Autónomo Departamental de Oruro). Bioindicadores y tecnología informática como sistema integrado de alerta temprana.

Of mangos and manioc October 18th, 2020 by

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Last week in this blog, I wrote about how Native American words for crops entered English and other tongues from native languages, through Spanish (Spanish chocolate). Now it’s time for the other side of the story, the Portuguese side.

Soon after the Columbus voyage, in May of 1493, Pope Alexander VI essentially drew a line north-south through the Atlantic Ocean, 100 leagues (about 400 km) west of the Cape Verde Islands, declaring that any lands discovered west of that line would belong to Spain. The Portuguese could claim any non-Christian country east of the line. The Pope’s intention was to recognize Spanish rights to the islands of the Caribbean, since the Portuguese had previously claimed all lands south of the Canary Islands (which would have given the Caribbean to the Portuguese).  The Portuguese accepted Spain’s hold on the Caribbean, but argued strenuously that the line should be moved a further 270 leagues west.  

Just the next year, Spanish and Portuguese negotiators met in Tordesillas, in northern Spain, where Spain bowed to the Portuguese demand, and the line moved west. Fortuitously, the change would later ensure that Brazil became a Portuguese colony.

The Portuguese would only land on Brazil in 1500, but six years earlier in Tordesillas, they had insisted so strongly on moving the line that some historians wonder if Portugal had known of South America in 1494. In the end, Portugal claimed Brazil in addition to territories in Africa and Asia. Spain got the rest of the Americas and most of the Pacific Ocean. Even by the arrogant standards of sixteenth century imperialism, the Tordesillas deal was astonishing, splitting the world in half the way you would slice an orange with a knife.

Other seafaring nations, especially England, rejected the Treaty of Tordesillas out of hand, but the deal did help to avoid war between Spain and Portugal. The Portuguese set up a string of trading colonies from Guinea Bissau in West Africa to Macau in China. They took 16th century manufactured goods east, along with the names for the stuff. Many languages in Asia and Africa borrowed Portuguese words for items like “window” (janela) and “key” (chave).

The exchange of goods and words worked both ways. In India, Portuguese travelers savored a delicious fruit called maanga in Malayalam, a Dravidian language. The fruit became “manga” in Portuguese, and then “mango” in many languages from German to Japanese.

The Portuguese also brought new foods from Brazil, like a tasty nut, called “cashew” in many European languages from the Portuguese caju, from akaiú, in the native Tupi language.

In spite of treaties, the Spanish-Portuguese tension lingered, and still shows up in language today. The tropical American root crop, cassava, has three names in English. The word “cassava” comes from the Spanish cazabe (the name for cassava flour), which is from the Taino, a native language that was then spoken throughout the Greater Antilles. Another English word for cassava is “manioc”, which comes not from Spanish, but from the rival Portuguese, from mandioca, from mandióka, in the Tupi language of Brazil.  German, Dutch and many other languages also have two words for this crop, “cassava” from Taino via Spanish and “manioc” from Tupi through Portuguese.

The label for “pineapple” was also contested. The Spanish called the fruit piña, “pinecone”, because of its faceted skin. The English translated piña as “pine” and added “apple,” to signal “this is a fruit”, making an unusual blended word.  Brazilians today call the pineapple abacaxi (from the Tupi ywa-katí, “fragrant fruit”), but in Portugal it is ananás, from the Tupi word for pineapple, naná. In most of the world’s languages today, except for English and Spanish, the pineapple is known by some version of “ananas.”

The line of Tordesillas, through the center of the Atlantic Ocean, seems improbably and crudely imperialistic to modern ideals. The Iberian colonies have finally all been surrendered, but the Spanish influence on the world’s languages is still felt from the west of that line, with a Portuguese legacy on the east side.

Further reading

Brotton, Jerry 2013 A History of the World in Twelve Maps. London: Penguin Books. 514 pp. (See chapter 6).

Etymologies

Most of the etymologies are from Michaelis Dicionário Brasileiro da Língua Portuguesa

DE MANGOS Y MANDIOCA

18 de octubre del 2020, por Jeff Bentley

La semana pasada en este blog, escribí que algunas palabras indígenas para cultivos americanos pasaron al inglés y a otros idiomas desde las lenguas nativas, a través del español (Chocolate español). Ahora nos toca la otra parte de la historia, el lado portugués.

Poco después del viaje de Colón, en mayo de 1493, el Papa Alejandro VI trazó una línea de norte a sur a través del Océano Atlántico, a 100 leguas (unos 400 km) al oeste de las Islas de Cabo Verde, declarando que cualquier tierra descubierta al oeste de esa línea pertenecería a España. Los portugueses podrían reclamar cualquier país no cristiano al este de la línea. La intención del Papa era reconocer los derechos españoles sobre las Islas del Caribe, ya que los portugueses habían reclamado anteriormente todas las tierras al sur de las Islas Canarias (que daría el Caribe a los portugueses).  Los portugueses aceptaron el dominio español sobre el Caribe, pero argumentaron enérgicamente que la línea debería desplazarse otras 270 leguas hacia el oeste. 

Al año siguiente, los negociadores españoles y portugueses se reunieron en Tordesillas, en Castilla, donde España aceptó la demanda portuguesa y la línea se movió hacia el oeste. Por suerte de los portugueses, más tarde el cambio les daría el Brasil como colonia.

Los portugueses sólo desembarcarían en el Brasil en el 1500, pero seis años antes en Tordesillas, habían insistido tanto en mover la línea que algunos historiadores se preguntan si Portugal había sabido de América del Sur en el 1494. Al final, Portugal reclamó Brasil además de territorios en África y Asia. España obtuvo el resto de las Américas y la mayor parte del Océano Pacífico. Aun según los arrogantes estándares del imperialismo del siglo XV, el acuerdo de Tordesillas fue mucha cosa, dividiendo el mundo a la mitad como si se tratara de cortar una naranja con un cuchillo filudo.

Otras naciones marineras, especialmente Inglaterra, rechazaron el Tratado de Tordesillas de frente, pero el acuerdo ayudó a evitar la guerra entre España y Portugal. Los portugueses establecieron una serie de colonias comerciales desde Guinea Bissau en África Occidental hasta Macao en la China. Se llevaron las manufacturas del siglo XVI al este, junto con sus nombres. Muchos idiomas de Asia y África se prestaron palabras portuguesas para artículos como “ventana” (janela) y “llave” (chave).

El intercambio de bienes y palabras corrió en ambos sentidos. En la India, los viajeros portugueses saborearon una deliciosa fruta llamada maanga en malayalam, una lengua dravídica. La fruta se convirtió en “manga” en portugués, y luego en “mango” en muchos idiomas del alemán al japonés.

Los portugueses también trajeron nuevos alimentos del Brasil, como el sabroso marañón. Su nombre en inglés y en varios otros idiomas europeos, cashew, viene del “caju” en portugués, del akaiú, en la lengua nativa tupí.

A pesar de los tratados, la tensión hispano-portuguesa persistió, y aún hoy se manifiesta en el idioma. La yuca, o la mandioca, tiene varios nombres. El más común en inglés es “cassava”, del español “cazabe” (el nombre no de la yuca sino de su harina). “Cazabe” viene del taíno, idioma nativo que se hablaba en las Antillas Mayores. Otra palabra inglesa para la yuca es “manioc” que no es del español, sino de su rival, el portugués, de “mandioca”, la cual viene mandióka, en la lengua tupí de Brasil.  El alemán, el holandés y muchos otros idiomas también tienen dos palabras para la yuca, “cassava” del taíno a través del español y “manioc” del tupí a través del portugués.

La “piña” era otra palabra discutida. Los españoles lo bautizaron “piña”, por las facetas de su piel, como de la fruta del pino. El inglés tradujo “piña” como pine (pino) y añadió apple (manzana), como decir “esta es una fruta”. El resultado, “pineapple” es una extraña mezcla de dos palabras.  Hoy en día los brasileños llaman a la piña abacaxi (del tupí ywa-katí, “fruta fragante”), pero en Portugal es “ananás,” de la palabra tupi para piña, naná. Actualmente en la mayoría de los idiomas del mundo, excepto el inglés y el español, la piña es conocida por alguna versión de “ananás”.

La línea de Tordesillas, atravesando el Océano Atlántico, parece improbable para nuestros ideales modernos y antimperialistas. Hoy en día los ibéricos han entregado todas sus colonias, pero la influencia española en las lenguas del mundo aún se siente desde el oeste de esa línea, con un legado portugués al lado este.

Lectura adicional

Brotton, Jerry 2013 A History of the World in Twelve Maps. Londres: Penguin Books. 514 pp. (See chapter 6).

Etimologías

La mayoría de las etimologías son de Michaelis Dicionário Brasileiro da Língua Portuguesa

Spanish chocolate October 11th, 2020 by

Vea la versión en español a continuación

When Columbus dropped anchor in the Bahamas that October day, he actually had Arabic interpreters on board, because he was so unsure who he would meet on his trip. The people he came across actually spoke Taino, an Arawakan language. The Spanish soon learned the Taino words for New World devices, like hammocks and canoes, but also for American crops, like maize (maíz, in Spanish, from the Taino mahís).

Thirty years later, in Mexico, the conquistadores learned about a bean that made a nasty, but uplifting drink. The Aztecs called it xocoatl, from xoco (bitter) and atl (water). The word became chocolate, first in Spanish, and then in dozens of other languages. The language of the Aztecs, Nahuatl, was also the source of the words for tomato (tomatl) and chili (chilli), also funneled through Spanish (tomate, chile) into most of the languages of Europe.

In South America, the Spanish learned the names for quinoa (Spanish quinua, from the Quechua kinwa) and for sun-dried meat, jerky (charque, from ch’arki).

Two hundred years after the Taino discovered Columbus lurking off their coasts, the words for Native American crops and foods were still finding their way into English, through the Spanish connection. In 1697, a British pirate with a flair for writing, William Dampier, published the bestseller A New Voyage Round the World, which introduced his readers to the avocado, from the Spanish aguacate, from the Nahuatl ahuacatl (testicle), named for its shape. For good measure, Dampier also passed on the first recorded recipe in English for guacamole (Nahuatl ahuacamulli, or “avocado sauce”).

The Native Americans gave the world so many of our favorite crops and foods. It’s fitting that some of the names for these crops are also Native American. It also makes historical sense that some of these terms were filtered through Spanish, a bittersweet reminder that these crops arrived on the global stage through conquest and colonization.  

A word about jerky

Just to set the record straight, I’ve read in two books recently that ch’arki is freeze dried. It’s not; it’s just sun dried. You can make it in warm or cold weather, as long as the sun shines.

Further reading

Preston, Diana & Michael Preston 2004 A Pirate of Exquisite Mind. The Life of William Dampier: Explorer, Naturalist and Buccaneer. London: Corgi Books. 512 pp.

For the etymologies I have generally followed the spellings in the 22nd (2001) edition of the Diccionario de la Lengua Española, by the Spanish Royal Academy. Although published in Madrid, this outstanding dictionary also respectfully documents the various Latin American versions of the Spanish language.

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CHOCOLATE ESPAÑOL

Jeff Bentley, 8 de octubre del 2020

Cuando Colón echó el ancla en las Bahamas ese día de octubre, tenía intérpretes de árabe a bordo, porque no sabía con quién se toparía en su viaje. Resulta que la gente que encontró hablaba en taíno, un idioma arahuaco. Los españoles pronto aprendieron las palabras taínas para los artefactos del Nuevo Mundo, como hamacas y canoas, pero también para los cultivos americanos, como el maíz (del taíno “mahís”). Del español, el “maíz” pasó al inglés, alemán, francés, italiano, holandés y varios otros idiomas europeos.

Treinta años después, en México, los conquistadores aprendieron sobre un grano que hacía una bebida con sabor feo, pero con efecto agradable. Los aztecas lo llamaban xocoatl, de xoco (amargo) y atl (agua). La palabra se convirtió en “chocolate”, primero en español, y luego en docenas de otras lenguas. La lengua de los aztecas, el náhuatl, fue también la fuente de las palabras para tomate (tomatl) y chile (chili), también canalizadas a través del español hasta la mayoría de las lenguas de Europa.

En Sudamérica, los españoles aprendieron los nombres de la quinua (del quechua kinwa) y del charque (ch’arki, en quechua), que terminó como jerky, en inglés.

Doscientos años después de que los taínos descubrieran a Colón acechando en sus costas, las palabras para los cultivos y alimentos de los americanos nativos seguían entrando al inglés y los otros idiomas de Europa, a través de la conexión española. En 1697, un pirata británico con talento para la escritura, William Dampier, publicó el bestseller, Un Nuevo Viaje Alrededor del Mundo, que introdujo la palabra avocado al inglés, de “aguacate” en español, del ahuacatl (testículo) nombre que pusieron en náhuatl por la forma del fruto. Además, Dampier dejó la primera receta escrita en inglés para el guacamole (el náhuatl ahuacamulli, o “salsa de aguacate”).

Los indígenas americanos dieron al mundo muchos de nuestros cultivos y alimentos favoritos. Es apropiado que algunas de los nombres para estos cultivos también sean indígenas. También tiene sentido histórico que algunos de estos términos llegaron a los demás idiomas europeos gracias a los españoles, un agridulce recuerdo que algunas de las contribuciones más valiosas de las Américas eran frutos de la conquista y la colonización.

Sobre el charque

Solo una aclaración, he leído hace poco en dos diferentes libros que el ch’arki es liofilizado, o sea que es secado en frío, congelado. Pero no es cierto. El charque es secado así no más, a sol, en tiempo frío o caliente.

Para leer más

Preston, Diana & Michael Preston 2004 A Pirate of Exquisite Mind. The Life of William Dampier: Explorer, Naturalist and Buccaneer. Londres: Corgi Books. 512 pp.

Para la mayoría de las etimologías he usado la ortografía en la 22a (2001) edición del Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española. Este magnífico diccionario es publicado Madrid, pero también documenta el vocabulario y usos latinoamericanos, con amor y respeto.

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