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The fate of food August 2nd, 2020 by

Vea la versión en español a continuación

In The Fate of Food, Amanda Little (professor of journalism and science writing at Vanderbilt University) takes us on a strange journey to the cutting edge of agricultural research. Little has an astonishing knack for getting quality face time with some of the most innovative (and busy) people in the science of food.

She takes us to Shanghai to meet Tony Zhang, an entrepreneur who dreamed of being the Whole Foods (grocery store chain) of China. Zhang was so enraged when he found out that his vegetable farmers were growing special plots of organic produce just for their own families, while selling produce tainted with pesticides, that he created his own 4,000 hectare farm where he monitored his crops with electronic soil sensors that captured data on soil moisture and temperature, humidity, acidity and light absorption. The cost of managing the data and cleaning the heavily polluted soil eventually led Zhang to quit farming, but other companies continue to improve his idea of the digitalized soil sensors.

In Silicon Valley, Indian cardiologist Uma Valeti leads a startup that is culturing meat in the lab. It’s real meat, just grown in a Petri dish, not in an animal’s body. Little finds the duck meat tasty, although at over $100,000 a serving, it’s still not commercial. But costs are falling.

In Norway, commercial salmon grower Alf-Helge Aarskog is growing the fish in cages in the seawater of a fjord. Fish farmers are racing to invent technology fast enough to solve their emerging problems. Captive salmon were once fed wild sea creatures, but the diet is now 75% grain, with the goal of creating a completely vegetarian, cultivated fare. The dense populations of penned fish are a breeding ground for “sea lice,” a crustacean parasite of salmon. Aarskog is using a robot that can spot the sea lice and zap them with a laser as the fish dart through the water.

Robots are the newest farm workers on dry land as well. Peruvian engineer Jorge Heraud and colleagues in California have invented a “lettuce bot” that can thin a field by recognizing when seedlings are too dense, and kill the extra plants with a precision over-dose of chemical fertilizer. John Deere sees enough promise in the idea that the corporation recently bought Heraud’s company for $305 million.

In the USA, most lettuce is grown in California in the summer, and around Yuma, Arizona in the winter, a continent away from the big consumer markets of the East Coast. Former Cornell professor Ed Harwood and colleagues have solved this problem by growing aeroponic lettuce in an old building in Newark, New Jersey, where the plants grow under LED lights, without soil. The lettuce is marketable after 12 to 16 days instead of 30 or 45, and the plants yield four times as much as in the open field. The lettuce is grown on trays stacked high, so the yield per hectare can be 390 times as high as in a conventional farm.

The book is crowded with insights. For example, drip irrigation was invented in the 1930s by Simcha Blass, an Israeli engineer, after he observed a tree growing big and lush in the desert, thanks to a nearby, overlooked leaking faucet. Little is also cautious about some recent innovations; 90% of the maize, soy and cotton grown in the USA now is genetically modified, mostly to be grown with high doses of herbicides. Pigweed has now evolved resistance to the herbicides and infests 70 million acres (28 million hectares) in the United States.

As we learned from professor Calestous Juma, earlier in this blog (The enemies of innovation), innovations often look awkward at first; it took years for the farm tractor to become agile enough to really compete with horses. It’s hard to tell which of the innovations that Little describes will produce the food of the future. But big data, robots and more indoor farming may all be here to stay. Little starts and closes her book with a vignette about Chris and Annie Newman, a young couple in Northern Virginia raising pigs and chickens, and fruit and nut trees, with permaculture. The Newmans are pro-environment and pro-technology; they look forward to the day when they can use weeding robots on their farm. It’s just possible that digital technology of the future might tempt more young people to invest in highly productive, organic family farming.

Further reading

Little, Amanda 2019 The Fate of Food: What We’ll Eat in a Bigger, Hotter, Smarter World. New York: Harmony Books. 340 pp.

EL PORVENIR DE NUESTRA COMIDA

2 de agosto del 2020, por Jeff Bentley

En The Fate of Food (El Destino de los Alimentos), Amanda Little (profesora de periodismo y de redacción científica en la Universidad de Vanderbilt) nos lleva por un extraño viaje a la vanguardia de la investigación agrícola. Little tiene un increíble don para lograr reunirse con algunas de las personas más innovadoras (y más ocupadas) en la ciencia de los alimentos.

Nos lleva a Shanghai para conocer a Tony Zhang, un empresario que soñaba ser el Whole Foods (cadena de supermercados) de China. Zhang se enfureció tanto cuando se enteró de que sus productores de hortalizas cultivaban parcelas orgánicas especiales sólo para alimentar a sus propias familias, mientras vendían productos contaminados con plaguicidas, que creó su propia funca de 4.000 hectáreas donde supervisaba sus cultivos con sensores electrónicos del suelo que captaban datos sobre la humedad y la temperatura del suelo, la acidez y la absorción de la luz solar. Al final de cuentas, el costo de manejar los datos y limpiar el suelo bien contaminado llevó a Zhang a dejar de cultivar, pero otras empresas siguen mejorando su idea de los sensores digitalizados del suelo.

En el Valle del Silicio, el cardiólogo Uma Valeti (originalmente de la India) dirige una empresa nueva que cultiva carne en el laboratorio. Es carne de verdad, que crece en una placa de Petri, no en el cuerpo de un animal. La Profesora Little prueba la sabrosa carne de pato, aunque a más de 100.000 dólares la porción, todavía no es comercial. Pero los costos están bajando.

En Noruega, el criador comercial de salmĂłn, Alf-Helge Aarskog, cultiva peces enjauladas en el agua salina de un fiordo. Los piscicultores inventan tecnologĂ­a rápidamente para resolver los problemas a medida que emerjan. Hace pocos años, el salmĂłn en cautiverio se alimentaba con mariscos capturados del mar, pero actualmente su dieta es 75% de granos, con la meta de llegar a un alimento completamente vegetariano. Las jaulas llenas de peces son un caldo de cultivo para los “piojos del salmĂłn”, un crustáceo parásito. Aarskog está usando un robot que detecta los piojos de salmĂłn y los mata con un láser mientras los peces nadan velozmente.  

Los robots son los más recientes trabajadores agrĂ­colas en la tierra firme tambiĂ©n. El ingeniero peruano Jorge Heraud y sus colegas de California han inventado un “robot de lechuga” que puede ralear un campo, reconociendo cuando los plantines son demasiado densos, y matar los que sobran con una sobredosis de fertilizante quĂ­mico, puesto con precisiĂłn quirĂşrgica. La empresa John Deere ve tanta promesa en la idea que ha comprado la compañía de Heraud por 305 millones de dĂłlares.

En los Estados Unidos, la mayoría de la lechuga se cultiva en California en el verano, y alrededor de Yuma, Arizona en el invierno; la hortaliza tiene que atravesar todo el continente para llegar a los grandes mercados de la Costa Este. El ex profesor de Cornell, Ed Harwood y sus colegas han acortado esta distancia, cultivando lechuga aeropónica en un edificio viejo de Newark, Nueva Jersey, donde las plantas crecen bajo luces LED, sin suelo. La lechuga se puede vender después de 12 a 16 días en lugar de 30 o 45, y las plantas rinden cuatro veces más que en campo abierto. La lechuga se cultiva en bandejas apiladas una sobre otra, por lo que el rendimiento por hectárea puede ser 390 veces mayor que en una granja convencional.

El libro está lleno de ideas. Por ejemplo, el riego por goteo fue inventado en la década de 1930 por Simcha Blass, un ingeniero israelí, al observar un árbol que crecía grande y frondoso en el desierto, gracias a un grifo que goteaba a sus raíces. Little observa algunas innovaciones con cautela; el 90% del maíz, la soja y el algodón que se cultivan en los Estados Unidos está ahora modificado genéticamente, en su mayor parte para ser cultivado con altas dosis de herbicidas. El amaranto silvestre ha desarrollado resistencia a los herbicidas e infesta 28 millones de hectáreas en los Estados Unidos.

Como hemos aprendido del profesor Calestous Juma (vea el blog The enemies of innovation), muchas innovaciones son imprácticas al principio; tomó años para que el tractor se volviera tan ágil como el equipo jalado por caballos. Es difícil decir cuál de las innovaciones que Little describe producirá el alimento del futuro. Pero los datos en computadora, los robots y la agricultura aeropónica de repente han llegado para quedarse. Little comienza y cierra su libro con una viñeta sobre Chris y Annie Newman, una pareja joven del norte de Virginia que cría cerdos y pollos, frutales y nueces, con permacultura. Los Newman quieren cuidar el medio ambiente mientras fomentan la tecnología nueva; esperan el día en que puedan usar robots para deshierbar su finca. Tal vez la tecnología digital del futuro pueda tentar a más jóvenes a invertir en la agricultura familiar orgánica de alta productividad.

Lectura adicional

Little, Amanda 2019 The Fate of Food: What We’ll Eat in a Bigger, Hotter, Smarter World. Nueva York: Harmony Books. 340 pp.

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