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Commercial family farming Bolivian style May 30th, 2021 by

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In earlier blogs (Our threatened farmers, Damaging the soil and our health with chemical reductionism) Paul and I have written that farmers are Stuck in the middle between just a few large produce buyers and handful of seed and agrochemical companies. Farmers are forced to take any prices offered by their buyers, and by their suppliers as well. It’s a bind that forces many family farmers out of business.

It doesn’t have to be that way, as I was reminded recently on a stretch of the old highway from Santa Cruz, Bolivia to Cochabamba, at some 3000 meters above sea level. Ana and I noticed all the farmers gathering potatoes into large, blue sacks. They were getting ready for the weekly fair at “El Puente”, the bridge over the Lope Mendoza River.

Seeing the potato growers, I suddenly felt the urge to participate in this robust farmers’ market which has been self-sustaining for decades.

In a flat space in the canyon, every Monday hundreds of smallholder farmers bring fresh produce, mostly potatoes. El Puente is like a small town that leaps into existence with the Monday fair, only to be abandoned for the rest of the week.

This was Sunday. The shop fronts were closed, locks on heavy steel doors. By Monday morning they would be doing a brisk business in farm supplies. One temporary restaurant was open, with chicken roasting on a large charcoal grill, ready to feed the farmers who had arrived early, on Sunday afternoon.

We past an empty space that would soon be full of vendors who travel from fair to fair, selling the things that rural families like and need, soap and salt, cooking oil, tinned sardines, matches and clothing. Today it was still empty, but the potato pavilion was filling up. It’s just a concrete slab with a sheet metal roof and no walls. Farmers bring in their produce, in 100 kilo bags (called a carga), and wait for customers.

Some people come from the city on the bus on Monday to buy a carga to eat at home, or half a dozen of them, to sell. They rent space on a truck to deliver the potatoes to Cochabamba. The largest buyers may load a small truck with six or twelve tons to sell to retailers in the cities. In this lightly regulated market, potatoes may go through as few as four links, from farmer to small-time wholesaler, to retailer, to customer. Each one is a small, family business. It’s Adam Smith’s ideal of capitalism, with many willing buyers and many others eager to sell.

Ana soon met a farmer in early middle age, wearing a long skirt, with a scarf tied over her head.

We asked her for an arroba (25 pounds, or 11.4 kilos) of potatoes. “Take half a carga (50 kilos)” she said, so we did. After all, this was a wholesale market. The farmer led us to her wares, maybe a dozen bags. Each farmer was there with a cluster of potatoes in 100 kilo bags. Each cluster was carefully separated from the other by a space just big enough to squeeze through. The farmer wanted 90 Bolivianos ($13) for her fine, native potatoes, and she wouldn’t take less. She was a price giver, not a taker. We were soon on our way with our 50 kilos, from the epicenter of the Bolivian potato market.

After the Bolivian Revolution of 1952, the large farms (haciendas) were divided and given to the people who worked them. According to fake history, repeated sometimes even in schools, the Agrarian Reform of the Revolution failed because the land was split up into such small parcels that they were uneconomical to produce anything. It’s a racist lie. The Agrarian Reform succeeded, as we saw a few kilometers down the road.

An indigenous Andean farm family was standing next to 20 cargas of potatoes. Two tons of food going to market, neatly dressed in blue. The proud farmer reacted in the most contemporary fashion to his household’s accomplishment. Smart phone in hand, he walked across the highway and snapped a picture of his family and their harvest.

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LA AGRICULTURA FAMILIAR TAMBIÉN PUEDE SER COMERCIAL

Por Jeff Bentley 30 de mayo del 2021

Antes, en este blog, Paul y yo hemos escrito que los países del norte, los agricultores están atrapados entre unos pocos grandes compradores de productos y un puñado de empresas de semillas y agroquímicos. Los agricultores se ven obligados a aceptar cualquier precio ofrecido por sus compradores, y también por sus proveedores. Es un aprieto que obliga a muchos agricultores familiares a abandonar su terreno.

No tiene por qué ser así, como volví a acordarme hace poco, manejando sobre la antigua carretera de Santa Cruz, Bolivia a Cochabamba, a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar. Ana y yo nos fijamos en todos los agricultores que llenaban costales azules con papas. Se estaban alistando para la feria semanal en El Puente de Lope Mendoza.

Al ver a los productores de papas, sentí el impulso de participar en este robusto mercado agrícola, que se auto sostiene desde hace décadas.

En una parte plana en el cañón, cada lunes cientos de pequeños agricultores traen productos frescos, sobre todo papas. El Puente es como un pequeño pueblo que nace con la feria de los lunes, para quedar abandonado el resto de la semana.

Este día fue el domingo. Las fachadas de las tiendas estaban cerradas, con candados en las pesadas puertas de acero. El lunes por la mañana, los comercios de insumos agrícolas se llenarían de clientes. Un restaurante temporal atendía, con pollo asado en una gran parrilla de carbón, listo para alimentar a los agricultores que habían llegado temprano, el domingo por la tarde.

Pasamos por un espacio vacío que la mañana siguiente estaría lleno de vendedores que viajan de feria en feria, vendiendo antojos y artículos de primera necesidad, como jabón y sal, aceite de cocina, sardinas en lata, fósforos y ropa. Hoy todavía no había nadie, pero el pabellón de papas sí se estaba llenando. Es sólo una losa de hormigón con un techo de chapa y sin paredes. Los agricultores traen sus productos, en bolsas de 100 kilos (llamadas “cargas”), y esperan a sus clientes.

Algunas personas vienen desde la ciudad en el bus (el “micro”) el lunes para comprar una carga para comer en casa, o media docena de ellas, para vender. Alquilan espacio en un camión para llevar las papas a Cochabamba. Los que más compran pueden llegar un pequeño camión con seis o doce toneladas para venderlas a los minoristas de las ciudades. En este mercado poco regulado, las papas pueden pasar por apenas cuatro eslabones, desde el agricultor hasta el pequeño mayorista, la minorista y clientes. Cada uno de ellos es una pequeña empresa familiar. Es el ideal de capitalismo de Adam Smith, con mucha gente con ganas de comprar y vender.

Ana pronto conoció a una agricultora de mediana edad, con una falda larga y un pañuelo atado a la cabeza.

Le pedimos una arroba (25 libras, o 11,4 kilos) de papas. “LlĂ©vense media carga (50 kilos)”, nos dijo, y asĂ­ lo hicimos. Al fin y al cabo, se trataba de un mercado mayorista. La agricultora nos condujo hasta sus mercancĂ­as, más o menos una docena de costales. Cada agricultor estaba allĂ­ con sus papas en sacos de 100 kilos. El producto de cada persona estaba cuidadosamente separado del otro por un espacio angosto donde uno apenas podĂ­a pasaba. La agricultora querĂ­a 90 bolivianos (13 dĂłlares) por sus hermosas papas nativas, y no aceptaba menos. Ella estaba para dar un precio, no para recibirlo. Pronto nos pusimos en camino con nuestros 50 kilos, desde el epicentro del mercado boliviano de la patata.

Tras la Revolución Boliviana de 1952, las haciendas se dividieron y se repartían entre la gente que las trabajaba. Según la falsa historia, repetida a veces incluso en las escuelas, la Reforma Agraria fracasó porque la tierra se dividió en parcelas tan pequeñas (“surcofundias”) que no era rentable producir nada. Es una mentira racista. La Reforma Agraria tuvo éxito, como vimos unos kilómetros más adelante.

Una familia campesina estaba terminando de arreglar sus 20 cargas de papas. Dos toneladas de alimentos que iban al mercado, cuidadosamente vestidos de azul. El orgulloso agricultor reaccionó de la manera más contemporánea al logro. Teléfono inteligente en mano, cruzó la carretera y sacó una foto de su familia y su cosecha.

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