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When the bees hit a brick wall October 10th, 2021 by

Vea la versión en español a continuación

Paul and I have written several stories recently about how farmers need to form communities. But when rural communities urbanize rapidly, people who want to stay in farming may be at risk.

Paola Espinoza is a beekeeper in the community of Apote, between the towns of Tiquipaya and El Paso, in the Cochabamba Valley of Bolivia. Her grandparents were peasant farmers in the valley, who sold their land and moved to the city of Cochabamba, where Paola grew up. But she never liked what she calls the “disorder” of city life.

Years ago, Paola married a young man from Germany, and the couple worked with an Argentine beekeeper, to learn how to manage an apiary. To raise bees, the couple bought 6,300 square meters of land (just over an acre and a half) in Apote, which was then a typical farming community. They began raising their own bees. This line of work suited Paola. She had early onset rheumatism, but she credits the pleasant, outdoor work and a diet rich in honey with restoring her health. Even though the couple eventually divorced and split their land between the two of them, Paola was still able to make a living from her apiary.

My wife, Ana and I met Paola a few days earlier at an agroecological fair, where she was selling her honey, wax candles, royal jelly, pollen and propolis. She gave us a well-written pamphlet with her name, phone number and a description of each of her products.

When we visited Paola recently at her home, she showed us her three dozen peach trees, which she keeps for the bees. She intentionally leaves some weedy plants, like wild brassica, growing around the trees. The bees were busy gathering pollen and nectar from the delicate yellow flowers.

Paola recently planted a cover crop of beans in the peach orchard, so the bees could forage in the legume flowers.

Paola works with her bees every afternoon, and she knows them well. In April and October, she can tell when it’s time to harvest the honey by the smell of the hives. She explains, “The bees harvest nectar, but as it turns into mature honey, it gets its own fragrance.” After 26 years as a beekeeper, Paola seems to know her business. We bought some of her honey to eat at home, and it is some of the best we have ever tasted. Her hives are neatly arranged in rows. They were all made by the same carpenter, an old man who has made her hives for years.

Unfortunately, Paola is worried about her future. Her own small farm, about a third of a hectare, is too small to provide all of the foraging area her 20 hives need. For years that was not a problem as the bees gathered from neighboring fields and orchards. It was a symbiotic relationship, where Paola got honey and the neighbors got their crops pollinated. But like much of the rest of the valley, Apote is rapidly filling up with houses. In many parts of the world, city people plant flowers, which help feed the bees, but in Cochabamba, most houses are built on plots of land too small to have much of a garden. As the valley urbanizes, it’s not clear if the bees will find the plants they need.

South of Paola’s land, there used to be a living fence of trees, but it’s recently been replaced by a brick wall. The day we visited, men were hard at work, building houses in what was once a field.

The bees used to fly off every day towards the south, Paola explains. Now she’s not sure where they will go. Beekeeping is the only way of life that Paola knows. She loves it and she is good at it and she wants to stay, but as the countryside becomes a city, she wonders if her bees will survive.

Farmers are sustained by their communities. Paola has her customers, her carpenter, and some young beekeepers that she mentors (and she buys their honey). She also belongs to an association of agroecological farmers supported by Agrecol Andes (which is where she learned about intercropping peaches with beans). That community is important, but a beekeeper also needs a landscape with lots of flowers, and not so many brick walls.

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ABEJAS ENTRE EL ASFALTO Y LA PARED

Por Jeff Bentley, 10 de octubre del 2021

Recientemente, Paul y yo hemos escrito varios blogs explicando que los agricultores necesitan comunidades. Pero la urbanización rápida puede cambiar esas comunidades, poniendo en apuros a la gente que todavía quiere dedicarse a la agricultura.

Paola Espinoza es apicultora en la comunidad de Apote, entre Tiquipaya y El Paso, en el valle de Cochabamba, Bolivia. Sus abuelos eran campesinos del valle, que vendieron sus tierras y se trasladaron a la ciudad de Cochabamba, donde Paola vivió su niñez. Pero nunca le gustó el “desorden” de la ciudad.

Hace años, Paola se casó con un joven alemán y la pareja trabajó con un apicultor argentino para aprender a manejar un apiario. Para criar abejas, la pareja compró 6,300 metros cuadrados de tierra en Apote, que entonces era una típica comunidad agrícola. Comenzaron a criar sus propias abejas. Este trabajo le caía bien a Paola. Ella tenía un reumatismo precoz, pero se sanó, y lo atribuye al trabajo ameno al aire libre y a una dieta rica en miel. Aunque la pareja acabó divorciándose y dividiendo sus tierras entre los dos, Paola pudo seguir viviendo de su apiario.

Mi esposa, Ana, y yo conocimos a Paola en una feria agroecológica, donde ella vendía su miel, velas de cera, jalea real, polen y propóleos. Nos dio un folleto bien escrito con su nombre, número de teléfono y una descripción de cada uno de sus productos.

Unos días después, visitamos a Paola en su casa, donde nos mostró sus tres docenas de durazneros, que mantiene para las abejas. Alrededor de los árboles, ella deja a propósito algunas hierbas, como el nabo silvestre. Las abejas se ocupaban de recoger polen y néctar de las delicadas flores amarillas.

Recientemente, Paola ha plantado frijol rojo entre los durazneros, para que las abejas puedan buscar alimento en las flores de las leguminosas.

Paola trabaja con sus abejas todas las tardes y las conoce bien. En abril y octubre, sabe cuándo es el momento de cosechar la miel por el olor de las colmenas. Explica: “Las abejas recogen el néctar, pero cuando se convierte en miel madura, su fragancia cambia”. Después de 26 años como apicultora, Paola conoce su negocio. Compramos un frasco de su miel para comer en casa, y es una de las mejores que jamás hemos comido. Sus colmenas están bien ordenadas en filas. Compra las cajas de un viejo carpintero, que las ha hecho durante años.

Infelizmente, Paola está preocupada por su futuro. Su pequeño terreno, de la tercera parte de una hectárea, es demasiado pequeño para alimentar a sus 20 colmenas. Durante años, eso no fue un problema, ya que las abejas trabajaban en los campos y huertos vecinos. Era una relación simbiótica, en la que Paola obtenía miel y los cultivos vecinos eran polinizados. Pero, como gran parte del resto del valle, Apote se está llenando rápidamente de casas. En muchas partes del mundo, la gente de las ciudades planta flores, que ayudan a alimentar a las abejas urbanas, pero en Cochabamba, la mayoría de las casas se construyen en parcelas muy pequeñas, y no hay campo para tener mucho huerto. A medida que el valle se urbaniza, no se sabe si las abejas encontrarán las plantas que necesitan.

Al sur del terreno de Paola antes había un cerco vivo de árboles, pero recientemente ha sido sustituido por un muro de ladrillos. El día que la visitamos, algunos hombres estaban trabajando duro, construyendo varias casas en lo que antes era una chacra y arboleda.

Las abejas solían volar todos los días hacia el sur, explica Paola. Ahora no sabe adónde irán. La apicultura es la única forma de vida que Paola conoce. Es capa, le encanta la apicultura, y no quiere empezar de nuevo en otro lugar, pero a medida que el campo se convierte en ciudad, se pregunta si sus abejas sobrevivirán.

Los agricultores forman comunidades. Paola tiene sus clientes, su carpintero y algunos jóvenes apicultores que asesora (y les compra la miel). También pertenece a una asociación agroecológica apoyada por Agrecol Andes (donde aprendió a sembrar frijoles entre los durazneros). Esa comunidad es importante, pero una apicultora también necesita un paisaje con muchas flores, y no tantas paredes de ladrillo.

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