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In the spirit of wine March 31st, 2024 by

Vea la versión en español a continuación  

While working at a vineyard in Spain, Enrique Carvajal thought of starting his own winery back home in Bolivia. Enrique was from the small town of Cliza, in Cochabamba, but he had spent most of his career working abroad, at different jobs from the USA to Tel Aviv. He would go out for a year or two, and send money home to his wife and family.

Enrique’s parents had always grown grapes in Bolivia, so he had long known how to make a rustic wine, but the Spanish vineyard was unusual. It was associated with priests, and set up to make sacramental wine, some of which they sent to priests in other countries, which did not make their own wine. The experience gave him the idea that wine could be kind of a big deal.

In 2015, in his fifties, and back in Bolivia, don Enrique collected varieties, like white muscatel, shiraz, merlot and others. By 2021, he produced over 2000 liters. Over the years, Enrique has observed which vines produce a fine wine at his farm’s altitude, 2,800 meters, making it among the highest vineyards in the world. Enrique has also created a label, and given his vineyard a name, Medallón. Having a name was a marketing idea that Enrique learned in Spain, but the name “Medallón” comes from the different medals that his family’s peaches and apples have won in local fairs.

Don Enrique also innovates by cooperating with Cliza’s municipal government, which releases sterile fruit flies in the valley every Wednesday. Medallón is one of their release sites.

Don Enrique is proud that his family’s wine is natural. He doesn’t add any chemicals to it, he explains.

He shows my wife Ana and I, and some fellow visitors, a sample of his neat bottles, with red, white and rosé vintages. The newest ones sell for a modest 25 Bolivianos (just over 3 dollars), while the 11-year-old wines sell for 100 Bolivianos.

“I’m setting aside some wine every year, for my children and grandchildren to keep as long as possible,” don Enrique explains. This aged wine and a family business will be part of don Enrique’s legacy.

Enrique’s years in Spain gave him a vision of a different future, while his stay in Tel Aviv gave him an appreciation of the past. “When I lived in Tel Aviv, I was able to travel all over the Holy land,” don Enrique explains, adding sadly, “To the places where they are fighting now.”

“I visited Bethlehem and Jerusalem and Canaan, where Jesus performed his first miracle of turning water into wine.” He adds, “Wine is sacred.”

Enrique combined his grape-growing skills, learned at home, with some Spanish ideas for marketing an upscale product, and then experimented on his own with different grape varieties at high altitudes. Intangibles, like caring for the environment, wanting to leave something for the family, and finding a spiritual connection with one’s produce, all add meaning to his work.

Acknowledgements

Thanks to Enrique Carvajal, Ana Gonzáles, and Paul Van Mele for commenting on previous versions of this story.

EN EL ESPÍRITU DEL VINO

Por Jeff Bentley

31 de marzo del 2024

Mientras trabajaba en un viñedo en España, Enrique Carvajal pensó en montar su propia bodega en Bolivia. Enrique era de la pequeña ciudad de Cliza, en Cochabamba, pero había pasado la mayor parte de su carrera trabajando en el extranjero, en distintos empleos desde los Estados Unidos a Tel Aviv. Se iba por uno o dos años y enviaba dinero a su mujer y a su familia.

Los padres de Enrique siempre habían cultivado la vid en Bolivia, así que él sabía desde hacía tiempo cómo hacer un vino rústico, pero el viñedo español era distinto. Estaba asociada a unos curas quienes elaboraban vino sacramental, parte del cual enviaban a sacerdotes de otros países, donde no se elaboraba su propio vino. La experiencia le dio la idea de que el vino podía ser algo importante.

En 2015, ya cincuentón y de vuelta en Bolivia, don Enrique recolectó variedades, como moscatel blanco, shiraz, merlot y otras. Para 2021, solía producir más de 2000 litros por año. A lo largo de los años, Enrique ha observado qué cepas producen un buen vino a la altitud de su finca, 2.800 metros, lo que la sitúa entre los viñedos más altos del mundo. Enrique también ha creado una etiqueta y ha dado nombre a su viñedo, Medallón. Tener un nombre fue una idea de marketing que Enrique aprendió en España, pero el nombre “Medallón” viene de las diferentes medallas para los duraznos y manzanas que su familia ha ganado en ferias locales.

Don Enrique también innova colaborando con la alcaldía de Cliza, que libera moscas de la fruta estériles en el valle todos los miércoles. Medallón es uno de sus lugares de liberación.

Don Enrique está orgulloso de que el vino de su familia sea natural. No le añade ningún producto químico, él explica.

Nos enseña a mi mujer Ana y a mí, y a otros visitantes, una muestra de sus elegantes botellas, con vinos tintos, blancos y rosados. Las más nuevas se venden a sólo 25 bolivianos (poco más de 3 dólares), mientras que las de 11 años cuestan 100 bolivianos.

“Cada año reservo algunas botellas de vino para que mis hijos y nietos las conserven lo más que puedan, explica don Enrique. Este vino añejo y un negocio familiar formarán parte del legado de don Enrique.

Los años que Enrique pasó en España le dieron una visión nueva del, mientras que su estancia en Tel Aviv le hizo apreciar el pasado. “Cuando vivía en Tel Aviv, pude viajar por toda la Tierra Santa”, explica don Enrique, y añade con tristeza: “A los lugares donde ahora están peleando”.

“Visité Belén y Jerusalén y Canaán, donde Jesús hizo su primer milagro de convertir el agua en vino”. Y añade: “El vino es sagrado”.

Don Enrique combinó sus conocimientos sobre el cultivo de la vid, aprendidos en casa, con algunas ideas españolas para comercializar un producto de alta gama, y luego experimentó por su cuenta con distintas variedades de uva a gran altitud. Los intangibles, como el cuidado del medio ambiente, el deseo de dejar algo a la familia y la búsqueda de una conexión espiritual con los propios productos, añaden significado a su trabajo.

Agradecimiento

Agradezco a Enrique Carvajal, Ana González y Paul Van Mele por leer y comentar sobre versiones previas de este relato.

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